FIRMAS

Cuestión de imagen. Por Irma Cervino

No quedaba ni un solo rincón de la casa donde no hubiera rosas. Todo, incluso su alegría, olía al rojo intenso de aquellas flores que había comprado para adornar una ocasión tan especial. Virginia había madrugado tanto que la espera se le estaba haciendo una eternidad y sentía como si llevara días, en lugar de horas, aguardando el reencuentro con sus abuelos. Mauro había salido temprano a buscarlos y estaba a punto de llegar. Se asomó a la ventana pero el hueco del citroën seguía en el garaje. Cuántas ganas tenía de volver a verlos. No aguantaba más.

Volvió a revisar cada una de las rosas repartidas por el salón, las habitaciones y el baño y tuvo la sensación de que le devolvían la sonrisa. Entonces, recordó la frase de Juan Ramón Jiménez que tanto le gustaba repetir a su abuela: “He mirado a las rosas y me he acordado de ti” y, por primera vez, entendió por qué lo decía. Aquella mujer de mirada serena estaba en el color, en el aroma y hasta en las espinas de cada una de ellas.

Un golpe seco le hizo regresar a la realidad. Fue la puerta de la entrada al cerrarse. Mauro acababa de llegar y corrió a recibirle.

– ¿Los has traído? –preguntó asfixiada por la carrera.
– Sí, ya hemos llegado –le dijo, dejando un paquete enorme sobre la mesa.
Virginia no quitó ojo de las manos de su marido mientras éste arrancaba el papel marrón que envolvía el cuadro.
– ¡Aquí están! Han quedado geniales. ¿Te gusta?
Mauro no entendió la cara de espanto que puso Virginia cuando le enseñó el cuadro con el retrato de sus abuelos.
-¿Dón… dónde está el abuelo? –acertó a decir la mujer con la voz entrecortada, tratando de evitar que se le cayeran las palabras y dejando caer su cuerpo tembloroso sobre una de las sillas del comedor.

Instintivamente, Mauro le dio la vuelta al cuadro y comprendió la extraña reacción de su mujer. Allí, en el lienzo, solo estaba María Sacramento Crespo, la abuela. A su lado, quedaba un hueco vacío, el de Vladimir Popov, el abuelo.

– Pero, esto es imposible. No puede ser. Cuando me lo entregaron estaban los dos. Te lo aseguro. Yo lo vi. No… no… no entiendo qué ha pasado –y volvió a mirar el cuadro, como si por hacerlo una vez más fuera a reaparecer el viejo Vladimir.

Totalmente desconcertado, empezó a revisar el papel en el que había traído envuelto el retrato y, mientras lo hacía, se dio cuenta de lo absurdo de su gesto pero continuó haciéndolo. No entendía nada. Minutos antes, cuando lo había recogido del taller, estaban los dos.

Virginia lloraba desconsolada sobre la mesa del comedor. La alegría y la ilusión, que solo hacía unos minutos desprendía por todos los poros de su piel, se habían transformado en consternación, las rosas parecían haber perdido el color y afilado sus espinas.

– Cariño no te preocupes. Voy a bajar al coche a ver si lo veo -trató de tranquilizarla.
– ¿Si lo ves? ¿En el coche? ¿Pero de qué estás hablando? Mauro, por favor, que es un cuadro. No se puede haber caído.
– Pero te juro que cuando el retratista me lo entregó estaban los dos. Yo vi cómo lo envolvía y allí estaba la cara de tu abuelo, con su pelo engominado, sus inseparables anteojos y la chaqueta abrochada hasta el cuello. Tiene que estar en algún lado.

Virginia volvió a mirar el hueco que quedaba entre su abuela y el marco del cuadro y empezó a llorar de nuevo. Al verla en ese estado de desesperación, Mauro cogió el teléfono y marcó el número de Arístides, el retratista. Le contó lo que había sucedido y el pobre hombre no daba crédito a lo que estaba escuchando. “Es imposible. Yo pinté a los dos. Al señor Vladimir y a su esposa María Sacramento. Usted lo vio”, le contestó perplejo.

