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Graceland, una novela de Chris Abani. Por Eduardo García Rojas

Cuando empezó la película, Elvis leyó el título entre dientes, El bueno, el feo y el malo. Sonrió, esa era buena., plagada de acción, aunque el comienzo era lento, con los dos hombres esperando largo tiempo, uno de ellos mirando el reloj de vez en cuando, antes de dispararse entre ellos. No parecía una forma muy efectiva de matar a alguien. En cuanto la última nota del reloj murió, el proyeccionista empezó:

– El Actor está disparando a John Wayne, Wayne ha esquivado. ¡Oh, no!, el Actor ha caído. El caballo del actor ha caído. ¡Oh, no! El John Wayne en acción. El John Wayne es un poderoso hombre medicina. Las balas no pueden matarlo.”

(Elvis, Chris Abani, Baile del Sol Ediciones)

El escritor Chris Abani es natural de Nigeria y a raíz de la publicación de su primera novela tuvo que exiliarse a los Estados Unidos de Norteamérica donde ha continuado una carrera literaria que lo coloca en la primera fila de lo que podríamos llamar una  narrativa africana urbana que en Graceland, novela que edita en España Baile del Sol Ediciones, se desarrolla en un barrio del extrarradio de la caótica y cacofónica Lagos.

Graceland es una novela escrita desde las tripas. Y por lo tanto, un libro que desconcierta y desasosiega. Así, su lectura no resultará fácil no por la complejidad de su lenguaje, ni siquiera de su trama, sino por lo que cuenta con descarnada sinceridad.

El protagonista de la historia es un hijo del arroyo que tras la muerte de su madre, y posteriormente de su abuela, perderá cualquier lazo con la aplastante y sobre todas las cosas miserable realidad que le rodea.

Elvis, que así se llama el héroe/antihéroe, es pues el objeto de una historia que apuesta por la ironía si nos quedáramos solo con el título, Graceland, pero que va más allá al tratarse de un crudo relato sobre la huida que emprende su protagonista mientras aprende a hacerse adulto en condiciones terriblemente hostiles y en una sociedad marcadamente masculina que ha perdido cualquier noción con sus raíces originales y degenerar en una esquizofrenia violenta que solo valora a las personas por la cantidad de dinero que lleve en el bolsillo.

Chris Abani es un formidable contador de historias, y Graceland es una formidable historia escrita en varios tiempos, 1983 y los años setenta, en la que narra el laborioso proceso de crecimiento de Elvis, un personaje ambiguo, rico en matices y demasiado humano y por lo tanto creíble, que intenta escapar de su mundo refugiándose en sesiones de cine y escuchando discos, sobre todo de Elvis Presley, a todo volumen en el viejo tocadiscos que hay en casa de su padre.

La novela relata además las difíciles relaciones que mantiene con su progenitor, un hombre que no ha vuelto a ser el mismo tras la muerte de su esposa, aunque al final del libro podamos entender que el autor lo redime, aunque esa redención suene inútil, casi como un suicido obstinado; su amistad con El rey de los mendigos, un pordiosero de las calles de Lagos al que un dramático suceso del pasado ha convertido en los que es, un paria; y Redemption, su mejor amigo. Un buscavidas cínico, entre otros fascinantes personajes de una novela que, pese a su extensión, más de 350 páginas, está construida como si de una fábula se tratara. Algo así como la Alicia de Lewis Carroll, pero una Alicia, Elvis en nuestro caso, que viaja no al país de las maravillas sino de las desgracias.

Graceland es un relato escrito con vigoroso pulso narrativo, y está estructurado como un árbol en torno al cual crecen numerosas ramas, algunas de las cuales terminan por mezclarse.

El retrato que ofrece Abani de Nigeria resulta, por otro lado, demoledor. Aunque le pesa el pasado de un país inventado por los europeos con tiralíneas ya que podría levantar la cabeza, casi parece decir, si recordase las fabulosas tradiciones que guarda en una memoria que ha sido truncada por un sistema podrido y corrupto.

El escritor intercala en cada pasaje de esta fascinante novela recetas de platos tradicionales y descripciones de plantas originales, y describe con una hermosa metáfora el cordón umbilical que aún mantiene Elvis con su madre fallecida a través del diario personal que le dejó como única herencia. Páginas de las que solo lee, precisamente, sus recetas gastronómicas.

Abani es un escritor con mucho nervio, y un hábil contador de historias. También uno de esos autores necesarios para tomar conciencia y sobre todas las cosas, un creador poderoso al que no le tiembla el pulso a la hora de mostrar hasta donde ha degenerado la existencia del hombre en su país.

Con todo, reitero que estamos ante una novela difícil. Difícil por lo que significa, difícil por el horror que revela sin máscaras. Aunque en algunos momentos contiene dentro de sus páginas un lirismo semejante al que los neorrealistas explotaron en la Italia de postguerra, sin renunciar en ningún momento a la denuncia contra la pobreza material y espiritual, ese monstruo con dos cabezas que condena a sus hijos, uno de ellos Elvis, a escapar de un territorio en el que como ya mencionamos antes, no eres nada si no tienes dinero en el bolsillo.

Son demasiadas las sensaciones que se agolpan en mi cabeza mientras escribo estas líneas pero es que hacía tiempo que no sentía ese puñetazo en el estómago que, en ocasiones, me ofrecen algunas lecturas.

Lecturas que entiendo reveladores y que me hacen ver mi propia realidad con unos ojos afortunadamente menos siniestros, aunque sospechosamente inquietantes ante lo que podríamos vernos inmersos en esta obsesa pero también eunuca Europa en la que vivimos.

Sería interesante que la labor que ha emprendido Baile del Sol Ediciones continuara en esa línea que no tiembla cuando su apuesta es arriesgada, y que tradujera nuevos títulos de Abani o de otro de los grandes escritores africanos actuales como es Sami Tchack, ya que a través de sus libros se da una visión del continente negro opuesta a la que se queda solo en la postal turística.

Y es que Abani muestra África desde dentro. Desde sus tripas sin dejar de resultar conmovedor y tierno pese al caos que describe y a la apremiante denuncia –y aquí coincide con Tchak, aunque sea un escritor togolés y escriba en lengua diferente y, curiosamente, colonizadoras como son el inglés y el francés– de que están perdiendo sus lazos con el pasado.

La rica y compleja memoria como pueblos frente a un progreso, made in occidente, que solo conlleva a la más salvaje y descarnada explotación.

Saludos, no se la pierdan, desde este lado del ordenador.

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