FIRMAS Marisol Ayala

Caso kárate: “Pasó en mi barrio”. Por Marisol Ayala

“¿Y por qué no…? ¿Por qué no contamos lo que tan cerca de nuestras vidas ha ocurrido durante casi 35 años?”, nos preguntamos los autores del libro “La Secta del Kárate”, los periodistas Miguel y Marisol Ayala cuando, de forma casual la historia se nos sirvió en bandeja porque buena parte de los hechos sucedieron en un gimnasio situado a escasos metros de nuestra casa familiar. Ocurre que los barrios guardan todavía la complicidad de las miradas, de esos vecinos que hablan sin abrir la boca.

Por eso, cuando a principios de febrero del 2010 la policía detuvo al karateka Fernando Torres Baena, su pareja y monitora María José González Peña a Ivonne González y Juan Luis Benítez -el único de los tres que no fue condenado-, acusados actualmente de haber abusado durante años de menores que captaban en su centro deportivo, personalmente no teníamos ni idea de quienes eran y, mucho menos, donde estaba ubicado el gimnasio en el que se llevaban a cabo las atrocidades que cada día con más fricción contaba los medios de comunicación.

Marisol Ayala y Miguel F. Ayala, autores del libro "La Secta del Kárate"

Marisol Ayala y Miguel F. Ayala, autores del libro “La Secta del Kárate”

 

Mi barrio, Arenales, es un barrio en el que nos conocemos todos. Nos saludamos en la esquina, hablamos de los hijos y de las novedades de la vecindad: “¿Sabes quién es el entrenador detenido…?”, recuerdo que me dijo un vecino aquellos días. “Ni idea…”, respondí. Y el detenido, el líder de lo que finalmente se descubriría como una secta, el hoy ya condenado a 302 años de cárcel, era aquel hombre que casi a diario aparcaba el coche en la cercanía de casa, en la calle Juan Carló o en Santa Juana de Arco. El mismo que con aspecto deportivo, siempre de traje y chaqueta, mayoritariamente de lino marrón, bajaba maleducado la cabeza cuando se cruzaba con algún vecino que le saludaba.

Ya se imaginan los comentarios de la vecindad: “No hablen alto, que la que baja con un cochito es una alumna…”, me recomendaron en una ocasión. Había miedo; todavía el caso judicialmente estaba en pañales pero los vecinos ya estaban (estábamos) noqueados: “Muchas chicas y chicos del barrio los han tenido como profesores de kárate durante muchos años, muchos…”. Una vecina con espíritu periodístico tocó una noche en casa: “Baja…”. Bajé. “Mira, mira… ¿ves esa ventana de ahí?”, señalaba al gimnasio. “Ese es el piso donde tenía el despacho del que hablan en los periódicos. El altillo. Ahí es donde ese tipo llevaba a las alumnos”. Nadie puede imaginarse lo que supone un caso de esta magnitud en un barrio modesto y no demasiado grande.

La curiosidad la fue alimentando la prensa, especialmente porque a la noticia bárbara de abusos a menores publicada un día la superaba al día siguiente otro dato que erizaba los pelos: “A este fulano”, contaba el dueño de un taller a quien Torres Baena trataba con la prepotencia de quien se cree Dios, “un día casi le meto mano al payaso ese”. Dejó su todoterreno para repararlo y como el taller se retrasó unas horas en entregárselo “se puso chulo y me dijo que lo necesitaba para llevar a sus alumnos a Playa Vargas… No me joda con Vargas…”. El hombre cada vez que recuerda aquel episodio se encabrona porque “ya sabemos que pasaba en jodido chalé. Menudo bandido”.

En ese contexto de perplejidad, al levantarse el secreto de sumario, que dejó en carne viva las mil barbaridades cometidas por Torres Baena y sus cómplices, Ivonne y María José así como su primera esposa, la curiosidad periodística era máxima. Poco a poco el chalet de Playa Vargas (en el sureste grancanario) se convirtió en el eje central del caso de pederastia más importante de España y uno de los que más víctimas ha originado en Europa. Había que ir. Una tarde decidimos acercarnos a sus calles, ver la casa y tratar de hablar con vecinos. Una buena amiga, danesa por más señas, se hizo pasar por quien buscaba una casita en la zona para pasar unos meses. La excusa nos sirvió para que alguien hablara si bien nosotras teníamos los ojos puestos en el chalet que habitaba Torres Baena, piedra angular del caso kárate: “¿ese es el chalet donde dicen que…?”. Preguntamos con naturalidad: “Si…ese pero nosotros nunca vimos nada, nunca. Eran muy amables, él y su mujer [María José]. Los vecinos estamos asombrados”. Sin embargo, en la televisión alguna ciudadana de la urbanización El Edén ya había dicho antes de que el caso alcanzara las dimensiones que acabó alcanzando que ella “veía como los niños que se quedaban en la casa salían de noche desnudos a tirar la basura”. Acudir al chalet de Vargas nos sirvió para sospechar que los vecinos vieron y callaron; no hay más que asomarse un muro del chalet, apenas metro y medio de alto, para divisar las dos casas, la que ocupada la pareja Torres Baena y su esposa, María José y en la que se quedaban los menores abusados.

