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La gran evasión, cincuenta años después. Por Eduardo García Rojas

No sé cuantas veces la he visto.

Y no sé cuantas veces la veré antes de que me vaya de este mundo.

Aunque la última, ya ven, fue la noche de un sábado en el que mientras tanto se colaba por la ventana los gritos, chillidos de la marabunta.

Claro que valía la pena volver a verla. Será que nunca me canso de verla.

Tanto, que son muchos los días que me levanto tarareando el tema principal de su banda sonora (Elmer Berstein, of course).

Tanto, que son muchos los días en los que me veo tirando una pelota de béisbol contra la pared. Encerrado entre las cuatro paredes de la cueva.

Debajo de mi ventana, mientras tanto, dos chiquillas disfrazadas de policías orinan entre dos automóviles aparcados en la acera. Más allá, tres tíos vestidos de ganso hacen lo mismo cara a la pared.

Por el asfalto de la calle corren cuesta abajo ríos de orina que se mezclan unos con otros en caprichosos afluentes. Por la Rambla de Pulido continúa pasando gente metidos en una película de la que me siento ajeno.

Así que prefiero disfrutar una vez más de esa película que me viene acompañando desde que tengo uso de razón.

Una película que nunca he visto en pantalla grande sino por televisión y una película, además, que hasta que me hice con una copia en deuvedé tampoco había escuchado en versión original.

Celebra este año medio siglo, o cincuenta años sin que apenas se le note la arruga del tiempo.

Respira y respiro con ello aire fresco, tanto, que siempre hace que me abstraiga de la realidad en la que me encuentro.

La noche de ayer, por ejemplo, me hizo olvidar el rugido de la marabunta y el cuadro entrañable que siempre deja como rastro debajo de mi casa.

Se tituló en España La gran evasión y la dirigió uno de esos cineastas a los que denominan como artesano. Lo de artesano lo tecleo con la piel de gallina porque siempre he pensando que cuando se define así el trabajo de cualquiera parece que se quiere decir: es un tío que lo hace bien pero no suele dejar huella

Y John Sturges sí es de los que me dejó huella.

Amo Duelo de titanes y El último tren a Gun Hill. Detesto Los siete magníficos, y me hizo apreciarlo un poco más cuando estrenó Ha llegado el águila, su último trabajo. Lo que esos mismos a los que me refería llaman como testamento cinematográfico.

Pero si me quedo con una película de su filmografía, irregular pero con disparos de nieve y una luz cegadora que aún me conmueve, es La gran evasión, una película gigantesca no ya por su historia, ni siquiera por el impresionante y plagado reparto de estrellas que la salpica; tampoco por esa banda sonora que, a mi juicio, es una de las mejores de la Historia del cine.

No, no… si algo me sigue abduciendo de La gran evasión es porque todo en ella es perfecto como vehículo de entretenimiento.

Una obra redonda en la que todo funciona.

Y tanto, que aún funciona.

Es un canto al individualismo y a la obstinación. A intentarlo sin pensar en el fracaso. También la historia de un puñado de hombres en guerra que todavía combate al enemigo con la única arma que tienen: fugarse.

Está escrita por el escritor especializado en novelas río James Clavell y por uno de los grandes de la novela negra, William R. Burnett, quien afirmaba en el primer volumen de Backstory. Conversaciones con guionistas de la edad de oro (coordinado por Pat McGuilligan, editorial Plot, 1993): “Cuando comenzamos a trabajar en La gran evasión no aparecía ningún americano en ella. Le dije a John: “Estamos haciendo esto para el público americano, así que tiene que haber americanos.” Los personajes de Jim Garner y Steve McQueen son míos. Todo eso del béisbol, el tipo sentado en la celda, todo eso es mío. Nunca hubiera sido lo mismo sin aquellos dos personajes, si todos hubieran sido ingleses.”

Ehhhh

…. Grande, grande Burnett.

Ese clásico de la literatura norteamericana.

En La gran evasión los dos americanos celebran en el campo el Día de la Independencia rodeados de funcionariales y estirados británicos, algún polaco (grande Charles Bronson) y alemanes armados hasta los dientes.

Día de la Independencia.

Un 4 de julio.

Aunque en el filme la fiesta consiste en joder a los alemanes. Y de refilón en que los ingleses se den cuenta de quienes son sus rebeldes hermanos de la ex colonia.

El objetivo común es fugarse como una estampida de ese campo de concentración para pilotos derribados que gobierna al principio con guante de seda un oficial de la Luftwaffe.

Son tantas las escenas, que todavía me emociono y veo como si fuera la primera y afortunada primera vez.

Las imágenes se acumulan e intentan hacerse paso dentro de mi cabeza.

Así que recuerdo cómo hacen desaparecer la arena de los túneles que están construyendo.

Y cuando los yanquis fabrican licor con las cáscaras de papas, nunca patatas.

Y cuando descubrimos que el personaje que interpreta Bronson, “el rey de los túneles”, sufre claustrofobia, y de cómo se convierte en lazarillo de ese actor con cara inquietantemente de niño que tuvo el gran Donald Pleasence

¿Y cuándo caen en su propia trampa los personajes que encarnan Richard Attemborugh, en el filme el cerebro de la operación, y su segundo, Gordon Jackson?

Y ese momento en el que los golfos y privilegiados presos del campo se encuentran con un batallón de soldados rusos vigilados brutalmente por los alemanes.

Y, cómo no, la escena en la que McQueen a horcajadas de una motocicleta intenta llegar a Suiza perseguido por el enemigo…

Veo otra vez La gran evasión.

Y es como la primera vez aunque me la sepa casi de memoria.

¿Es la obra de un artesano?

Me encojo de hombros porque para mi es, sencillamente, perfecta.

Tanto, que se pasan las horas, el puto tiempo, y dejo de escuchar el rugido de la marabunta.

Me salen granos solo con escribirlo… pero lo escribo.

Una obra maestra.

Saludos, un domingo de carnaval, desde este lado del ordenador.

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