FIRMAS Salvador García

Ni agua ni patrimonio. Por Salvador García Llanos

En el plazo de una semana, dos manifestaciones en el Puerto de la Cruz. Dicho así, es como si se hubiera producido un subidón o una ruptura de la tónica de pasividad o indiferencia que caracteriza a buena parte de su población a lo largo de los últimos tiempos. Pero no: es como si siguiera anestesiada, como si ese espíritu crítico de otrora se hubiera evaporado del todo, como si el virus del aletargamiento, con sus servidumbres o aliados, hubiera inoculado de tal manera que es imposible erradicarlo. Y lo que queda, en consecuencia, son núcleos de resistencia, admirables por su identificación, pero cada vez menos potentes.    

Y eso que el agua, como elemento y servicio vital, y el patrimonio más cercano, con el que se ha convivido desde la infancia y por el que transita prácticamente a diario, han sido los factores de la expresión popular, los teóricos aglutinantes de causas que merecen una respuesta que, en sí misma, sea una demanda. Una demanda de soluciones o de peticiones de tratamiento urbanístico ajustado a ciertos valores.
        
Pero no. Las dos manifestaciones no se corresponden ni con lo uno ni con lo otro. Es aceptado que el éxito o el grado de una manifestación pública suele medirse por el número de participantes, siempre difícil de calcular, hasta el punto de generar automáticamente una controversia, con fotografías y métodos de cómputo más o menos científicos. Luego, si partimos de que en el lapso de siete días fueron unas quinientas personas las que decidieron clamar en las calles portuenses por un suministro de agua irregular y no potable que afecta a catorce mil vecinos; y que hubo menos seguidores que en una convocatoria anterior en defensa de las señas de identidad del paseo San Telmo (y eso que hay una decisión judicial de suspender cautelarmente las obras), hemos de convenir en que ni agua ni patrimonio movilizan o generan vibraciones en un cuerpo social.
        
Las expresiones de rechazo o de repulsa, se dirán, es cuestión de terceros. Malo cuando se alcanza ese nivel de indolencia. Porque se fortalece el mal gobernante ante el que se quiere reivindicar, aunque éste no tenga razón. Puestos a buscar motivos de tan magra respuesta ciudadana, ahí están la comodidad, la abulia, el desentendimiento, el pasotismo elevado a altísimas potencias y hasta el temor o la cobardía de quienes hicieron demostración de que forman parte de un pueblo poco comprometido. Aunque no tengan agua ni les importe la destrucción del patrimonio, luego les veremos aparecer masivamente, entusiásticos, en la víspera de San Juan o el martes de la embarcación, tal como apuntaba una desmoralizada ciudadana que no entendía tanta indiferencia. ¡Ay, portuenses! Lo que fuimos, lo que tuvimos, lo que hemos perdido.

Ni agua ni patrimonio. Igual a un pueblo desganado y claudicante. Qué fea, de verdad, es la indolencia, sobre todo cuando es inducida.

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