FIRMAS Marisol Ayala

El Gobierno aprueba la ley del aborto más restrictiva de la democracia. Por Marisol Ayala

El Gobierno aprobó este viernes la ley del aborto más restrictiva de la democracia, a la que pondrá nombre Alberto Ruiz-Gallardón, ministro de Justicia. Interrumpir el embarazo dejará de ser un derecho de la mujer en las primeras 14 semanas —un derecho que existe solo desde 2010— y volverá a ser un delito despenalizado en ciertos supuestos, como lo era con la Ley de 1985. Pero esos supuestos se reducen, y la posibilidad de la mujer de acogerse a ellos se restringe. Solo habrá dos: violación y “grave peligro para la vida o la salud física o psíquica” de la mujer. Serán, de nuevo, los médicos —con requisitos más estrictos que en 1985 y un procedimiento más largo— los que decidirán si ese peligro existe. La presencia de malformaciones fetales gravísimas no será motivo de aborto, aunque sí lo será el efecto psicológico que eso tenga en la embarazada.

La nueva normativa se llamará Ley de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada, por ese orden; Gallardón aseguró que se ha hecho para proteger “a los más débiles: los concebidos y no nacidos”, pero “siempre en interés de la mujer” y respetando asimismo sus derechos. Según el ministro, la ley vigente, aprobada por el PSOE en 2010, vulnera el “equilibrio” en la protección de los derechos del feto y de la mujer que impuso el Tribunal Constitucional en su sentencia de 1985, porque “desprotege” al nasciturus en las primeras 14 semanas de embarazo (en ese plazo se puede abortar sin alegar motivo).

El reportaje que en septiembre del año pasado me realizaron para el Periódico de Catalunya, por ser una de tantísimas mujeres españolas que tuvo que abortar en Londres, cuando todas las puertas se cerraban en la España post franquista, adquiere hoy actualidad y lo publico de nuevo por considerarlo de interés. Asimismo incluyo el enlace de un repotaje igualmente clarificador sobre el trago de abortar publicado en El País (pinchar AQUÍ).

Reportaje sobre el aborto clandestino publicado en El Periódico de Catalunya (pueden leerlo completo pinchando AQUÍ)

Por Núria Marrón

Marisol Ayala cogió el vuelo directo de Las Palmas a Londres un sábado a las 10 de la mañana. Han pasado más de 30 años, pero lo recuerda con precisión casi notarial. «Siempre era en fin de semana, para que no se notara en el trabajo». Iba con su cuñada, que era maestra y chapurreaba un poco de inglés, la dirección de una clínica apuntada en un papel y una «sensación atroz de terror y desamparo». «¿Y si me ponía mala? ¿Y si sufría una hemorragia? ¿Y si me metían en la cárcel?».

La periodista canaria Marisol Ayala, una de las españolas que abortaron en Londres. A la derecha: Aitana Sánchez-Gijón, Sergio Peris Mencheta, Ingrid Rubio, Miguel Ríos, Lola Herrera, Gaspar Llamazares, Ana Belén, Juan Ramón Lucas y Almudena Grandes que, entre otros, abogan por un aborto libre y gratuito. «Anticonceptivos para no abortar, y aborto legal para no morir».

La periodista canaria Marisol Ayala, una de las españolas que abortaron en Londres. A la derecha: Aitana Sánchez-Gijón, Sergio Peris Mencheta, Ingrid Rubio, Miguel Ríos, Lola Herrera, Gaspar Llamazares, Ana Belén, Juan Ramón Lucas y Almudena Grandes que, entre otros, abogan por un aborto libre y gratuito. «Anticonceptivos para no abortar, y aborto legal para no morir».

Era 1979 y ninguno de estos temores eran ideas remotas. En España, el aborto estaba penado con seis años de prisión, la condena que aquel mismo año se pidió para las once de Bilbao, nueve madres de familia muy humildes que fueron acusadas de interrumpir su gestación y finalmente indultadas.

Con estos pensamientos embistiéndole una y otra vez, Marisol y otras tres chicas de Las Palmas aterrizaron en Londres en absoluto secreto. «Un mundo. Para mí, que venía de Canarias, aquello era demasiado grande. Por aquel entonces yo no sabía ni inglés. Lo único que sabía es que no quería ser madre, que no estaba preparada, y que me daba pánico recurrir a aquellos sanitarios y curanderos que iban por los barrios y que habían provocado auténticas carnicerías». No es un decirr. Marisol cuenta que, nada más ver el positivo de su embarazo, sintió una bofetada en la cara al recordar todas aquellas noticias que había leído sobre un ATS del Hospital de Las Palmas que había sido detenido con el instrumental en el maletero del coche y que acabó en la cárcel. «Y yo, claro, no quería aquello».

