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Santa Cruz de Tenerife visto por Blasco Ibáñez. Por Eduardo García Rojas

Una de las descripciones más hermosas de la capital tinerfeña está firmada por Vicente Blasco Ibáñez en su novela Los Argonautas (1914), el relato de un grupo de pasajeros encerrados en un trasatlántico que hace escala en el puerto de la capital de la isla, y barco que a modo de microcosmos emplea el autor de Cañas y Barro para presentar a una serie de personajes –multimillonarios europeos y nuevos ricos americanos, emigrantes italianos y españoles– que se mueven arrastrados por folletinescas ambiciones y anhelos.

Tenerife. Miró Fernando por entre las cortinillas, y sólo vio un mar azul y tranquilo: las aguas unidas y luminosas de una bahía en calma. La tierra estaba al otro costado del buque. Y como conocía la isla, por haber bajado a ella en anteriores navegaciones, volvió a acostarse para gozar despierto del regodeo de la pereza, mientras en los camarotes inmediatos chocaban puertas, se cruzaban llamamientos en distintos idiomas, y sonaba en los corredores un trote de gentes apresuradas, atraídas por el encanto de la tierra nueva.”

Vicente Blasco Ibáñez es uno de los escritores españoles más traducidos a otras lenguas, aunque su relación con el país en el que nació no deja de resultar extraña. Extraña porque tras largas etapas de silencio, se pone de moda momentáneamente para volver a ser enterrado en el pantano del olvido.

Domingo Pérez Minik, un entusiasta en la obra de Blasco Ibáñez, escribe en Blasco Ibáñez no ha llegado al valle de Josafat, texto incluido en su Entrada y salida de viajeros: la gente que ha vivido a orillas de este puerto de Santa Cruz de Tenerife estaremos en deuda con Vicente Blasco Ibáñez”.

En deuda, matiza Pérez Minik, precisamente por la descripción que hace de la frenética vida del puerto de la capital tinerfeña apenas iniciado el siglo XX, y texto que reproducimos a continuación:

Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, con cuadriláteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la parte inferior, junto a la masa azul del mar, extendían las fortificaciones españolas sus viejos baluartes, rematados los ángulos por garitas salientes de piedra. La ciudad era de color rosa, y sobre ella se erguían los campanarios de varias iglesias con cúpulas de azulejos. Cuatro torres radiográficas marcaban en el espacio las líneas de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreo tramaje.

Más arriba de la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la bandera de un castillo moderno: un hotel elegante al que venían a respirar los tísicos septentrionales. Entre el muelle y el trasatlántico, un anchuroso espacio de bahía con gabarras chatas para el transporte del carbón abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vapores de diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitábase el movimiento de la carga con chirridos de grúas y hormigueo de embarcaciones menores; veleros de carena verde, que parecían muertos, sin un hombre en la cubierta, tendiendo en el espacio los brazos esqueléticos de sus arboladuras; rugidos de sirenas anunciaban una partida próxima y otros rugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata llegada; banderas belgas que en lo alto de un mástil iban a las desembocaduras del Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacia las Antillas y el golfo de Méjico; buques de todas las nacionalidades que marchaban en línea recta hacia el Sur, en busca de las costas del Brasil y las repúblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando en espera de órdenes, de vuelta de la China, el Indostán o Australia; vapores de pabellón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la Francia colonial; goletas españolas dedicadas al cabotaje del archipiélago canario y las escalas de Marruecos.”

Pérez Minik se pregunta, como nosotros, las razones por las que Blasco Ibáñez continúa considerándose en España “un mediano narrador regionalista, mientras que Baroja, Pérez de Ayala o Zunzunegui, por citar tres ejemplos indiscriminados, adquieren una valoración extraordinaria”.

Y es probable, añadimos, que por el impresionante éxito que alcanzó en vida y las tradicionales envidias que lo rodearon en su tierra de origen porque la literatura de Blasco Ibáñez supo conectar, no solo en España sino allende sus fronteras, con los más variados lectores. Lectores con las manos limpias y lectores con las manos sucias.

Sus novelas Los cuatro jinetes del Apocalipsis (Rex Ingram, 1921) y Sangre y arena (Fred Niblo, 1922) contribuyeron al estrellato de su protagonista, Rodolfo Valentino, dos historias que han contado con otras versiones cinematográficas que reflejan con mejor o peor fortuna el espíritu que emana de ambas tragedias.

Escribe Pérez Minik: “No sabemos exactamente cuál fue el motivo de su fama internacional, ya bien asentada antes de las películas de algunas de sus novelas; si la representación de una España distinta de los otros países europeos, que hay que reconocer no se les ofreció nunca como una España de pandereta, si sus personales valores de escritor progresista que sabía mezclar trágicamente arte y política, o si el mensaje de su creación fue de tal naturaleza que supo elevar el provincianismo nacional a una escala media de valores, inteligible para todo el mundo, incluso para las clases más humildes. Este valor medio o popular ha sido en toda ocasión la brecha por donde le atacaron todos sus enemigos, los hidalgos, los popes, los señoritos de nuestra historia literaria. Porque en este aspecto de nuestra vida intelectual también ha habido castas.”

Lo que no resuelve, pero sí hace más atractivo, el enigma Vicente Blasco Ibáñez.

La primera vez que me encontré con el escritor fue a través de dos dignas series de televisión de producción española: Cañas y barro y La barraca. Después por Blasco Ibáñez, la novela de su vida que no es, sin embargo, uno de los mejores trabajos de su director, Luis García Berlanga.

Más tarde, mucho más tarde, leería algunas de sus novelas… Y releo, por un imperativo que no viene al caso, Los Argonautas, donde escribe: “La isla, risueña e indolente en mitad de la encrucijada de los grandes caminos que llevan a África y América, parecían contemplar impasible este movimiento de la navegación mundial, mientras proporcionaba por unas horas el alimento negro del carbón a los organismos humeantes, que llegaban y partían sin conocerla; festoneada en su costa por una áspera flota de chumberas y pitas; guardando tras las volcánicas montañas de su litoral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando el cielo con una sucesión de cumbres sobre las cuales flotaban las blancas vedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de vellones el pico del Teide, un casquete cónico estriado de nieves, que era como la borla o botón de este inmenso solideo de tierra emergido del Océano.”

Y es inevitable, pese a la licencia geográfica que se permite el escritor, que piense en la colección de fotografías en blanco y negro de una capital de provincias que reconozco aunque apenas conserve nada de aquel pasado cuya existencia marcó el latido de su muelle.

Un muelle cuyo movimiento significó la puerta de su entrada y de su salida.

Saludos, palabra de Argonauta, desde este lado del ordenador.

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