FIRMAS Salvador García

La estatura política de Rubalcaba. Por Salvador García Llanos

El adiós a la actividad política de Alfredo Pérez Rubalcaba es un hecho significativo en la política de nuestros días y en el propio socialismo español. Su hoja de servicios es impecable, por muchos empeños que hayan puesto los enemigos y los pedrojotas en denigrarle, en denostarle y en mezclarle en asuntos turbios. Su estatura política es la de un hombre de Estado que ha acreditado durante sus tareas gubernamentales y parlamentarias. Se ha ido, además, con la actitud de los humildes, sin estridencias, como hacen las cosas quienes, basándose en la madurez alcanzada, saben dar el paso al costado para que avance otra generación.

 Pérez Rubalcaba asumió la dirección federal de su partido en uno de los peores momentos -si no, el peor- de la historia. De la organización y de la propia política, vituperada sin reservas en un país desencantado por tantos motivos subyacentes en la vida pública. Desempeñar la secretaría general en esas condiciones era más que complicado. Sin embargo, Rubalcaba timoneó con cordura y responsabilidad hasta donde pudo, hasta donde los resultados electorales (elecciones europeas) lo permitieron. En el naufragio, fue un capitán sapiente, que no se arrugó, consciente del trance histórico que le tocó vivir. Tan solo con el acuerdo logrado en Granada, sobre el modelo territorial del Estado, es merecedor de reconocimiento. Tratar de enderezar el navío socialista en aguas más calmadas, para retomar fuerzas y tener una guía rigurosa, con la Conferencia Política del pasado otoño, es otra prueba del trabajo serio y comprometido del dirigente orgánico. Todo eso, después de haber ganado un congreso con resultado apretado, la prueba palpable, a posteriori, de una victoria pírrica.

En el haber del político socialista hay que consignar su decisivo e inteligente papel en la desarticulación del terrorismo etarra así como su empeño en impedir que lo de Catalunya -cuya solución es impredecible- haya ido a peor. El hombre de Estado prestó esos y otros importantes servicios que ponen de relieve su estatura política.

Su relación con Canarias, excelente. Aquí también dejo su sello de gestor eficaz, con asuntos de tan variada naturaleza como fueron las dotaciones científicas para las investigaciones astronómicas, los equipamientos educativos, el fenómeno de la inmigración irregular, el tratamiento de la seguridad interior y hasta el mismísimo Plan Canarias. Rubalcaba fue sensible con las islas y durante esta última etapa mantuvo una excelente relación política con el presidente de la Comunidad Autónoma.

Alfredo Pérez Rubalcaba entendió que era el momento de retirarse. Otros escenarios, otras circunstancias, otros apremios. Cuando tras las elecciones europeas, con los resultados en la mano, anunció que asumía la responsabilidad, cuando contrastó que era un lastre para su partido y quería liberarlo, empezó a dar el primer paso fehaciente de su retirada. Interpretó que lo mejor era irse, convocar un congreso extraordinario y empezar a materializar la renovación de la organización a partir de lo concluido en la Conferencia Política, sobre todo con la celebración de elecciones primarias abiertas y la participación directa de militantes. Y para esta tarea, para que no hubiera duda de que lo mejor era estar al margen, cedía los trastos.

Pérez Rubalcaba vuelve a su cátedra universitaria, a los 63 años. Volver a civil. Podrá entonar el “decíamos ayer…”. Ahora, con el Congreso de los Diputados puesto en pie ovacionándole, con la colección de opiniones de admiración procedentes de casi todas las opciones políticas, dice un adiós elegante.

A la altura de su figura política.

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