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Duro por fuera, tierno por dentro. Por Eduardo García Rojas

“- Me llamo Marlowe –dije–. Soy detective privado, y he venido aquí a preguntarle a su esposa acerca de un asunto que no tiene nada que ver…

Ricardo respiraba con fuerza. Pero no luchaba. Sabía que yo lo sujetaba bien, y esperaba.

– ¿No tiene nada que ver con qué? –dijo con una voz medio estrangulada.

– No tiene nada que ver con que ella se pimple y se quite la ropa.”

(La historia de Poodle Springs, colección Literatura, Editorial Debate, 1989)

No es la novela más conocida de Philip Marlowe porque no la terminó Raymond Chandler sino otro peso pesado del género, Robert B. Parker. Además, el detective privado triste, solitario y final está casado con una multimillonaria, Linda Loring, en una historia que explica porque Chandler pensó siempre en Cary Grant como Marlowe.

El detective privado de Adiós muñeca o El largo adiós –escojo los dos títulos que explican mi chandlernititis, cosas del adiós– es el mismo de siempre en La historia de Poodle Springs solo que más sabio y más viejo, lo que le hace verbalizar su ingenio antes que recurrir a los puños.

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La novela toma otros derroteros aunque su atractivo es leer el intento de convertir a Marlowe en otro caniche de la rica heredera.

Poodle Springs tiene un agradecido espíritu de comedia.

De hecho, resulta inevitable pensar en Cary Grant y Katharine Hepburn como Philip Marlowe y Linda Loring en el siguiente diálogo:

“- Cariño, a veces eres un bastardo. Vamos a entrar. Estoy pagando doce mil dólares al mes por este garito. Quiero que te guste.

– Me va a encantar. Doce mil dólares al mes es más de lo que gano como detective. Será la primera vez que me mantengan. ¿Puedo ponerme un sarong y pintarme la uña de los pies?

– Maldita sea, Marlowe, no tengo la culpa de ser rica. Y si tengo el dichoso dinero, voy a gastármelo. Y si tú estás cerca, algo te caerá. Tendrás que hacerte a la idea.

– Sí cariño –la besé–. Me compraré un mono y dentro de una temporada no podrán separarnos.”

La novela comienza tres semanas y cuatro días después de estar casados Marlowe/Loring y anuncia, por encima del caso a resolver, un nuevo peldaño en lo que iba a ser la evolución del personaje: el mismo Marlowe de siempre pero más sabio y más viejo.

Raymond Chandler no logró poner sin embargo punto y final a Poodle Springs. La continuó Robert B. Parker, autor de una tesis sobre los detectives privados en las novelas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler y creador de otro de los grandes iconos del género negro: Spencer.

Pero ¿qué derrotero hubiera tomado Poodle Springs según Chandler?

Frank MacShane cuenta en La vida de Raymond Chandler (colección Libro Amigo, Editorial Bruguera, 1977) cómo concibió la historia:

“una lucha continua con intervalos amorosos. Marlowe, un hombre pobre pero sincero, pese a su tendencia a la réplica insolente, odiará el modo de vivir de Linda, odiará la casa que ha alquilado para la temporada en Palm Springs, una mansión ostentosa para la que tengo una descripción exacta. Detestará al montón de inútiles vividores que son todo cuanto puede encontrarse como invitados a una fiesta. Ella, por su parte, nunca comprenderá por qué Marlowe se aferra a una profesión peligrosa y mal remunerada. Creo que sólo congeniarán completamente en la cama.”

Así que ¿por dónde hubiera derivado la historia?

Robert B. Parker sale airoso del problema:

“-Creí que nos estábamos divorciando.– dije.

– Sí –dijo–, lo estamos. Pero eso no incluye hacer el amor.

– Pareces muy segura de ti misma –dije–. Neceser y todo. ¿Y si digo que no?

Linda sonrió y sacudió la cabeza. Sentí como si fuese a desaparecer en sus ojos si los miraba demasiado tiempo.”

(*) James Caan interpretó a Marlowe en el telefilme Poodle Springs (Bob Rafelson, 1998).

Saludos, sillas de montar calientes, desde este lado del ordenador.

 

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