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¡Vétete pa’llá Falconetti! Por Eduardo García Rojas

Escucho en un centro comercial, sonando de fondo, The logical song, un tema de Supertramp que asocio a un verano perdido ya en el tiempo. Siento el sabor amargo de la nostalgia mientras mis pulmones exigen piedad.

Recorro las instalaciones como un muerto viviente, un zombi de esos que salen a colación esta mañana, mientras mantengo una conversación con Jessica Herrera, una escritora de grancanaria que ha editado recientemente una novela de vampiros para jóvenes, me aclara, titulada El pentáculo de sangre.

Mientras camino con errático rumbo recuerdo a bote pronto Hombre rico, hombre pobre, que fue una serie que impactó a la chiquillada de mi generación y que supuso además, el segundo amor platónico de mi vida –el primero fue Dale Arden– la actriz Susan Blakely.

Buceando en la red descubro el impresionante reparto de Hombre rico, hombre pobre.

Sabía que fue el trabajo que sirvió de trampolín para el hoy reconocido Nick Nolte (el hermano pobre) y que enterró para siempre en la televisión la carrera de Peter Strauss (el hermano rico). También a Edward Asner, quien más tarde contribuiría a que esa misma generación de chiquillos pensaran que las bondades del periodismo era posible por Lou Grant; y a Dorothy McGuire, que interpretaba el papel de la sufrida madre de la familia Jordache. Y, cómo no, a Susan Blakely, que si no me equivoco terminaba alcoholizada en la serie y en la novela, escrita por Irwin Shaw, uno de esos narradores que han sido relegados al purgatorio por alcanzar en vida el éxito de ventas pero que tuvo que salir de los Estados Unidos de Norteamérica cuando se produjo la tristemente caza de brujas…

También aparecía en Hombre rico, hombre pobre Ray Milland, Gloria Grahame, una señora a la que no me puedo quitar de la cabeza desde que la vi En un lugar solitario y William Smith. Un actor, Smith, cuya carrera marcó al rojo vivo Hombre rico, hombre pobre al interpretar a Falconetti, uno de esos malos que terminó por devorar su restante trayectoria artística y que cuando intentaba hacer de bueno obligaba a que no te lo creyeras.

Fue tanto el éxito de Falconetti, que en aquellos años de instituto cuando insultabas a alguien lo llamabas simplemente Falconetti.

Vétete pa’llá Falconetti.- decías.

Y el aludido bajaba la cabeza.

Al margen de Hombre rico, hombre pobre, alguien me llama esta tarde para decirme que en la capital grancanaria y en un acto de homenaje a Benito Pérez Galdós saltan algunas chispas.

Chispas que no prende en polémica, pero que mucho me temo que al autor de Los episodios nacionales le haría saltar las lágrimas. Y no de pena, precisamente.

¡Viva el espíritu de Gabriel Araceli!

Y con ese mismo espíritu pretendo participar en un coloquio en el que interviene el dibujante y guionista Alfonso Zapico y Juan Antonio Martín Muñoz, este último junto a Jonay Martín Perdigón, autor de Imidawen, un cómic que me sorprende por su voluntad de reconstruir la última etapa de la conquista de Tenerife. Han sacado dos álbumes, y pronto, si hay suerte, el tercero que concluirá su trilogía sobre la resistencia de los aborígenes de Tenerife.

En la charla, que modera Elena y Carlos, se habla de colorines/chistes/tebeos y se cita, entre otros, a Will Eisner, que es algo así como uno de los gigantes de un arte que dicen ocupa el número nueve de la lista.

Como el debate tiene lugar en La Laguna, aprovecho cuando finaliza para dar una vuelta por la Feria del Libro, donde veo rostros conocidos. Pregunto en un puesto si tienen el Necronomicón pero me responden que está agotado.

Abdul Alhazred estaría contento, Lovecraft mucho más porque parece que ese libro prohibido finalmente existe y no se encuentra en los sótanos del Vaticano.

Esta mañana, mientras hablaba con Jessica Herrera, la autora de El pentáculo de sangre, le pregunté qué opinaba de esa moda que consiste en reinterpretar clásicos de la literatura como Orgullo y prejuicio y El lazarillo de Tormes en clave terrorífica.

Vino a responderme algo así como vade retro Satanás.

Yo no lo tengo tan claro, pienso que a veces es sano quitarle el barniz sagrado a las cosas.

Me pregunto en este sentido que tal quedaría una Mararía poblada de vampiros y licántropos… O Unos puercos de Circe con zombis.

Pero  relájense porque no sucederá. Al menos de momento. Aunque quizá una Fortuna y Jacinta en este plan…

Cuando bajo en el tranvía rumbo a Santa Cruz de Tenerife siento que la máquina tiembla, que vibra de un extremo a otro de los vagones, como si quisiera salirse de las vías y dirigirse a toda velocidad, mientras destroza el pavimento, en el mar.

Pero vivo en una capital de provincias que vive de espaldas al mar. Así que probablemente la maquinaria, y conmigo dentro, acabaría deteniéndose en el laguito de risa de la Plaza de España.

Un amigo me comenta el jueves, cuando me lo tropiezo por casualidad en la calle del Castillo, que a él le encantaría si le ofrecieran la posibilidad de viajar en el tiempo, detenerse en el Santa Cruz de Tenerife de finales de los años sesenta.

Suelto la broma, con mirada seria aunque timbre en la voz socarrón, que apenas se daría cuenta que había retrocedido en el tiempo.

– ¿Por qué?-pregunta el amigo.

– Porque esta ciudad desordenada continúa aún anclada en esos años.

Mi amigo me observa detenidamente. Se pasa la mano por la barbilla y sonríe.

– ¿Qué?- escupo.

– ¿Qué? Vétete pa’llá Falconetti.

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