FIRMAS Salvador García

Jungla urbana. Por Salvador García Llanos

Policías locales y operarios de los servicios municipales efectuaban en la mañana del viernes en los alrededores de la plaza del Charco y calles adyacentes trabajos preliminares de señalización, preliminares, queremos pensar, de una tan necesaria como indispensable regulación de la ocupación de la vía pública. Tales trabajos, a su vez, deben derivar de los criterios plasmados en una ordenanza cuyos contenidos se ajustarán, un suponer, no sólo a razonamientos técnicos sino a la propia realidad física y territorial-urbana en la que será de aplicación.

Habíamos aparcado este asunto hace meses, pese a la demanda continuada de ciudadanos para los que este asunto se resume en ‘por el Puerto ya no se  puede ni circular’ o ‘para qué hacen peatonales si luego no puedes transitarlas’, pues parecía convertido en uno de esos problemas que se eternizan sin solución y se agravan, porque crecen, y porque aumenta la sombra de impunidad, de manera que, sin arrojar la toalla, quedó ahí, a la espera de que alguna iniciativa reflejara una voluntad clara de poner punto final a una situación cada día más complicada. Todo da a entender que ha alcanzado el grado de insostenible.
De ahí que si están en marcha las medidas correctoras, aguardemos con interés los resultados. Son dos hechos a tener en cuenta: el desplazamiento del ocio y del ramo restauración hacia el centro de la ciudad y la preservación de pasear y disfrutar en áreas cómodas y seguras, como un atractivo intrínseco de los encantos de la ciudad. Tristemente, sobre ellos ha pesado el aprovechamiento, la explotación del suelo exterior más próximo al establecimiento, de modo que, en algunos casos, se ha llegado a consumar la disponibilidad de dos locales: el propiamente dicho y el externo.
Por si algún lector desconoce la posición fijada en anteriores entregas sobre el particular, la reiteramos: nada se tiene en contra de la ambientación adecuada de vías peatonales y de espacios públicos. Eso dinamiza y, salvo algunos problemas de seguridad, proporciona estampas de vitalidad y animación callejera que siempre son de agradecer.
Pero tales consideraciones no equivalen a Jauja. No se puede dejar hacer y dejar pasar para que cada quien haga lo que le venga en gana. Porque luego, cuando se quiera acometer las soluciones, más difícil será. De hecho, es lo que probablemente ocurrirá cuando hay que afrontar algunos casos en los que la desmesura es apreciable. Ha sido sacar más, poner más, coger más… y como nadie dice nada y no pasa nada, pues a ver ahora, cuando llegue la cinta métrica, se mida el ancho de la vía y se tenga en cuenta algo elemental como es la línea de fachada.
De modo que veremos si la aplicación y el seguimiento correspondiente de la ordenanza vienen a esclarecer esa especie de jungla urbana que caracteriza algunas zonas de la ciudad. No es poner trabas: es necesidad de regular. Una cosa es conceder facilidades o impulsar opciones de negocio y otra muy distinta suscitar la anarquía donde tiene que haber unos mínimos de orden y concierto.
Veremos hasta donde la ordenanza es lo suficientemente generosa para homologarla a las aspiraciones o capacidades de comerciantes y emprendedores que deben pensar también en el interés general. Y en este sentido, habrá que comprobar si se contribuye a crear empleo, aunque sea precario; y si el capítulo de ingresos municipales se incrementa en los márgenes deseables.
Lo que interesa, desde luego, es acabar con la anarquía y la desproporción en la ocupación de la vía pública, convertida en eso, en jungla urbana. En varias zonas, tan intrincada con mesas, sillas, pizarras, postaleros y colgaderas que a duras penas se puede circular y hasta acceder.

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