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Chuka, una película de Gordon Douglas. Por Eduardo García Rojas

No es un cineasta reivindicado entre los aficionados quizás porque su trabajo tanteó –siempre con oficio– toda clase de género. Un profesional que no se arrugó ante los guiones que se le presentaban y si bien, es un juicio muy particular, destaca por sus western y la trilogía sobre el detective Tony Rome que interpretó en pantalla Frank Sinatra, sí que me parece una injusticia que su nombre no ocupe al menos un puesto destacado en esa larga lista donde algunos colocamos a los hombres y mujeres que han hecho posible lo imposible explotando los recursos de su imaginación.

Gordon Douglas lo siento como uno de los míos.

Por bicho raro, por secundario resignado, por ser uno de esos artesanos que lo mismo rodaba una comedia con Jerry Lewis que una película con hormigas gigantes que te dejaba sin respiración…

Douglas contribuyó además a consolidar el talento interpretativo de ese astro de la canción que fue y es Sinatra, pero también dos western que son rara avis, películas que trascienden las fronteras del género. Dos pequeñas producciones de aparente relleno que todavía resplandecen por extrañas y traumáticas: Río Conchos y Chuka.

No se tratan de títulos menores en el cine de vaqueros e indios. Es más, vistas hoy, han sabido rejuvenecer por su insólita preocupación por definir el carácter de sus broncos personajes y por mantener un diálogo sincero y grueso, sin quieren, sobre el fanatismo, espita que abre la caja de los odios extremos. Historias muy arriesgadas y que cuentan con una narrativa de libro que no deja de resultar idónea para reflejar relaciones encontradas, miserias y represiones en estado de ebullición, y un discurso en torno a la masculinidad realmente desconcertante.

Otro día hablaré de Río Conchos, probablemente su western más reivindicado, porque hoy quiero hacerlo de Chuka, filme que veo una noche en la que reclamo cine de evasión con muchos quilates y película que vuelve a capturarme porque más que una del oeste es un relato de terror psicológico en el que los arapahoes, la tribu en armas que asedia un fuerte perdido en la inmensidad del desierto, resulta una excusa porque aquí lo que importa es retratar a un grupo de hombres y dos mujeres traumatizados y contradictorios.

En este aspecto, la historia de Chuka recuerda una de las novelas más fascinantes del escritor y periodista italiano Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, no ya por reunir a un grupo de personajes en un entorno lejano, casi perdido, sino también al ir revelando poco a poco el  carácter de sus protagonistas que pasean con los ojos vendados por la delgada línea roja que separa la cordura de la locura.

Y todo ello sin resultar pretencioso, y eso tratándose de un western psicológico que la mirada de Douglas refleja con la aplastante sencillez de un maestro.

Contribuye a ello una galería de personajes que han dejado de creer en el futuro, perdidos en su propio mundo mientras esperan resignadamente la hora de su muerte. Ahí está el coronel (John Mills), un hombre que esconde un pasado oscuro y que olvida su flaqueza empapándose de alcohol. Una mujer de turbadora y gélida belleza (Luciana Paluzzi) pero inalcanzable para el personaje que da título al largometraje, Chuka (Rod Taylor) y unos secundarios torturados en su propio abismo personal.

Se trata Chuka de un western cerrado, que apenas explota los grandes espacios abiertos al ser rodado prácticamente en estudio, lo que acrecienta si cabe esa lucha territorial que emprenden todos sus protagonistas mientras van sacando a relucir sus fantasmas, o los cadáveres que guardan en el armario.

Es un filme con muchas dobleces, y una acertada reflexión sobre el abuso de poder.

Abuso de poder el que ejerce con crueldad despiadada el coronel, expulsado por cobardía del ejército británico, sobre los hombrs que están a su mando. Abuso de poder el de su segundo al mando (Louis Hayward), quien mantiene por la fuerza relaciones con jóvenes indias que le procuran algunos de sus soldados; y abuso de poder el de estos mismos soldados hacia su corrupto superior.

En medio de esta tormenta, y bajo la presión de un ataque de los indios que no viene aunque se cobra algunas víctimas en forma de guerrilla, lo que dispara más la sensación de debilidad del destacamento, aparece un pistolero de nombre Chuka que encuentra en este rincón del mundo al amor de su vida.

Apenas se nos cuenta nada de esta relación, salvo que estuvo condenada al fracaso por la diferencia social, abismo que los separó cuando se conocieron en territorio civilizado.

No deja de asombrarme, mientras veo Chuka, de lo que era capaz el cine norteamericano en unos años, finales de los sesenta, en lo que ya planeaba sobre el género su presunta sentencia de muerte. Es un filme con cierto aroma europeo, ahí su reparto, y en cierta manera antecedente de lo que más tarde degeneró en lo que se conocería como espagueti western, que termina por cautivar, y al que incluso se le perdonan sus notables defectos porque continúa emocionando y conmoviendo.

Y si bien no respira el aplastante nihilismo de Río Conchos, sí que cuenta con momentos inolvidables, no exentos de ironía, como la brutal pelea entre el sargento mayor (Ernest Borgnine) y Chuka, así como el combate final, que se resuelve de manera trágica.  Y las inevitables escenas románticas, que más que de amor, resultan explosivamente sexuales.

 Elementos todos ellos que dotan de sustancia un título que no debería de pasar desapercibido, y que desde esta humilde bitácora escobillonera recomendamos a los que caminan con los ojos abiertos como a los que lo tienen cerrados, siempre con el ánimo de que aprendan a abrirlos.

Saludos, ¡viva el cine de barrio!, desde este lado del ordenador.