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El libro que inspiró Érase una vez en América. Por Eduardo García Rojas

Me tendí boca arriba, con los brazos bajo mi cabeza. Todos los dolores y todo el cansancio desaparecieron de mi cuerpo. Me sentí seguro y en paz, en este santuario. Sí, la paz es maravillosa.”

(¡Gángsters! (The Hoods), Harry Grey, Editorial Constancia, S.A., 1953. Traducción: José Manuel Ramos. Supervisión: Jorge Turner Morales)

El éxito de la película no acompañó al de la novela original, un relato autobiográfico y posiblemente maquillado escrito por Harry Grey, pero con muy contadas traducciones al español. Insólito, si tenemos en cuenta que inspiró la obra redonda, más acabada, de ese cineasta italiano excesivo y a ratos genial llamado Sergio Leone.

Descubrí The Hoods a través de Érase una vez en América y fui de los que aplaudí, una buena costumbre hoy prácticamente desaparecida en las salas, tras ver la primera parte de la película porque este inmenso retrato sobre el gangsterismo en los Estados Unidos de Norteamérica en los años treinta se estrenó en dos mitades, como Novecento y alguna más que se me escapa. La memoria, que es caprichosa, tiene esas cosas.

Encontré un ejemplar de The Hoods en la Cuesta de Moyano, en Madrid. Una especie de lugar sagrado para los buscadores de títulos raros y prácticamente olvidados. Se trata de un libro editado en 1953 por la Editorial Constancia S.A., Méjico y la portada tiene el estilo de aquellos años. Es decir, arrolladoramente pop cuando el pop todavía ni se había inventado.

Esta es la frase que se puede leer en la cubierta: “El tenebroso mundo del crimen y del vicio desenfrenado descrito con acento único, al rojo vivo, por uno de sus más feroces protagonistas.”

Apenas cuenta, sin embargo, con información sobre el autor en las solapas, salvo una descripción del contenido del libro en la que se cuenta la historia del Noodles del filme, en la versión mejicana Sesos.

Como curiosidad para seguidores del largo, del largometraje de Leone ¡Gángsters! tiene algo, aunque por una vez la versión cinematográfica supera al material literario porque donde el cineasta italiano pone sentimiento en el libro de Grey se cuenta la relación de unos hechos vistos desde el otro lado.

Sin embargo, ¡Gángster! continúa funcionando como retrato de una época y cómo afectó a una pequeña banda de delincuentes de origen judío.

Es muy curioso, y ha dado origen a numerosos estudios y novelas, cómo se crearon estas bandas en los barrios marginales de las principales capitales de Norteamérica en los años de la Depresión. Por un lado judíos, por el otro italianos, más allá irlandeses e incluso algún holandés al que se le había ido la cabeza como Dutch Schultz, un personaje que fascinó al escritor William S. Burroughs, quien escribió una de sus mejores obras fabulando sobre las últimas palabras que pronunció mientras agonizaba cosido a balazos.

La pregunta, no obstante, circula por mi cabeza. ¿Por qué no se ha vuelto a traducir The Hoods? Ningún editor entonces, coincidiendo con el estreno del largometraje de Leone, aprovechó el gancho comercial para dar a conocer un trabajo que con todos sus peros, que los tiene, cuenta con haber inspirado la mejor película de su, insistamos, excesivo y a ratos genial director.

Incomprensible, más si tenemos en cuenta que el mismo Leone no se cansó de elogiar The Hoods, el relato de un hombre que lo tuvo todo pero que al final terminó sin nada.

Uno de los muchos atractivos de The Hoods es que cuenta la vida de un gángster desde dentro. A través de sus ojos. El cineasta italiano supo captar muchos de estos elementos en su película, en especial la adicción de Sesos/Noodles por el opio, aunque Leone usa la droga al final para subrayar el carácter sedado que mantiene la película sobre todo cuando pega el salto a unos artificiales años sesenta. En el libro de Grey, fumarse una pipa es para su protagonista tan habitual como atiborrarse de alcohol en un garito clandestino.

Max me dirigió una mirada de reproche. Sabía que yo no le estaba prestando atención y no le parecía bien. Sabía que yo estaba soñando despierto. ¿Cómo demonios había yo llegado con mis pensamientos hasta Dominico y hasta las maniobras secretas de la Liga? Debía de ser el sueño que me inspiró la pipa. Un espléndido sueño.”

The Hoods fue escrito por el autor mientras cumplía condena en la cárcel de Sing Sing y ayudado por su esposa, una maestra de escuela. A lo largo del libro, Grey narra además de sus correrías al margen de la ley como untaban de dinero a “tipos que completaron su educación”. Es además, y aquí está lo más importante, la historia de una amistad que se forja en un barrio de inmigrantes judíos en Nueva York, y el recelo que va brotando a medida que van creciendo y haciéndose un nombre en el mercado del hampa neoyorquino entre el protagonista y uno de sus compinches, Max.

Pero esa desconfianza es fruto del trabajo que hacen. En ese ambiente la amistad es una cuestión de negocios. La traición inevitablemente también.

Harry Grey dejó escritos dos libros más antes de morir.

Presumo, aunque es una especulación, que The Hoods fue el primero de una trilogía sobre sus experiencias cuando transitaba por el mundo del crimen. Al parecer, Sergio Leone llegó a conocer al escritor, aunque lamentablemente falleció antes de que comenzara el rodaje. Describe a Grey con cierto parecido a Edward G. Robinson. Claro que Robinson probablemente fue la idea más aproximada que Leone tuvo de un gángster norteamericano de los años treinta. Un tipo rudo, que más que fumar masca un habano mientras rocía a balazos con su ametralladora un local de la competencia.

Érase una vez en América es otro cuento de Leone solo que más humano que sus películas anteriores. Ahí su desconcertante y aún atractivo doble final.

Estas son sus palabras:

Este flashback final puede sugerir la posibilidad de creer que el personaje no se ha movido de 1933, que todo lo que ha visto es fruto de su imaginación, del mismo modo que el filme es fruto de la mía.”

* Las citas de Leone están recogidas del estudio Sergio Leone (Pablo Mérida de San Román. Colección La vela latina, Ediciones Júcar, 1988

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador.

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