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El fuego fatuo. Por Eduardo García Rojas

Estoy ante la taquilla y escucho la voz metalizada de la señorita a través del cristal.

– Dos localidades.- solicito con voz estrangulada.

Pienso en El fuego fatuo pero otra cosa distrae mi atención.

No, no es el hecho de que me entregue las entradas a un precio prohibitivo para el estado actual en el que se encuentra mi bolsillo sino escuchar esa voz metalizada tras el cristal que indica, ahora, que introduzca la tarjeta por la parte posterior del lector con un “haga el favor y teclee la clave”.

No su clave sino la clave.

Realizo la operación y me sumerjo en las multisalas del centro comercial rogando a los dioses que el gasto haya merecido la pena aunque, horas después y tras salir de la sesión, descubro sin sorpresa que han vuelto a estafarme que es una manera elegante de decir que han vuelto a tomarme el pelo.

La culpa tiene nombre: La vida secreta de Walter Mitty, de la que recuerdo vagamente la versión musical protagonizada por Danny Kaye a finales de los cuarenta y que ahora interpreta y dirige Ben Stiller con muy poca imaginación. Esto me hace preguntar mientras veo la película –una de esas películas que agrade por simplona, por previsible, por blanda– qué mal va el negocio del cine cuando levantan productos de esta naturaleza.

Salgo pues del cine enfadado.

Con una sensación de estafa que martillea mi cabeza y que me recuerda, con voz de angelito malo de dibujos animados, que eso me pasa por despilfarrar las cuatro perras que me quedan… aunque el angelito bueno canta que hace apenas cuatro días –el año pasado, mismamente– mereció la pena ejectutar el mismo gasto cuando vi y temblé y salí de esas multisalas con ganas de pegar fuego al mundo  12 años de esclavitud, de un cineasta que encima se llama como uno de mis actores de referencia: Steve McQueen.

Un título y una película, la vida te  da sorpresas, sorpresas te da la vida, con el que te identificas.

De hecho, una vez tuve algo así como un jefe que se parece bastante al amo que borda en pantalla Michael Fassbender. Quiero decir que entiendo al protagonista, que asume con estado de gracia Chiwetel Ejiofor, un actor que hace pensar en la grandeza de ese oficio que es ser actor.

Claro que esta película, 12 años de esclavitud no La vida secreta de Walter Mitty, es un milagro, una joya que se cuela entre tanta basura como es la que se exhibe en el cada día más estrecho y raquítico universo de salas y multisalas que aún quedan en la capital de provincias en la que habito.

Escribo esto pues con desconcierto.

Por un lado porque no me importó abonar entrada para viajar al infierno y sí que me revienta haber pagado por contemplar una película que tiene tontorronas intenciones redentoras.

Un bienvenido al paraíso que me hace odiar un poquito más a Ben Stiller, que es su director y protagonista.

Sueño así, cuando camino rumbo a casa, en lo que haría si me lo tropiezo caminando por la avenida de La Salle.

– Ben Stiller, ¡devuélveme el puto dinero!

Pero Stiller se pone bravo y se lleva rápidamente la mano a la cartera y responde con un seco “que te jodan”.

En mi imaginación, le doy un puñetazo a la cara mientras que el segundo, con la izquierda bien cerrada y siempre con ganas de pelea, lo dirijo a un estómago que atravieso mientras Stiller vomita sangre y se derrumba sobre la acera.

A regañadientes y desde el suelo, me devuelve el dinero mientras no deja de toser y escupir dientes rotos y sangre.

Mucha sangre.

Termino el año leyendo Paté de Foie, de Guillermo Alemán, una novela que espero comentar un día de estos, probablemente cuando se me vaya el cabreo con Walter Mitty, e inicio el año con La orquesta roja, un fascinante reportaje histórico escrito por el periodista Gilles Perrault sobre el ejército de espías soviéticos que operó en la Europa occidental ocupada por los nazis; y Mar de fondo, de Patricia Highsmith, que es una escritora que nunca falla y que se encuentra entre mis autores de cabecera, esos que contribuyen a que cada día me levante, afeite, desayune y salga a la calle asumiendo las heridas que aún permanecen abiertas.

Las calles de la ciudad están abarrotadas de gente.

Se acercan los Reyes, pero percibo en el aire un espíritu ñoño, como de forzada imitación hacia una tradición en la que casi nadie cree y en la que apenas hay dinero para ilusiones salvo los niños que esperan los regalos de los Reyes.

Los Reyes Magos del Oriente.

En el camino a casa sueño que tropiezo con un paje de los Reyes Magos borracho perdido y que me recuerda, vagamente, a Señor Ojo, aunque Señor Ojo hace tiempo que se fue a ninguna parte.

Y que ese paje borracho me regala, precisamente porque le he partido la cabeza y el estómago a Ben Stiller, un boleto que asegura que, con solo rascarlo, no voy a perder el rato cuando me meto en un cine.

Un boleto que promete que no voy a repetir esa sensación de que te han estafado y con el que puedes reclamar en taquilla, y a esa voz metalizada que suena a través del cristal, la devolución del dinero malgastado.

Al final termino, sin embargo, por entregar el boleto mágico al paje borracho porque prefiero la apuesta. Eso que se llama libre albedrío para después imaginar que puedo romperle los dientes a ese estafador llamado Ben Stiller.

Mis sueños, pues, sueños son.

Porque toda la vida es sueño para los que todavía permanecemos despiertos.

Saludos, fuego fatuo, desde este lado del ordenador.

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