La historia nos pareció tan impresionante, tan dura, tan impactante y tan cercana que en la cabeza comenzamos a oír un run run, ese que se nos pone a los periodistas cuando “olfateamos” que detrás de un caso hay algo más. De manera que a los pocos días cuando Miguel F. Ayala propone escribir un libro sobre el suceso dije “si”.

Había que hacerlos por mil cosas pero especialmente porque la sociedad debía saber de qué manera una persona de conducta aparentemente intachable es capaz de vivir en la clandestinidad de sus debilidades y abusar de menores a su cargo años durante más de 30 años. Sin embargo, nosotros no descubriríamos hasta meses más tarde el alcance de los hechos que pretendíamos relatar.

Ha sido un año de investigación complicado, a veces desalentador y duro siempre. De manera que el libro que ahora presentamos – el 31 de mayo a las 20:00 horas en el Cicca (Alameda de Colón)- y que estará a la venta el 3 de junio es el resultado final de mucho esfuerzo y responsabilidad. Hablamos de menores, de víctimas jóvenes.

Debo y quiero comentar que ambos hemos vivido un año, prácticamente noche y día, con el “caso Kárate” en la cabeza y eso nos aisló de personas que sabíamos que estaban ahí pero que se los fue tragando el olvido porque el suceso, lo reconozco, nos superó. A cada uno de una manera, pero a ambos nos dejó ‘tocados’, impactados.

Hace un mes y pico, cuando ya el libro estaba en las correcciones últimas, sonó el móvil. Era el abogado José María Palomino, defensor de las víctimas: Nos citamos y  ese día en su despacho hablamos largo y tendido del caso. Estaba preocupado. Le dije que sus víctimas, sus defendidos, son nuestros defendidos. Que le transmitiera a sus representados que en el libro no desvelaremos un solo nombre.

Una vieja y sólida amistad sirvió para compartir nuestros miedos:

-”Las víctimas y familias me han pedido que hable con ustedes. Están asustados con el libro…”.

-”Que no lo estén José María. Estamos de su lado y serán siempre respetados y protegidos”.

El libro La Secta del Kárate consiste en eso; un trabajo de investigación que no solo describe cronológicamente lo sucedido sino que incluye textos de expertos en sectas y psiquiatras que ofrecen el retrato devastador del campeón Fernando Torres Baena, sus métodos de entrenamiento y el de su entorno, y advierte asimismo sobre la importancia de estar alerta frente a quienes se erigen en padres de niños que solo son alumnos. Nadie inscribe a un menor en un gimnasio para que se convierta en amante del profesor y que éste le acabe regalando a una niña de 9 años una alianza de prometida… Baena creía que sí.

Un año de intenso trabajo

Alrededor de un año hemos empleado en escribir el libro “La secta del kárate”. Desde que ambos decidimos que la importancia de la historia merecía ver la luz y tener el tratamiento de libro dedicamos unos tres meses a recabar datos, realizar entrevistas, obtener documentación, acudir a las sesiones el juicio,  asesoramiento, conocimiento de la investigación, lectura y escucha. Mucha lectura y mucha escucha sobre las atrocidades de Torres Baena y sus acólitos. Casi tres meses más fueron dedicados a la escritura, otros dos a buscar editor y marzo y abril transcurren  trabajando con la Editorial Mercurio en la corrección del libro, elegir portada y debatir mil veces sobre la conveniencia de esto o aquello.  Así se elaboró el libro que constituye un reflejo lo más aproximado posible a la mayor trama de pederastia acaecida en España, y que tuvo como escenario Gran Canaria. La isla de Lanzarote se convirtió durante buena parte de la elaboración de este trabajo en escenario principal, porque durante un mes y pico nos encerramos en casa entregados a ordenar, cotejar y redactar los datos de los que ya disponíamos. Que nadie dude de que en el proceso de creación, la relación familiar de los autores nos blindó de discrepancias sobre la forma de abordar determinados capítulos. Hubo discusiones que se unieron a que Lanzarote nos recibió con una ola de calor, lo cual obligó a trasladar a las terrazas las mesas de trabajo, que se llenaban de tierra por el siroco. Lo bueno: que durante ese periodo tuvimos un cuidador de lujo, Adai Ayala,  hijo y hermano, y testigo de cómo fue tomando vida y forma el libro ‘La Secta del Karate’.

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