FIRMAS Marisol Ayala

Jugar con fuego. Por Marisol Ayala

Agustín tiene 53 años y 24 de ellos los ha dedicado al juego; en ese tiempo ha perdido 360.000 euros y 5 negocios.

Está recuperando su vida y hace casi 30 meses que no juega “algo impensable” para mí.

“Soy capaz de detectar el sonido de una tragaperra a 200 metros”

Mi perdición fue llegar a un bingo con veinte y pocos años y ganar en una noche 97.000 pesetas, más tarde 36.000 mil y al día siguiente 42.000. Me dije “esto es fácil”.

Si el infierno existe, mi mujer ha estado allí. Vivir conmigo ha sido terrible. Me metí en el juego hace 24 años y perdí millones, familia, negocios, salud, ¡todo, todo!…hoy llevo 29 meses sin jugar y eso es un récord. Jamás pensé que podría salir de ese agujero. Jamás, pero hay que estar alerta porque un jugador puede caer fácilmente en la trampa”.

Agustín Almeida posa ante unas tragaperras

Agustín Almeida posa ante unas tragaperras

Agustín Almeida habla a borbotones, tiene los ojillos claros y cuenta su vida sin red, a corazón abierto, sin tapujos, pero eso sí, quitándose las gafas cada poco para enjugarse las lágrimas. Han sido muchos años de dolor vividos por este hombre. Agustín, ludópata, solo puede llevar en el bolsillo 3 euros –“el café lo pagas tú…”- porque se lo han prohibido los terapeutas: “Ni puedo pasar por la puerta de un bar donde haya máquinas, ni por un bingo, ni por nada que esté vinculado al juego…soy capaz de detectar el sonido de una tragaperras a 200 metros…salir de ese agujero ha sido una lucha terrible, dolorosa, pero ya dejé esa mierda”. Agustín ha querido contar por primera vez no solo el peligro que conlleva el juego sino su lucha, el dolor que le ha producido pasar media viva soñando y viviendo por y para para el juego y despertar buscando un sitio para jugar. “Yo cuento mi historia especialmente a los que creen que entrar en un sala, jugar y ganar es una suerte, no lo es. Mi perdición fue llegar a un bingo con veinte y pocos años y ganar en una noche 97.000 pesetas, más tarde 36.000 mil y al día siguiente 42.000. Eso fue mi ruina…dije “esto es fácil”.

En pocas líneas habría que contar que la infancia de Agustín transcurrió en la Casa del Niño, tratado como el régimen trataba, en la mayoría de los casos, a los niños de familias pobres. “Eso a mí me marcó tanto, tanto, que yo no veía la hora de salir de allí y buscarme la vida. En la Casa del Niño yo y mi hermano vimos palizas, peleas, violaciones y suicidios…y yo no miento, créame, Ayala”. Insiste en la importancia que su dura niñez ha tenido en su vida. Con lo cual desde que le dejaron salir del reformatorio Agustín, 14 o 16 años, trabajó primero en un bar de la calle Venegas y luego en el de la Guardia Civil, en San Cristóbal, como medio encargado. “Yo era un chiquillo. ¿Quiénes iban a ese bar?, pues los guardias civiles que hacían un aparte y jugaban a las cartas, a la máquinas, a todo lo que se pudiera. Luego, cuando terminaban, se iban al bingo y para mi perdición un día me invitaron y fui. “Ahí empezó mi tragedia, ahí…”

Cuando Agustín habla de esa época trata de disculpar su debut en el juego con un “es que trabajaba mucho y necesitaba distraerme”. Pero Agustín es sincero al reconocer que “tal vez nunca tuve un padre, una persona que me dijera que ése no era el camino, que me advirtiera”. Eligió la distracción en el juego y con gente mayor, metidos en los juegos de azar, lo peor. Ese día, el primero, recuerda, “gané dos bingos gordos y al día siguiente volvimos y otra vez gané…eso fue lo peor”. Lo que en aquel momento Agustín celebró entusiasmado sería una vía de agua que acabaría inundando su vida.

