FIRMAS Marisol Ayala

Esquelas con apodos. Por Marisol Ayala

Miren lo que me envía una amiga. Una joya. Les cuento. Hace unos años realicé una sección semanal en La Provincia sobre gente que colecciona las cosas más raras. Y para rara, la colección de Argimiro García, entrenador del CN Metropole, ya fallecido. Coleccionaba esquelas con apodos.

Ya saben que apenas guardo lo que escribo por eso cada vez que recupero algo mío me alegro mucho. Argimiro recortó durante años las esquelas que publicaba la prensa local en las cuales los familiares del muerto ponían el apodo, como era conocido popularmente, vamos, acabó armando una colección única. Me lo pasé muy bien con esa serie y conocí a gente muy curiosa. Mi magua era tanta que en el 2011 escribí el texto que ven a continuación hablando de aquel reportaje y tratando de localizarlo. Ya me llegó y pueden verlo.

“Si una no fuera tan desordenada y caótica, tendría ahora mismo encima de la mesa el reportaje que hice hace unos años a quien fue coleccionista de esquelas de prensa, Argimiro García. Este hombre, conocido en el mundo de la natación y la náutica, ya fallecido, tenía un hobby que para mí era desconocido. Coleccionaba esquelas curiosas que recortaba de la prensa diaria, con la particularidad de que se trataban de esquelas con leyenda, es decir, con apodos, con breves inscripciones que hicieron conocido al difunto. En pocas palabras, un preciso y breve perfil del muerto.

Se trataba de un documento impagable por curioso que he tratado de localizar a través de su hermana, Celia, pero no ha habido suerte. El mundo de la informática no era hace quince años lo que es hoy y por tanto aquellos recortes de papel prensa, doblados, metidos en un caja de cartón y a su vez en un sobre no los volví a ver. Me temo que conservarlos no ha sido fácil. Deseo que el paso del tiempo no haya hecho estragos porque hablo de verdaderas joyas y personalmente disfrutaría mucho viéndolas una tarde cualquiera. Todas las esquelas de Argimiro reflejaban un momento de la vida y muerte de cada uno de sus nominados y en ellas, indefectiblemente, alguien, su familia, había escrito una frase que venía a ser parte de la personalidad del difundo. Recuerdo que Argimiro no solo las coleccionaba; se había molestado incluso en conocer el por qué de cada leyenda, su origen y su veracidad. Parece que lo estoy viendo en el salón de su casa en la cercanía de la Base Naval de Las Palmas de Gran Canaria entusiasmado mostrándome su tesoro, contando historias y curiosidades que, personalmente, conocí ese día y nunca más volví a ver. Tengo la idea vaga de que ambos hablamos de la importancia de hacer un libro porque en cierta forma esa era una manera de proteger parte de las pequeñas historias de nuestros barrios, nuestras vidas, nuestras ciudades, nuestros vecinos. Seguramente en muchos casos fue ahí, en la esquela, la primera y la última vez que los ya muertos tuvieron notoriedad pública. No tengo duda.

Esmero y mimo. Argimiro me detalló una a una el por qué de cada inscripción: En una de ellas alguien apodó el difundo, “Pepito y tal y tal “más conocido por “Pan Bizcochado”, ¿por qué?, pregunté, “el hombre, que vivía en Los Arenales, cada vez que entraba a un cafetín pedía un ron con pan bizcochado y así lo bautizaron”. Otra leyenda que me suena es la de “Sobaco ilustrado”, nombrete con el que despidieron en su esquela a un difundo que siempre llevaba un periódico bajo el brazo. O aquél otro fallecido cuya familia le recordó en su adiós con un: “más conocido por “Zapatitos” apodo que se ganó a pulso porque usaba zapatos de charol y no permitía que nadie se acercaran por si lo pisaban.

Debían ser unas 200 y pico las esquelas las que guardaba Argimiro a cada cual más curiosa porque había difundido su hobby y le llegaban recortes de todas las islas. Me viene a la cabeza que entre aquellas esquelas había algunas inscripciones que al ser elegidas por sus viudas no constituían precisamente la despedida más afectuosa. Ni mucho menos. Sospecho que el fallecido en cuestión debió ser una “buena pieza” y que su viuda se vengó ya que las posibilidades de que resucitara eran nulas. Ahí lo tienen: “Fulano de tal, más conocido por “Ahora vengo”. Frente a esas palabras poco hay que explicar. Hace pocos días buscando curiosidades leí lo siguiente: “Ha muerto D.H.B. Su viudo comunica que la misa tendrá lugar el miércoles a tal hora. Sus hijos “pasan”. Esquela y calentón paterno. Argimiro hubiera disfrutado con ella.

Pero en fin, la realidad es que las esquelas en papel están muriendo y tienen los días contados. Ya caminan por Internet con la misma frialdad de la red. La misma. De ahí que ande tan empeñada en hallar la recopilación de mi amigo. Una joya”.

Termino agradeciéndole a Celia, su hermana, el regalo.

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