Manifestación en Barcelona en mayo de 1985

Manifestación en Barcelona en mayo de 1985

 

En Las Palmas, como en todas las ciudades, había una «trama de amigas que tenían amigas que…». Y una de ellas le dio la dirección de una clínica y de una pensión . «Entre el viaje y la operación, creo que me costó 45.000 pesetas, casi el sueldo de un mes». También tenía que costearle el viaje a la cuñada. Aquello era «un dineral» para una joven periodista y acabaron haciendo un fondo.

Nada más aterrizar en Heathrow, se dirigieron a la dirección que tenían apuntada, que les llevó hasta una torre, con jardín, «muy inglesa, muy modesta». En la recepción, una enfermera les pidió el nombre y, sin más explicación –«creo que no me pidieron ni el carnet de identidad»–, le hicieron pasar a una sala de espera. Una de las chicas canarias, recuerda, tenía una lesión en el corazón muy grave que no explicó a nadie. En aquella habitación no estaban solas. Se miraban casi de reojo con otras mujeres jóvenes, recuerda, con la misma cara de miedo y la misma fonética en los apellidos. García. González. Pérez. «Me parece que aquel día todas éramos españolas. Pero apenas hablamos entre nosotras, solo teníamos ganas de oír nuestro nombre y de acabar con todo aquello. Estábamos asustadas, no sabíamos bien qué nos iban a hacer».

Finalmente, el nombre que escuchó fue algo parecido a «Marisol Ayala», y pasó a otra habitación. «Allí recuerdo vagamente que me dieron una bata, me dijeron que me estirara en una camilla, me cubrieron con una manta hasta la barbilla y me pusieron anestesia local». Cuando la anestesia le dejó de hacer efecto, se vistió y se fue. Y ya. «En la pensión estuve toda la noche sin pegar ojo, hablando con mi cuñada. No sentía ni frustración, ni alivio. Solo un gran dolor, pero en el alma. ¿Cómo podía estar tan lejos? ¿Cómo podía ser que por decidir algo sobre mi cuerpo y mi vida pudiera acabar en la cárcel? En el avión de vuelta, una de las canarias sangraba. Muchos años después, un día mi cuñada me dijo: ¿Te acuerdas del viaje a Londres? Por dios, qué espanto».

Concentración, el pasado miércoles, ante la Sagrada Família, contra la ‘ley Gallardón’ y en favor del derecho al aborto libre y gratuito.Concentración, el pasado miércoles, ante la Sagrada Família, contra
la ‘ley Gallardón’ y en favor del derecho al aborto libre y gratuito.

 

 

No fue la última vez que Marisol interrumpió su embarazo. Años más tarde, cuando ya tenía dos hijos y su matrimonio se venía abajo, tuvo una falta. «Cada vez que paso por el hospital, me veo a mí misma, llorando como una niña, en las escalinatas de la entrada, con la prueba del embarazo en la mano. ‘¿Cómo lo hago? No puedo tenerlo, no quiero’, me repetía una y otra vez». En esta ocasión, Marisol fue en busca de un ginecólogo al que conocía. «En su consulta privada le supliqué, le imploré que me hiciera el favor. Qué vergüenza. ¿Por qué tenía que rogarle a un señor al que apenas conocía? ¿Por qué tenía que explicarle mi vida, que se me hacía insoportable tener un tercer hijo? ¿Que no podía? ‘Pero si tienes familia, mujer, piénsatelo’, me decía. Estuve dos días temblando, porque no sabía si me lo iba a hacer».

Finalmente, dándole coartada de legrado, lo hizo. Y para Marisol, que acudió a la consulta acompañada por su hermano –«a mi entonces marido le pareció una barbaridad y no vino»– fue una «liberación». «Sí, sé que es una palabra fuerte, pero lo cierto es que no sentí culpa, ni frustración, solo que había puesto fin a una angustia enorme».