– Bueno, de todas formas, si lo encuentra por ahí, no deje de llamarnos, por favor -le insistió Mauro.

No había otra cosa que hacer más que esperar o resignarse. Intentó consolar a su mujer pero había sido tanta la ilusión que ella había puesto en tener un retrato de sus dos abuelos ya fallecidos que sabía que era imposible. Aquel día el cuadro se quedó en la mesa del comedor. De vez en cuando,

Mauro se acercaba a comprobar si, por casualidad, el abuelo de Virginia había reaparecido pero el hueco seguía allí.
Su mujer se pasó la tarde haciendo punto para olvidarse del disgusto. Llevaba años tejiendo una bufanda que no parecía tener fin. Mauro pensaba que si algún día decidía terminarla, toda la familia podría usarla al mismo tiempo y aun así, todavía, sobraría un buen trozo de ella. Por unas horas se olvidaron de la misteriosa historia del cuadro. Habían decidido que, al día siguiente, lo llevarían al taller para que Arístides volviera a pintar a Vladimir. Era la solución más lógica y la que tranquilizó a Virginia.

La intensidad de las emociones hizo que aquella noche se fueran temprano a la cama. En cierto modo, Mauro deseaba dormirse para poder despertar de aquel sueño absurdo. A las diez y media ya estaban en la cama. A las once, roncaban como todas las noches.

En el silencio y la oscuridad del salón, las rosas se replegaron. También habían decidido irse a dormir. Ya no olían a flores. Tenían un cierto tufo a decepción.

Con el disgusto del día, Mauro no se acordó de cerrar la puerta del balcón que se quedó entreabierta y dejó entrar a la luna que iluminaba todo el salón. En la mesa del comedor, María Sacramento también parecía dormir sola en aquel inmenso cuadro, hasta que una sombra alargada se acercó a ella.

– Eh, María. Despierta. Soy yo -susurró la sombra.

La mujer que lucía la sonrisa característica de los Crespo, giró la cabeza y encontró a su marido.

– Vladimir, ¿qué haces ahí? Te estaban buscando. No veas la que has montado.
– Lo siento. No me gustó nada como me pintó el Arístides ese. ¿Ves esta cresta aquí? -le dijo señalándose el pelo- Ya sabes lo exquisito que soy yo con mi pelo. Y esta camisa con los botones abiertos… Pero ¿qué se ha creído? No me gusta que se me vea el cuello.

María Sacramento dejó de tener el gesto inmóvil y cobró vida también pero se negó a salir del cuadro. No quería darle otro disgusto a su nieta si se levantaba y veía que tampoco ella estaba.

– ¿Y qué piensas hacer? Haz el favor de entrar aquí. No veas el disgusto que le has dado a Virginita.
– Pero Mento… -dijo Vladimir que era como la llamaba cuando se conocieron en París recién llegado él de la República Soviética de Kazajistán y cuando apenas hablaba castellano.
– No busques excusas. Qué más da cómo te haya pintado. La niña quería tener un recuerdo de sus abuelos y eso es lo que importa. Pobrecilla mía. Anda, entra ya.

Vladimir se sintió mal por lo que le acababa de contar su esposa. Ellos habían cuidado de la pequeña Virginia cuando sus padres murieron en aquel fatídico accidente. Pero se negaba a que el recuerdo de su nieta fuera aquel cuadro tan poco real que el tal Arístides había pintado. “Me niego a estar con una camisa sin botones y con el pelo levantado”, insistió.

– Entonces ¿qué piensas hacer? -preguntó María Sacramento que ya había sacado medio cuerpo del cuadro por culpa de su marido.
– Voy a ver si encuentro algo para taparme el cuello, ya sabes que no me gusta que se me vea y algo de fijador para el pelo. Igual Mauro tiene en el baño. No te muevas, vuelvo enseguida.

