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Del bañador blanco de Esther Williams a la risa del papanata seductor creador por Tom Sharpe. Por Eduardo García Rojas

Sirena, sirena, sirena… es la palabra que más se repite en las notas necrológicas que lamentan la muerte de Esther Williams. Una mujer, una actriz, que sin apenas registros interpretativos se hizo un hueco en el cine de Hollywood por ser toda una experta nadadora, como el legendario Johnny Weissmuller, el mejor Tarzán de los monos que somos todos.

Muere también Tom Sharpe, a quien no he tenido el gusto de leer, pero que gente a la que respeto y por lo tanto aprecio no se cansan de recomendármelo para que me ría con sus historias. Ya conté en otra ocasión que a mi me gusta mucho la literatura de humor, género que en España cuenta con indiscutibles maestros. Es probable, tras el anuncio de su fallecimiento, que me encuentre con Sharpe si este domingo descubro algunas de sus novelas en el Rastro.

Por mucho que me empeño no recuerdo ninguna película de Esther Williams que me partiera el alma aunque su ausencia recupera imágenes de la señora en bañador. No hace mucho, de hecho, sí que vi uno de esos musicales que protagonizó junto a un por aquel entonces principiante Frank Sinatra y me fascinó el cuerpo de la Williams enfundado en ese bañador estrecho, de color blanco purísimo, que hacía todo lo necesario por borrar las bondades de sus curvas. No se quería entonces que resultaran peligrosas. El cine de la Williams fue igual de blanco que sus gloriosos bañadores de una pieza: blancos.

Léete las de Wilt insiste un amigo empeñado en que me meta en el universo literario de este profesor que se hizo escritor. No se lo digo, pero una de las razones que me alejaron de sus historias fue la lamentable adaptación cinematográfica de, precisamente, el primer título de lo que más tarde se convertiría en serie. Reitero que tengo la esperanza de encontrar en el Rastro algunas de sus novelas. La razón dice que los prejuicios no llevan a ningún lado, también que no es lo mismo leer literatura de humor que ver una película basada en una novela de humor. No suele funcionar la fórmula.

Veo ayer, cuando cae la noche, El día de los tramposos, una comedia negra, de vitriólica crueldad. Cínica y terrible. Al margen del duelo interpretativo Henry FondaKirk Douglas, no sé explicarme porque su título en castellano se me antoja tan realista en los días que vivimos.

Esto, escrito con urgencia, quiere ser un humilde homenaje.

A Williams y a Sharpe.

El resto, como el filme de Joseph L. Mankiewicz, es una trampa.

Saludos, volveremos más tarde, desde este lado del ordenador.

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