Por entonces Agustín ya estaba enganchado al juego, a todos; máquinas, primitiva, lotería bingo…todo. Pero así y todo, siguió montando negocios porque los llevaban él y su hermanos y llegaron a tener tres bares y dos dulcerías. “Todo iba bien hasta que ya empecé a dejarlos en manos de uno de mis hermanos porque yo cada vez estaba más metido en el juego hasta que poco a poco tuvimos que venderlo todo. Nos quedamos sin nada porque todo lo que pillaba iba para al juego y mi hermano no podía…”.

En ese proceso de destrucción en que se aupó Agustín relata escenas que ponen de manifiesto su nivel de adición: “Mira, yo he pasado 10 horas pegado a una máquina…¡diez! y en esa misma máquina he metido 175.000 pesetas, antes del euro, no te digo más; y aunque fui al gobierno de Canarias para que me prohibieran entrar en las salas de juegos al final yo mismo, imagina, cogía el DNI de un amigo y entraba con él. Mira, yo dormía tres horas, con una ansiedad terrible, pensando solamente en volver a jugar. Yo no sé si hay gente tan metida como yo pero mi caso es muy duro, mucho…”.

Sala de bingo

Es evidente que en el contexto de la crisis se están agudizando situaciones duras que, desgraciadamente, encaminan a más mujeres a las salas de bingo en un intento desesperado por obtener dinero. No hay datos pero si experiencia de la asociación: Desde luego la prostitución y “vender” caricias a cambio de dinero para seguir jugando es una realidad”. Hace poco una jugadora que recibe atención especializada en Aluesa reconocía que en una ocasión, cuando lo perdió todo, se subió a un taxi y ofreció sus “servicios” al taxista a cambio de dinero para volver al bingo y recuperar lo perdido.

 

“Mira”, dice, “lo peor que le puede pasar a una persona que le gusta el bingo es llegar el primer día y cantar uno, ganar. Eso me pasó a mi que trabajando como un burro voy y me llevo casi 100.000 pesetas (600 euros) y al rato otro golpe de suerte y ¡zás!, 37.000 (unos 223 euros), ¡puaf!, aquello fue la locura. ¿Para qué trabajar en el bar, en mis dulcerías si allí lo tenía fácil…?. Claro, luego están los que te animan y te dicen que eres un tío de suerte y esas cosas pero al final el bingo, el juego, se lo lleva todo y más”.

En la casa de Agustín la situación era insostenible de tal manera que en dos ocasiones su mujer le dijo que no lo quería allí. “Me fui a casa de mis padres unos meses y volvimos de nuevo pero recaí. La segunda vez todo fue distinto y aquí estoy “limpio”, 29 meses ya sin jugar”. La mujer de Agustín con la que hablé apenas unos minutos solo acierta a decir cuando recuerda aquél tiempo un significativo “¡Uf…!”.

¿Por qué y qué ocurrió para que un día Agustín tomara conciencia de que vivía prisionero del juego y que su vida y la de los suyos, tres hijos, se iban por el sumidero?: “Yo te lo cuento. Un día me vi buscando en el bolso de mi mujer su tarjeta de crédito, que, por cierto, llegué a usar aunque luego le reponía el dinero. Eso me partió el corazón. Ella me pregunto si la había usado y mentí porque los jugadores no somos de fiar pero un día me dijo… “a ti te pasa algo” y se lo conté todo. Yo nunca he sido ni de mujeres, ni de bebida y le reconocí que llevaba años metido en el juego, que los negocios se los había llevado el juego”. La respuesta de su mujer fue ponerlo en la calle hasta que no solucionara sus problemas”.

Agustín no se cansa de dar las gracias a Aluesa (Asociación para la Atención a la Ludopatía y a la Exclusión Social; 928 70 36 10/620 96 50 82) porque su equipo de tarapeutas le ha permitido recuperar su vida, su familia, las ganas de vivir. Cuando me dijeron que yo era ludópata dije, ¿y eso qué es?. Ahora ya lo sé…”.

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