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El chico de la trompeta, una novela de Dorothy Baker. Por Eduardo García Rojas

Era una luminosa mañana de verano, ya hacía calor, y ellos, poco a poco, fueron avanzando y recuperando el equilibrio y la racionalidad, Aunque eso tampoco era importante: para ambos, en esa época, la realidad valía lo mismo que las alucinaciones. El mundo era estupendo con independencia del punto de vista que eligieran para contemplarlo. Lo podía soportar tal como era, o completamente desenfocado e intensamente desfigurado”.

(El chico de la trompeta, Dorothy Baker. Traducción: Israel Attrache. Contraseña Editorial)

El chico de la trompeta es un caso singular en la literatura. Singular porque se trata de una novela de y sobre el jazz, singular también porque está escrita por una mujer, Dorothy Baker, que sintió una sensibilidad especial por una música en cuya alma intentó explorar Julio Cortázar en uno de sus más hermosos y musicales relatos: El perseguidor.

Inspirada en la vida de Bix Beiderbecke y título que dio origen a una película, El trompetista (Michael Curtiz, 1950), protagonizada entre otros por Kirk Douglas, Doris Day y Lauren Bacall, la novela no tiene mucho que ver con el filme salvo el nombre y el oficio de su personaje central, Edward Richard Martin Ricky Martin–, un blanco de clase media baja que a finales de los años treinta queda abducido por un estilo y una forma de entender la música cuyas fuentes emanan de la cultura afroamericana: el jazz.

El chico de la trompeta es pues una novela, ya se ha dicho, de y sobre el jazz, pero también sobre los músicos que lo cultivaron en los años en que como expresión artística comenzaba a consolidarse en los Estados Unidos de Norteamérica. Es decir, a que fuera considerado un estilo de interpretar que iba más allá del baile. Una música, en definitiva, que se metía en la venas entre sus grandes músicos.

Se aprecia que Baker conoció a esos músicos y que pasó horas y horas en los garitos y salas donde el público dejaba de ser ellos mismos mesmerizados por un sonido que ya tanteaba sus posibilidades de improvisación.

La grandeza de una música que además de evadirte te cambia por dentro siempre y cuando el artista que esté encima del escenario sienta la magia, el alma, el duende de hacer historia con su peculiar sonido.

Puede leerse El chico de la trompeta como la biografía no autorizada de Beiderbecke, pero está narrada con tanta ternura y clase que es probable que el trompetista, allá donde se encuentre, le dedique a esta escritora un solo de trompeta.

Dorothy Baker hace lo imposible, deconstruir al personaje empleando un lenguaje llano para adentrarse nunca como una intrusa en la complejidad del corazón de su protagonista. Un hombre, viene a decir, que vivió solamente para la música.

El chico de la trompeta debe de entenderse, además, como una novela adelantada a su tiempo, y como un relato casi periodístico en el que se describe las razones que explican las grandezas del jazz.

Ricky Martin, el protagonista, se mezcla con negros y blancos aunque está más cerca de los negros que de los blancos. Los une la misma pasión musical, el mismo sentimiento por lo que hacen. Su mejor amigo, Smoke, un batería afroamericano, es como su reflejo, y el grupo en el que le invita a entrar, sus generosos mentores. Músicos que le convencen a que pruebe la trompeta más que el piano para explorar y explotar sus posibilidades como creador de sonidos que tienen colores.

La vida de Martin es breve –no revelamos nada nuevo, ya lo anuncia Dorothy Baker en el prólogo del libro– lo que deja cierta sensación de rabia cuando se llega al final de la novela.

No hay redención ni reconocimiento, así lo expresa el trompetista en el lecho donde agoniza: “Si hubiera nacido en un mundo distinto, en otro lugar, en otra época, con todo cambiado, el apellido Martin hubiera pervivido junto al de otros devotos, aquellos a quienes apasiona la música, los que la desarrollan para que sea algo bueno, para que siga siéndolo. Pero ¿qué oportunidades se le presentan a uno que se dedica a la música de baile? Toca un tema, lo termina, y solo él sabe todo lo que ha sido necesario para interpretarlo. Lo cual resulta triste, pero así son las cosas, aunque al final la cuestión se puede considerar de otra manera. Lo bueno, al fin y al cabo, es vivir una vida entregada a una pasión, por muchos vaivenes que eso te suponga, aunque eso te lleve a caerte de bruces”.

Curiosamente, y aunque está escrita por una mujer, son solo dos los personajes femeninos que aparecen en esta historia: Josephine Jordan, cantante y hermana de Smoke, una mujer que ha aprendido a sobrevivir en un mundo de hombres, dura y cínica pero tierna cuando canta; y Amy North, la caprichosa hija de un multimillonario y una mujer ambigua,  que se casa con Martin más por capricho que por otra cosa. Será precisamente esta relación la que convenza al trompetista de que solo tiene un refugio: su música.

Si tiene algún defecto El chico de la trompeta es que una vez terminada sus casi 250 páginas, sabe a poco. Y que como lector exijo más quizá porque tras su lectura he notado “un cambio.”

Y cuando notas un cambio descubres que el libro que te ha acompañado durante un rato forma parte de tu vida. Y que por obras así, merece la pena continuar leyendo para aprender a ser distinto.

Saludos, no lo dejen escapar, desde este lado del ordenador.

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