En la oscuridad de la casa y solo iluminado por la intensa luna que brillaba esa noche, Vladimir fue a solucionar su problema. Por nada en el mundo quería hacer sufrir a su nieta. Mientras buscaba abrigo y algo para el pelo, recordó cuánto le gustaba a Virginia que le contara una y mil veces cómo había conocido al compositor Igor Stravinsky aquel 29 de mayo de 1913 en el estreno de “La consagración de la primavera”, una obra muy polémica en aquella época. “Al comenzar el segundo acto, el público empezó a levantarse y a proferir insultos contra él, se armó un barullo tan grande que algunos de nosotros tuvimos que levantarnos para apaciguar al resto. A la salida, el maestro se me acercó y me dio las gracias pero, antes de despedirse me dijo: “me gusta su pelo” y me dio la mano”. Aquella también fue la noche en que conoció a la que luego sería su mujer. “Estaba preciosa y cuando me dijo cómo se llamaba yo no fui capaz de pronunciar su nombre”. La misma historia se la contaba a la pequeña Virginia todas las noches antes de que se durmiera.

Mientras esperaba el regreso de su marido, María Sacramento estaba más nerviosa que el día que le propuso matrimonio. “¿Te vas a casar con un ruso?”, le preguntó alterada su madre cuando su hija regresó de su estancia en París a donde había ido a estudiar piano. “Tu padre te va a matar”. No lo hizo. Su padre, de los Crespo llegados de Burgos, estaba encantado con tener un yerno exótico y siempre trató a Wladimiro -que era como lo llamaba- como si fuera su hijo.

La expedición se prolongó por más de media hora y, de repente, Vladimir apareció de nuevo en el salón.

– Me vas a matar a disgustos -le dijo se mujer- ¿Dónde te habías metido?
– No te preocupes, ya está. Colócate ya y déjame hueco -le pidió su marido que venía repeinado y envuelto en algo indescriptible.

La luna volvió a dejar a oscuras la casa hasta que el sol ocupó su lugar. Virginia seguía durmiendo y Mauro se levantó sin hacer ruido. No había dejado de pensar toda la noche en el cuadro y en el absurdo misterio del abuelo. Recorrió mentalmente cada segundo desde que Arístides le entregó el cuadro hasta que llegó a casa y lo abrió. No encontraba el momento en que pudiera haber desaparecido. Se enfundó su albornoz y fue a la cocina a preparar el café. Sorprendería a su mujer con un desayuno en la cama. Al pasar por el salón, decidió echar un vistazo al maldito cuadro que hoy llevaría al taller para que volvieran a pintar al abuelo. Se quedó impactado al ver lo que allí había pasado y solo pudo gritar:

– ¡Virginia! ¡Virginia!
Su mujer llegó corriendo al salón con los ojos a medio abrir, el pelo rebujado y el pijama torcido.
– Dios santo, Mauro ¿qué pasa? ¿por qué gritas de esa manera?
– ¡Mira el cuadro!
– ¡Abuelo! -gritó ella, llevándose las manos a la cabeza.

El café inundó toda la vitrocerámica y la cafetera empezó a dar vueltas hasta caer al suelo. Eso era lo menos importante ahora. Virginia solo quería que Mauro colgase el cuadro, antes de que su abuelo desapareciera de nuevo. Los latidos de su corazón sonaban al unísono con los golpes del martillo contra la pared. En menos de cinco minutos allí estaba por fin el cuadro con sus abuelos. María Sacramento, con la eterna sonrisa imborrable de los Crespo y Vladimir, con su semblante serio, el pelo perfectamente pegado a su cabeza y, enrollado sobre su cuello, algo extraño que Virginia creía conocer.

– ¿Te gusta? -preguntó Mauro.
– Ha quedado estupendo -dijo ella, dejando que su boca dibujara la misma sonrisa que llevaban todos los Crespo.

Los dos se quedaron unos minutos mirando el cuadro y, observando la vestimenta de Vladimir, Mauro comentó: “Ya sé de dónde te viene la inspiración de tu interminable bufanda”. Virginia volvió a mirar a su abuelo y se dio cuenta de que efectivamente aquello que llevaba enrollado en su cuello era idéntico a la bufanda que ella llevaba años tejiendo. Entonces, se sintió más feliz todavía.
Se marcharon a la cocina y dejaron a solas a los abuelos.
El salón empezó a oler a rosas.

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