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El último sueño de James Gandolfini. Por Eduardo García Rojas

 gandolfini-8mm

I.- ABRE LOS OJOS

“Demasiado joven para morir”, piensa James Gandolfini mientras hace tiempo en la sala de espera, observando de vez en cuando el número que tiene entre las manos y aguantando las ganas de fumar porque en este lugar donde no existen las horas se prohíbe también envenenar los pulmones a su clientela.

Al fondo, dos mesas frente a dos puertas, y un abismo que lleva a la eternidad entre una y otra. “Debe ser eso que llaman la nada, el vacío… la paz. Volver a ser cero.”

“Pero me pongo igual de trascendente que una película de George Lucas” piensa Gandolfini cuando un caballero tropieza con él y exclama: “¡Coñooo, el Tony Soprano!”.

James sonríe como James, intentando relajar los músculos y no partirle la cara de un puñetazo. No es momento ni lugar para montar una escenita.

– Creo que se ha equivocado.- responde gentilmente.

El hombre sacude la cabeza asombrado y pone esa pinta de gilipollas que le recuerda a la de su profesor de Inglés. Luego, éste se queda un rato mirándolo y finalmente se encoge de hombros. Antes de dar dos pasos hacia delante se gira y pregunta:

– ¿Un mafioso, quizá?

Gandolfini enseña los colmillos mientras una mueca más que sonrisa aparece en su boca, así que parece que el gilipollas que pregunta se da por enterado al observar como el actor cierra los puños.

– ¡El 25!- suena por un megáfono.

– Mi número.- grita Gandolfini haciéndose paso entre la gente que espera con paciencia eterna.

II.- PRIMER INTERROGATORIO

– El número, por favor.- pide un ridículo hombrecito vestido de blanco y sentado detrás de una de las mesas. Teclea sobre la nada y lee en voz alta:

– Gandolfini, James. Oficio: actor. ¿Correcto?

Gandolfini asiente.

– Por favor, conteste sí o no.- exige el hombrecito al que se le pone el rostro colorado.

– Va a ser que sí.

– Sí o no, haga el favor.

– Sí.

Ummm.- murmura el hombrecito que parece que repasa su filmografía.

– ¿Ummm?- pregunta Gandolfini.

Ummm.- responde el hombrecito con expresión preocupada.

Silencio, casi parece como si pasase un ángel.

– No se haga el gracioso.- advierte el hombrecito.- Puedo leer lo que piensa y lo que estoy viendo no pinta nada bien. Nada bien. ¿Tú qué opinas, Pitusa?

El hombrecito habla con una señorita sentada en la otra mesa. Demasiado bella para ser real.

Ummm.- dice la señorita.- Este sí que pinta bien, Fotito. Ya me ocupo de él.

– Ya oye a la señorita.- dice el hombrecito señalándola con el dedo.

III.- SEGUNDO INTERROGATORIO

– Gandolfini, James. Oficio: actor.- lee la señorita con una agradable sonrisa.- Oh, protagonista de…

– No me lo diga, Los Sopranos.- contesta Gandolfini con resignación.

– Vaya, es verdad, pero me refería a sus papeles como secundario. En el sitio de donde vengo es usted toda una estrella.

– ¿De verdad?- responde Gandolfini algo más relajado.

– De verdad. Me encanta como hace de hijo de puta en 8mm.

– Su director, Joel Schumacher no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.

Ahhh, no hablemos de ese moralista rosa camuflado. ¿Y qué me dice de ese canalla, el coronel Winter?

– ¿Perdón?

– Sí, en La última fortaleza

– Ahora caigo, ¡qué recuerdos me trae esa película!

– Estaba usted grande. Se comía como un pescado al tontaina de Robert Redford.

James Gandolfini ríe.

– Me sonroja usted.- dice.

– ¿Y de Amor a quemarropa?

– Bueno, apenas estaba por ahí.

– ¿Y Perdita Durango?

– Lástima de que su director resultara tan excesivo. Que no excéntrico.

– ¿Su director?

– Sí, un español… Álex de la Iglesia.

A la señorita le da un calambrazo.

– ¿Se encuentra usted bien?- pregunta Gandolfini visiblemente preocupado.

– Le rogaría que no volviera a repetir ese apellido.

– ¿Igle…?

La señorita le tapa con la mano la boca. Una ráfaga de perfume con aroma a azufre llega hasta su nariz.

– Así está mejor.- dice la señorita arreglándose la chaqueta rojo fuego.

Gandolfini sonríe esta vez como Gandolfini.

Ahhhh, me encanta esa sonrisa.- suspira la señorita.- Estoy segura que nos lo vamos a pasar bien.

“¿Nos lo vamos?”.- piensa divertido James Gandolfini.

– Todo lo que hizo lo hizo bien. Fue un malvado inquietantemente cotidiano. Un secundario que cuando explotaba su lado oscuro apagaba la luz de los protagonistas de la película…- recita la señorita con voz acariciadora.- Tiene usted madera para formar parte de nuestro club.

– ¿Club?

La señorita asiente y le indica con un dedo alargado que termina en una uña pintada a lo rojo pasión un cartelito donde pone Infierno.

Gandolfini sin dejar de sonreír se pasea la mano por la barbilla.

– Sería usted un VIP.

La sonrisa se hace más ancha en los labios del actor.

– VIP de Viperino…

– Va cogiendo la onda.

– Y no me reconocerían por Tony Soprano, el puto amo.- mastica Gandolfini, consciente del recitado atontado que ha soltado.

– Eso, eso, el puto amo.- repite la señorita sin abandonar el tono meloso en la voz.

Gandolfini se rasca el cuello, se pasa una de las manos por la barbilla.

– Sí que es una tentación… Sí que lo es…

– Basta con firmar este papel.- la señorita se inclina sobre la mesa para entregarle una daga delgada y plateada.

El actor se queda mirando la punta afilada de la daga.

– Hay un problema.- dice retrocediendo.- me viene de familia eso de no formar parte de un club en el que admitan a gente como yo.

Silencio.

Es como si pasara un ángel.

Lo de ángel provoca otro calambrazo a la señorita quien, mientras se arregla el pelo y se sienta, se encoge de hombros.

– Una pena. Podríamos haber hecho grandes cosas juntos. Hace 36 años un tipo con bigote pintado nos dijo exactamente lo mismo. ¿Un pariente?

– Un conocido.- dice.

– Acabó ahí.- le indica la señorita mostrándole la piscina que lleva al vacío.

Silencio.

– ¿Me tiro de cabeza o antes me dan de desayunar?- responde Gandolfini.

Saludos, lo que está arriba también está abajo, desde este lado del ordenador.

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