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Colin Wilson, en busca del nihilista desnudo. Por Eduardo García Rojas

Parece paradójica la idea de destrucción como acto creador, pero la misma creación con frencuencia tiene un elemento de destrucción, un brote de violencia. Esto puede apreciarse en los cuadros de Van Gogh, Soutine, Edgar Munch. Una enciclopedia de pintores dice refieriéndose a Munch que “veía la vida como una amenaza constante, una guerra de sexos, una prolongada historia de males y muerte”. Tal punto de vista tanto puede llevar a un hombre al arte como al crimen. Lo verdaderamente curioso es que antes de mediar el siglo XX eran escasos los criminales que mataban por esta clase de motivo: desprecio a la vida u odio a la sociedad. Dostoyevski escribió acerca de tales seres; es el primer escritor para quien el crimen adquiere una cualidad de maldad metafísica.”

(Los asesinos. Historia y psicología del homicidio, Colin Wilson. Traducción: Lena Poole de Magrans. Editorial Caralt, 1976)

Uno de los escritores más desconcertantes de las letras anglosajonas del siglo XX fue Colin Wilson, un tipo que estudió en la universidad de la vida al que no se le caían los anillos  cuando afirmaba, sin falsa modestia ni falsa humildad, que dejó de estudiar a los 16 años para ganarse la vida en una fábrica. Tarea que compaginaba con otras actividades laborales, algunas de ellas sospechosas.

Tras darse a conocer con sus libros de crítica, tal y como decía, The Outsider y Religion and the Rebel, Wilson formó parte de los Jóvenes Iracundos, donde contribuyó a cimentar sus bases aunque años más tarde se distanciaría del grupo al dejar poco a poco de lado la ficción para sumergirse en el ensayo, territorio donde –a nuestro juicio– destaca el escritor por lo delirante de sus propuestas, la mayoría de ellas reflexiones negras y confusas pero apasionantes en las que mezcla ocultismo, crimen, sexo, religión con independencia del objeto de su estudio.

Aún siendo consciente que la mayoría de estos trabajos no han aguantado la siempre comprometida prueba del tiempo, continuo defendido que el mejor Colin Wilson está concentrado en sus ensayos, obras en las que se libra del elemento narrativo para ubicarse en aspectos sombríos del alma humana que aún estremecen pese a que, reiteremos, la mayoría de sus argumentos sean fácilmente desmontables. Recomiendo en este sentido la lectura de su Diccionario del crimen, Los orígenes del impulso sexual, Los inadaptados: un estudio de alienados sexuales y Los asesinos.

Autor que gozó de bastante popularidad en los años sesenta, en plena efervescencia de la contracultura, Wilson encarnó dentro de este fenómeno su vertiente más radical y al mismo tiempo ambigua, lejos de los ecos de J. R. R. Tolkien, Herman Hesse y el Che Guevara como icono rebelde de la revolución de las flores. No, Colin Wilson buscó su propio territorio, tanto, que fue criticado duramente por una izquierda estrábica que lo acusó de fascista cuando el escritor, ahora también filósofo, reivindicaba un individualismo feroz muy mal entendido en su tiempo e incluso en el nuestro, tan caprichoso y vulnerable a ideas que van a la contra.

No tuvo vocación, sin embargo, Colin Wilson de hacer prosélitos. No le interesaban. De hecho, creo que si algo le interesó fue indagar en sus retorcidas y subjetivas investigaciones, muchas de ellas inspiradas en personajes vapuleados y proscritos como George Gurdjieff o Wilhelm Reich, psiquiatra y psicoanalista al que dedicó un libro, A la búsqueda de Wilhelm Reich, en el que procura desmontar la leyenda que rodea a este autor y sus investigaciones.

En todo caso, si algo está claro en tan desconcertante escritor es que a Colin Wilson le iba, efectivamente, los rebeldes, los subversivos, el nihilista desnudo. Y a su manera, él mismo fue un hombre rebelde, subversivo, un nihilista desnudo.

Como a otros tantos de su generación, Wilson fue tentado por el renacer que vivió todo lo relacionado con el ocultismo a finales de los sesenta y principio de los setenta, fenómeno que dejó huella no solo en el rock en su estruendosa vertiente satánica sino también en otras artes para unos más cultivadas e intelectuales.

El caso es que Wilson exploró este mundo donde todo está casi por hacer apostando por la vertiente aparentemente racional. Es de destacar, en este sentido, sus metafísicas aportaciones en obras como Lo oculto, donde cita, entre otros, a magos y hechiceros que se creyeron realmente su papel de magos y hechiceros como Aleister Crowley, Helena Petrovna Blavatsky y Grigori Rasputín, entre otros. Es autor, además, de una completa y controvertida biografía de Crowley: Aleister Crowley: The Nature of the Beast.

Como lector de Colin Wilson, más de sus ensayos que de sus novelas de ficción, novelas éstas que no dejan de resultar algo pesadas y enrevesadas, siempre he tenido la sensación al leerlo de que el escritor no se tomaba demasiado en serio, y que en el fondo fue un escéptico empeñado en comprender las manipulaciones a las que nos somete la conciencia. Esta obsesión quizá explique los interesantes aunque cuestionables estudios que dedicó al crimen de carácter sexual y a un asesino serial como Jack el Destripador. Con suerte se pueden aún encontrar estos volúmenes publicados en español en librerías de viejo o rastros urbanos. De hecho, mi biblioteca Colin Wilson ha ido engordando en los últimos años gracias a estos espacios donde todavía es posible encontrarse con escritores tan injustamente olvidados como el que hoy es objeto de este post.

En cuanto a su obra de ficción, Colin Wilson tanteó dos géneros con la misma desigual fortuna: el criminal y el fantástico. Su literatura de fantasía se inclina al universo lovecraftiano, al que empapa de una erudición que termina por desconcertar a los aficionados al universo de H.P.L., un escritor al que describió –y con sentido del humor– de malo y enfermo. Dos cualidades por otro lado que, entiendo, han hecho que sus relatos todavía disfruten de buena salud entre sus lectores, probablemente igual de malos y enfermos que Lovecraft –y si no que se lo pregunten a Michel Houellebeq– pero que influyó notablemente en la producción narrativa de Wilson. Un escritor que cuenta con un título llevado al cine en el que se drena todo su aparato filosófico: Lifeforce (Tobe Hooper, 1985) pero que respira toda la inquietud de su fuente literaria original. Tanto es el impacto que me causó Lifeforce que, a mi, particularmente, me sigue pareciendo una de las películas más deliciosas y salvajes del género en esa década ominosa que fueron los ochenta.

En cuanto a sus novelas policiales es necesario advertir a futuros –e ignoro si potenciales lectores– que no se encontrarán con las habituales historias del género sino con una fría y obsesiva búsqueda por explicar cuáles son los impulsos y las motivaciones que motivan a algunas personas a cometer actos tan salvajes como son los crímenes de carácter sexual y cuyas huellas se dejan ver en títulos como El caso de la colegiada asesinada o El caso Lingard. Dos novelas en las que se investiga no desde un punto de vista policial sino psicológico dónde se encuentra el origen que desencadena confundir deseo y perversión.

No es un escritor de fácil digestión Colin Wilson, pero sus escritos aún condensan cierta capacidad de seducción y poder hipnótico. Por muy farragosa que sean sus lecciones sobre el hombre, sabe a curiosidad. A ver el mundo que te rodea con otros ojos que no son sus ojos.

Saludos, despierta, desde este lado del ordenador.

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