FIRMAS Salvador García

Conferencia Socialista. Por Salvador García Llanos

En el otoño que se avecina, tan caliente como siempre se ha pronosticado, habrá que estar muy atentos, por varias razones, a la conferencia política del PSOE. El impredecible curso que seguirá la crisis derivada del asunto Bárcenas, el alcance que tengan las primeras resoluciones judiciales del caso de los ERE andaluces, los preparativos de las elecciones al Parlamento Europeo y la presión para remontar encuestas, en medio de un clima de desafección política general, son frentes abiertos que requieren de una estrategia bien coordinada y de una acción política pertinaz y eficiente para intentar recuperar espacios políticos y apoyos sociales. Vale: los socialistas pretenden generar esperanzas y vencer la resignación en la sociedad actual. Pero, tal como están las cosas, se trata de un doble objetivo cuya consecución posiblemente sea la más difícil empresa que ha de acometer desde su legalización tras los largos años de clandestinidad.

Por si fueran pocos y de intrincado fondo los escenarios en los que habrá de desenvolverse, hay otro que empieza en la propia casa y pone a prueba su misma madurez política: debatir y plasmar mecanismos de democracia interna que no solo signifiquen un revulsivo y un salto a la hora de entender un nuevo y modernizado funcionamiento de la organización sino que, en algún caso, se traduzcan en leyes que sirvan para consolidar esquemas normativos que refresquen y cualifiquen el propio sistema democrático, en el que es necesario, por cierto, seguir creyendo, viendo los ataques que sufre, impregnados de escepticismo y desnaturalización interesada.
Uno de esos hitos -junto a la determinación de no incluir en listas electorales a imputados que contribuirá a erradicar el tópico de que son las ejecutivas y comités, los aparatos, en definitiva, quienes manejan a su antojo la elaboración de las candidaturas- será la selección de candidatos mediante un proceso de elecciones primarias o internas. Si se quiere que el principio de igualdad sea efectivo y creíble -otra manera de estimular la participación política-, será esa aperturista canalización democrática la que favorezca nuevas corrientes y nuevos hábitos de los que tan necesitados están las organizaciones políticas. Y eso debe servir no solo para el PSOE: que luego se intente plasmar en una ley, de modo que todas aquellas sigan la misma directriz, sería muy saludable.
Cuando algunos dirigentes socialistas hablan de “grito ciudadano”, su formación está obligada a dar una respuesta cabal y consecuente, lo suficientemente sólida, participativa y creíble como para aventurar que ese nuevo proyecto de país puede ser realidad, mucho más importante que resignarse a una más que evidente alternativa de poder.

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