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Morir tomando una caña. Por José Oriol

Encontrar la muerte una tarde de verano, mientras se toma una caña, por el desprendimiento de una fachada, es lo que se puede considerar un suceso raro. Algo imprevisible e inevitable para cualquier persona, por muy precavida que sea.

En términos estadísticos, una probabilidad muy próxima a cero, menor incluso que la de sufrir un accidente aéreo, e infinitamente menor a la de morir en Gaza, o sufrir Ébola en Liberia.

Lo curioso de esto es que los sucesos raros cada vez lo son menos, a pesar de la existencia de una obsesión cultural por el control. Se podría hablar de una obsesión por la previsibilidad y la certidumbre. Cada día hay más expertos dedicados a los análisis de riesgos, estableciendo medidas de seguridad e inventando mecanismos para evitarlos; como ocurre con los sistemas electrónicos de aterrizaje, destinados a minimizar el error humano en aeronáutica.

Sin embargo, siguen ocurriendo fenómenos como el Costa Concordia que, sin llegar a hundirse, produce pérdidas humanas, los aplastamientos en el Madrid Arena, o Fukushima; y de un modo mucho menos dramático, todos los pequeños imprevistos diarios que sacuden la vida cotidiana de las personas.

Por mucho que nos esforcemos en hacer de nuestra existencias una concatenación de hechos lineales y predecibles, nos encontramos cada poco con situaciones inesperadas, llenas de efectos desagradables e incluso dolorosos.

Cuando se une la imprevisibilidad y el malestar, lo llamamos infortunio, desgracia o catástrofe.

Son situaciones que nos dañan profundamente porque contravienen uno de los pilares fundamentales de nuestra vida: la previsibilidad y el orden. Algo a lo que dedicamos grandes esfuerzos en nuestra existencia cotidiana, tratando de garantizar los suministros, pautando las relaciones, organizando rígidas agendas y tratando de programar (con psicofármacos y psicoprácticas) nuestras emociones y pensamientos.

De hecho,  parece como si aspiráramos a mantener una relación contractual, garantista, con todos y cada uno de los aspectos de la vida.

En ese marco, lo imprevisto, no solo es indeseable sino que nos aterroriza, produciendo el efecto paradójico de aumentar la vulnerabilidad a los imprevistos y haciéndonos más sensibles y frágiles.

El efecto sobre el sistema nervioso es muy evidente, el debilitamiento, la atrofia, de la parte del cerebro encargada de manejar la incertidumbre, de resolver problemas y de inventar soluciones.

Por lo tanto, y esta es la tesis que vengo a proponer, es urgente y necesario mejorar todos los aspectos mentales y emocionales relativos a la incertidumbre, el riesgo y el pensamiento creativo.

Una afirmación con tres pilares

Primero, debemos considerar que los sucesos raros dejan de serlo cuando tienen lugar, pero no antes, de modo que solo se les conoce a posteriori y solo a posteriori es posible tomar medidas. Y como quiera que forman parte constitutiva de la existencia y de la naturaleza, parece inevitable que nos suceda.

Por otra parte, el «intervencionismo ingenuo», que describe Nicholas Taleb en su libro «Antifrágil»,  puede suponer, en muchos casos, un problema añadido, ya que tomar medidas no siempre resulta eficaz. En algunas situaciones  son, simplemente, responsables de las peores consecuencias posibles.

Imaginemos que el estado decide intervenir en el caso de muerte por desprendimientos de fachada, y alumbra la feliz idea de prohibir la existencia de terrazas en los bajos de edificios de más de 10 años o de aquellos que no superen rigurosas inspecciones. O bien, deciden prohibir la venta de bebidas alcohólicas en las terrazas urbanas para prevenir que los clientes puedan perder reflejos de evitación y escape ante desprendimientos.

La investigación demuestra que ciertas medidas no solo no son útiles sino que empeoran las cosas; como en el caso de los pilotos que delegan parte de su responsabilidad en el sistema automatizado de aterrizaje, apareciendo nuevas formas de riesgo relativas a la relajación de la tripulación en ciertas maniobras.

O bien, que los pasos de cebra son lugares en los que hay más accidentes que aquellos por donde la  gente cruza asumiendo riesgos y responsabilidad.

Y finalmente, todo parece indicar que mejorar la relación con la incertidumbre, potencia mecanismos mentales saludables. Del mismo modo que el ejercicio físico ha demostrado ser el remedio más eficaz contra la descalcificación ósea, asumir un cierto nivel de riesgos y estrés mejora la autoestima y paradójicamente disminuye la ansiedad.

 

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