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Leer es una aventura… Por Eduardo García Rojas

Su nombre es John Meade Falkner y soy consciente que no les dirá nada a muchos de ustedes aunque si revelo que fue el autor de El diamante (Moonflet), novela de la que el maestro Robert Louis Stevenson dijo “es la que me hubiera gustado escribir” espero que al menos a unos pocos se le encienda el interruptor y no descansen hasta encontrarla.

La edición que poseo y ocupa un lugar privilegiado en mi biblioteca está editada en Destino, 1989, y es junto a Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, dos títulos que, a mi juicio, son de referencia dentro del género de la aventura.

Un género, el de la aventura, para nada menor.

Como a tantas otras historias llegué primero a El diamante y también a Huracán en Jamaica gracias a sus dos excelentes adaptaciones cinematográficas, filmes que no se cansaban de reponer en televisión cuando la televisión aún funcionaba como eficaz vehículo de entretenimiento.

Los contrabandistas de Moonflet (Fritz Lang, 1955) es un título mayor en el cine de aventuras. Una obra redonda, deliciosa y que deja huella.

Protagonizada por Stewart Granger y un siempre colosal George Sanders, aún me conmuevo cuando veo esta película no ya por su tétrica atmósfera, retrato de personajes y contenida puesta en escena, sino por el respeto y el cariño con el que logra trasladar el espíritu de la novela original.

Recomendaría, en este sentido, que pese a ver visto un centenar de veces el largometraje, no se renunciara a leer la novela de Meade Falkner.

La versión de Lang no deja de resultar así, y pese a ser una grandiosa adaptación cinematográfica, una película que condensa una historia que como toda novela de aventuras que se precie no es otra cosa que un relato intenso de iniciación.

El diamante cuenta las peripecias del joven John Trenchard, un adolescente que narra en primera persona su peculiar odisea tras conocer al noble y duro Elzevir Block, jefe de una banda de contrabandistas que busca el diamante del legendario pirata Barbanegra.

Me llamo John Trenchard y cuando comienza esta historia tenía quince años. Hacía varias años que había muerto mi padre y mi madre, y yo vivía con Miss Arnold, que era mi tía. Fue muy amable conmigo, a su manera, pero no pude tomarle cariño por su excéntrica rigidez y sequedad”.

El diamante, Moonflet, Los contrabandistas del MoofletMoonflet es la localidad en la que vive Trenchard– captura la atención del lector desde el minuto uno. Y sabe capturar la atención del lector desde el minuto uno porque Meade Falkner no solo fue un eficaz escritor para crear ambientes y atmósferas, sino porque supo ubicar en esos mismos ambientes y atmósferas a sus personajes.

Personajes, recordemos, que vemos a través de los ojos de un quinceañero.

No falta así cierta épica burlona en su retrato de Elzevir Block y de su grupo de contrabandistas, así como pinceladas con un inquietante tenebrismo cuando el protagonista desciende a la cripta donde presuntamente reposan los restos del pirata Barbanegra.

Perdonen así mi entusiasmo al reseñar estas líneas, porque no deja de resultar singular que esta maravillosa novela de aventuras leída con quince, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, cien años aún despierte mi adormilada alma de aventurero.

No sé, igual es por las lecturas que saco de la relación que mantiene el joven Trenchard con Block.

Trenchard ve en el jefe de los contrabandistas algo así como el padre que nunca tuvo y Block en Trenchard al hijo que le arrebataron.

Pero El diamante, como las buenas historias, cuenta otras historias y hace literatura.

En cuanto a su autor, reseñar que dejó escritas dos novelas más: The Lost Stradivarius (1895) y The Nebuly Cost (1903). También, que fue un triunfador en el mundo de los negocios. Lo escribo porque me entero leyendo la Wikipedia que hizo fortuna como ejecutivo en una empresa armamentística durante la   I Guerra Mundial.

Nadie es perfecto.

 

Huracán en Jamaica es junto con La isla del tesoro, de Stevenson, la mejor novela de piratas de cuantas he leído…

Y créanme, he leído lo que se dice un montón de novelas de y con piratas.

Como todo hijo de vecino sabe, la historia inspiró otra gran película, Viento en las velas (1965) dirigida por Alexander MacKendrick, un cineasta por el que confesamos –esperamos– contagiosa devoción en este su blog que es elescobillon.com.

De su autor, Richard Hughes he conseguido en castellano además de Huracán en Jamaica (colección destinolibro, Ediciones Destino, 1989), El regazo del Atlas. Cuentos de Marruecos (colección Juvenil, Ediciones Alfaguara, 1987) y El zorro en la bohardilla (Editorial Sudamericana, 1963) que están muy bien pero que no arañan la grandeza de Huracán en Jamaica.

Una novela, esta Huracán en Jamaica, cuya lectura resultaría hoy políticamente incorrecta.

¿Por qué?

Hughes narra la aventura de un grupo de niños secuestrados por un grupo de patéticos bucaneros en aguas del Caribe y cómo las criaturas presuntamente inocentes se hacen con todos los miembros de la tripulación de ese navío que navega con bandera pirata.

Esta novela pone de manifiesto que “los niños siguen a sus mayores con el mismo afecto que las gaviotas a un barco”.

La novela, que es una novela de aventuras, está plagada de diálogos que parecen estar escritos al rojo vivo:

Emily dormitó unos minutos; cuando despertó, aún estaba allí el capitán.

– Cuéntame de cuando eras pequeño –dijo la niña.

Jonson continuaba silencioso, tratando de proyectar su pesado espíritu hacia el pasado.

– Cuando yo era muchacho –dijo por fin–, no se creía de buena suerte engrasarse uno mismo sus botas marinas. Mi ti tiíata me engrasaba las mías antes de que saliéramos en el lugre.

Se calló durante algún tiempo.

– Hacíamos seis partes de la pesca… Una para la tripulación y una para cada uno de nosotros.

Eso fue todo. Pero a Emiliy le interesaba aquello enormemente, y al poco tiempo volvió a dormirse, feliz por completo.”

Tanto la novela como la película tienen una lectura curiosa y se me antoja que incómoda sobre la relación entre adultos y niños.

En un momento del libro un niño canta: “Érase una vez una llamada Emily, que durmió con un caimán”.

Pero nada es lo que parece.

Porque los inocentes aniquilan literalmente el espíritu de unos hombres rudos, curtidos en la mar, que se desarman cuando intuyen reflejos de su niñez perdida o nunca encontrada en el grupo de niños que han secuestrado.

Huracán en Jamaica es una novela moral.

Pero de una moralidad digamos que inquietante en estos tiempos de fascismo dulce que vivimos.

Su lectura despierta alarmas, aunque no sé si conciencias.

Su ética, que la tiene, aún confunde a los ciegos y tuertos.

Saludos, viento en popa, toda vela, desde este lado del ordenador.

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