FIRMAS Salvador García

Un muro para la historia y el lamento. Por Salvador García Llanos

Hemos estado en la Punta del Viento. Desde allí pudimos sentir el toctoc  potente de la grúa perforadora. Desde allí seguimos durante unos minutos su acción destructora de un muro que ni siquiera molestaba. No respetaron su historia ni la concepción original. Sin sentimentalismos ni fatuidades, desde aquel mirador privilegiado,  nos dolió la desaparición de un trozo de la ciudad, de un elemento constructivo de un paseo convertido en arteria de tránsito peatonal, en un bulevar en el que César Manrique dejó su sello. Con un defensor del medio ambiente y del patrimonio urbano que por allí pasaba, apenas unas expresiones de desahogo lastimero en la breve coincidencia. Se concatenaban, al rítmico toctoc del punzón rompedor, sensaciones de impotencia, indolencia, manipulación, insensibilidad… Todo lo que se necesita para que ver cómo cae un pueblo… y no pasa nada.

Se empeñaron en borrarlo y lo han conseguido. Mejor dicho, lo están consiguiendo. Ni un contencioso en los tribunales ha frenado el empecinamiento aniquilador de los promotores y autores de este proyecto que no han sabido explicar el por qué de ese afán destructor. Parte del pueblo y los usuarios habituales, portuenses de bien y ciudadanos que simpatizaron y estamparon sus firmas, decían sí a la remodelación y se negaban a que el patrimonio con el que se han identificado fuese destrozado. Ni la aparición de las cuevas que obligan a hacer un modificado del proyecto y gastar más dinero por no haber hecho los estudios geotécnicos correspondientes y el empecinamiento en no abrir la zona de baño en verano, a pesar de que el Cabildo, hace pocos días, anunció que lo haría.

Y en hablando de justicia, ¿sabían lo que hacían quienes ordenaron la ejecución del derribo del muro de San Telmo sin que el juez haya resuelto la cuestión de fondo? Supongamos que Su Señoría, la que decidió una suspensión cautelar de los trabajos y fijó el abono de una cantidad de sesenta mil euros a los denunciantes que no pagaron, valora ahora que los estudios y documentos aportados acreditan los valores históricos y socioculturales que aconsejaban su conservación. Y con esa interpretación, determina la reposición del muro destruido. ¿A quién o a quiénes se le piden responsabilidades? ¿En cuánto se incrementaría el importe del proyecto?

No han faltado ni las exhibiciones de fundamentalismo obtuso ni las provocaciones cada vez más abundantes en la ciudad ni la voluntad de refocilarse en la caída del muro exagerando presencia de insectos y evocando hasta necesidades fisiológicas de juventud. El muro valía mucho más que todo eso. Jamás estuvieron a su altura. Cómo contrastan esos hechos con las manifestaciones cívicas, con el acogimiento a los soportes del Estado de derecho, con la incursión en los vericuetos administrativos, con la constancia de quienes se oponían concentrándose domingos y festivos ya hiciera frío o calor y explicando a transeúntes y a los extranjeros, en su idioma o con signos, cuál era el significado de su protesta y de sus gritos antidestrucción. Queda acaso, el próximo domingo por la tarde, el último. Puede que no sirva de nada pero, al menos, quedará en la historia como símbolo de una resistencia a la destrucción y a la incomprensión. Ni el mejor resultado, fíjense bien, del proyecto que se ejecuta, podrá apagarlo o mitigarlo. Estamos seguros de que en el seno del gobierno local hay dosis de disconformidad y hasta preocupación por las repercusiones venideras.

Porque San Telmo, el bulevar, ya nunca será igual. Guardemos, conservemos las fotos, los recortes y los documentos para que las generaciones futuras sepan cómo era. Y para que comparen.

Aunque ya no sea posible que circule en redes sociales una frase o un pensamiento popular: “Y el muro, siempre el muro”.

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