Marisol Ayala es un nombre y apellido de entre las casi 30.000 españolas que hasta 1985 –cuando se despenalizó en caso de violación, malformación del feto y grave peligro para la salud física o psíquica de la embarazada– viajaban cada año al extranjero para interrumpir su embarazo. Cuando no tenían medios, las mujeres se arriesgaban a un aborto inseguro. Como ha pasado durante siglos y siglos. La cánula, la aguja de hacer media y la lavativa. El perejil que, colocado en la vagina, provoca contracciones del útero. Lo mismo que la socorrida técnica de los años 50: baños de pies con agua muy caliente y mostaza disuelta con caldo de perejil. En 1974, la memoria de la Fiscalía del Tribunal Supremo estimaba que en España se practicaban 300.000 abortos cada año (actualmente son unos 120.000) que dejaban una espeluznante fosa común: cerca de 3.000 mujeres morían por las infecciones y las complicaciones derivadas de aquellos abortos peligrosos. Un apunte agravante: hasta 1978, los anticonceptivos eran ilegales y no se podía ni infomar sobre ellos.

En este paisaje atroz, los colectivos feministas empezaron a organizarse y, a escondidas y con alto riesgo, montaban de forma «muy, muy clandestina» visitas a clínicas y viajes al extranjero. En una de las primeras jornadas feministas en Llars Mundet, Carme, profesora de instituto y activista veterana, recuerda que se puso sobre la mesa el derecho al aborto y al propio cuerpo. «Incluso se llegaron a practicar algunos abortos, como acto político. Fue radical, sí, la gente aún no tocaba el tema, pero era una práctica habitual».

Carme recuerda que, en Barcelona, las chicas bien no tenían demasiados problemas para encontrar un médico amigo que les practicara una apendicitis de tapadillo en una clínica privada. «Nosotras también teníamos complicidades entre médicos y enfermeras, y acompañábamos a las mujeres a algunos de esos hospitales para que pudieran tener un aborto seguro –asegura Carme–. No queríamos volver a los tiempos de las hierbas». Luego estaban los viajes «hiperorganizados», básicamente a Londres y Ámsterdam, que resultaba algo más económico. «Era triste, pero lo apoyábamos». Si la mujer no tenía dinero, un fondo colectivo podía ayudar. «Yo llegué a dejarle dinero a una alumna. Aquellas excursiones se convirtieron en algo tristemente común y cotidiano».

En Barcelona, llegó a haber una agencia de viajes en la calle Balmes especializada en este turismo clínico. Nadie preguntaba nada. Viaje ida y vuelta, 7.000 pesetas. Operación y periodo de cama, 6.500. Hotel y comida, 20.000. «Recuerdo que las habitaciones eran muy pequeñas y que las mujeres, que no se conocían entre sí, las compartían», explica Montse, que en una ocasión acompañó a su prima a Ámsterdam.

Luego, la ley del 85, acabó prácticamente con todo aquello. Aun así, las chicas de entre 16 y 18 años debían tener el permiso paterno, y Carme, la profesora, aún recuerda como una alumna suya de 16 años que «escribía increíblemente bien» fue obligada por su padre a tener la criatura. «Dejó el colegio, el novio la dejó a ella y vivía encerrada en casa de sus padres. Dos años más tarde, me la encontré y llevaba el niño en brazos. No debía de pesar más de 12 kilos y, en cambio, parecía que eran 12 toneladas. Aquella chica estaba viviendo una vida que no quería».

Marisol Ayala guardó siempre un escrupuloso silencio sobre sus abortos. Pero el secreto que se había tragado 30 años atrás regurgitó cuando Gallardón anunció que iba a reformar la ley con el siguiente subtexto: la mujer que quiera abortar, en lugar de poder hacerlo libremente durante las 14 primeras semanas tal como avala la norma vigente, deberá volver a pedir permiso a médicos y psiquiatras. «¿Qué pretenden? ¿Meternos de nuevo en el cuarto oscuro?». Y entonces, en un acto de valentía que ella dice que solo es “compromiso”, se arrojó sobre el teclado. «Yo he abortado con el miedo en el cuerpo, pensando que en una de las veces no despertaría y que el médico amigo acabaría juzgado como asesino –reveló, a modo de ‘outing’, el pasado 24 de mayo en su blog, www.marisolayala.com– .

Recuerdo aquellos episodios personales como algo negro, feo, turbio, peligroso. Por eso, tan solo pensar que Gallardón puede condenar a nuestras hijas, nuestras nietas, nuestras amigas, a repetir la escena, me asusta y bien saben que yo, asustarme, poco. No permitamos que también ellas se vean obligadas a buscar quien les haga un apaño».

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