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Paté de foie, una novela de Guillermo Alemán. Por Eduardo García Rojas

Jiménez se volvió hacia el agente mientras le estrechaba la mano al camarero.

– ¿Ves, chaval? Aquí tienes un claro ejemplo de que los modelos se aprenden en casa: un simple camarero, con perdón –dijo mientras se giraba de nuevo a la barra– es el garante de las buenas maneras de este país, mientras que un representante de la ley va por ahí tratando a la gente como a quinquis de barrio… Toma nota –le dijo. Luego arrugó el billete de veinte euros, se lo metió en el bolsillo de la chaqueta y se marchó.”

(Paté de foie, Guillermo Alemán, Los ‘80 pasan factura)

 

La notable nómina de escritores que están cultivando en la actualidad el género policíaco en Canarias ha logrado que las islas se ubiquen por fin en el mapa narrativo negrocriminal nacional con nombres y apellidos.

Dejamos a los expertos que estudien las claves que define este tipo de literatura en el archipiélago, pero sí destacaría la calidad que caracteriza a la mayoría de estas obras, también su sobriedad y que por fin esté dejando de ser ninguneada por una crítica con demasiado lastre universitario que la obviaba por razones de –insólito, pero cierto– género.

Leo Paté de Foie, segunda novela de Guillermo Alemán, y me encuentro con un título con bastantes puntos de contacto con los libros que escribe Javier Hernández Velázquez, en especial por el tratamiento de personajes femeninos. Mujeres voluptuosas pero muy duras, una sublimación pulp pop de la vampiresa y la mujer fatal, convertidas ahora en asesinas frías y letales.

Pero mientras en las historias de Hernández Velázquez hay una necesidad por reivindicar el paisaje urbano que salpican las islas y también el de reivindicar una tradición abruptamente cercenada por años de feroz dictadura para que no nos tomemos en serio, Guillermo Alemán apuesta por otros elementos que salen de la ciudad, aunque gran parte de la acción de Paté de foie transcurra en una ciudad, Madrid, esa capital hoy de provincias que tuvo pretensiones de ser rompeolas de las Expañas.

Pero Madrid y su luna son solo un escenario que utiliza Alemán para narrar con notable pulso y sentido de la acción varias historias que más que escorarse hacia el terreno negro se dirige al thriller, aunque pululen por el relato policías corruptos y otros marcados por el signo de la perdición.

Bien armada y con una estructura sólida en la que lo que interesa es el ¿qué va a suceder ahora? Paté de foie es una novela que despierta un agradecido sentido de la adicción. Es decir, que empuja a continuar devorando las páginas para averiguar cómo concluirá el relato. También en cómo resolverá el autor los nudos que ha ido diseminando a lo largo de las más de 170 páginas que da forma y vida este libro.

Paté de foie es un relato que propone un descenso a los infiernos en el que no se perdona a nadie. Está protagonizado por personajes que resultan en ocasiones demasiado humanos por las flaquezas que los mueven.

La música es otro elemento fundamental de esta historia.

Casi invita a que se escuche de fondo, como banda sonora. Es un recurso de todos modos que emplea Guillermo Alemán para ubicar espacialmente a los personajes y a identificarlos por sus gustos sonoros.

En cuanto al estilo, el escritor es directo. Casi periodístico en su exposición de los hechos. Va muy bien con el tono que mantiene a lo largo de la novela aunque le falte algo más de ironía. Ironía o más bien un agradecido crudo cinismo que sí aprecio en las páginas finales del libro. Libro que una vez terminado el viaje, no deja de estar ahí, recomponiéndose dentro de tu cabeza.

La experiencia es desconcertante y en algunos momentos incluso muy desconcertante. Cuenta con personajes que saben meterse en el alma del lector, aunque a título personal considero que hay dos que están por encima del resto de esta historia coral y en la que intervienen hombres y mujeres que caminan por el filo de la navaja.

En mi caso, me quedo con el inspector Jiménez, un buen policía cuya carrera quedó truncada por razones que, permitan, no voy a revelar, y Lucille Down, una Lucille que bien podría ser la guitarra de B.B. King transformada en revelación. O una mujer que, como apunta Guillermo Alemán, podría ser la mujer del siglo XXII.

Así nos la presenta:

Lucille Down colgó el teléfono, fue hasta el dormitorio y se puso su mejor vestido. Instintivamente, se acercó a la ventana y contempló el cielo de Phoenix. Luego golpeó con rabia la pared, maldiciendo la intensa luz de aquel paisaje.

Bajó en el ascensor hasta la recepción del hotel, pidió un taxi y se sentó a esperar. Tras las cristaleras podía sentir, una vez más, cómo el sol calentaba con fuerza. Cruzó las piernas, apretó la mandíbula, se ajustó la falda hasta las rodillas y agarró fuertemente el bolso. Entonces comenzó a llover.”

Y así a Jiménez, nada más comenzar la novela:

El inspector Jiménez dejó el bocadillo sobre la guantera y atendió la emisora. Un código rojo en la calle Montera. Puso la sirena y salió bruscamente del aparcamiento.”

El resto de los personajes son secundarios que gravitan en torno a Down y Jiménez. Las dos caras de una misma moneda. O eso que llaman el ying y el yang. La primera representa a una atractiva  profesional de la destrucción y el segundo un perdedor vocacional, uno de esos tipos que se ha acostumbrado a destruirse a sí mismo.

Claro que Paté de foie es más. Aunque para quien ahora les escribe lo más sea Lucille y ese inspector que, al menos en mi caso, representa otro tiempo. No sé si mejor o peor, pero sí otro tiempo en el que las cosas resultaban más sencillas y con menos dobleces.

Saludos, la esperanza me mantiene, desde este lado del ordenador.

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