FIRMAS

Malas noticias. Por Irma Cervino

Quiero compartirlo en redes

Lo peor que podía pasarle a Bernardo es que no le abrieran la puerta. Su trabajo no era nada agradable pero él lo superaba con una profesionalidad exquisita. Matilde, su compañera de oficina, temía que algún día le flaquearan las fuerzas y se hundiera en la miseria. Hasta el momento, y después de cinco años realizando el mismo cometido, nunca había mostrado la más mínima queja. Su éxito era creer en lo que hacía. Cuando los jefes lo eligieron para desempeñar este trabajo, no tuvieron ninguna duda: Bernardo era el único preparado para ello. Quien no llevaba nada bien lo que hacía era su hermano mayor Humberto, que pensaba que eso de dedicarse a dar malas noticias a la gente no debía ser muy sano y estaba seguro de que, a la larga, le acabaría pasando factura.

Cuando su madre se quedó viuda, hacía ya tres años, los hermanos tomaron la decisión de llevársela a vivir con ellos. Ella no soportaba quedarse sola y a Bernardo se le ocurrió pedirle a su madre que viniera al piso que ambos compartían en pleno centro de la ciudad para que cuidara de ellos. En realidad fue una excusa para que ella no se sintiera una carga. Al principio, les costó acostumbrarse de nuevo a su presencia pero, con el tiempo, ya no se imaginaban la vida otra vez sin su madre.

Era un domingo de enero y el teléfono rompió la madrugada. Bernardo se despertó al segundo tono y se levantó para responder. No tenía la menor duda de que a aquella hora tan intempestiva, la llamada sería para él. Cuando colgó, Humberto ya se había levantado y se tropezó con él de camino al baño.

– ¿Qué ha sido esta vez? -le preguntó con los ojos a medio abrir todavía.
– Nada, un señor que ha tenido un accidente en la autopista cuando salía del turno de noche -le contó Bernardo a su hermano que, en pijama, se parecía cada vez más a su difunto padre.
– Vaya, ¿ha muerto?
– Sí.
– Pues nada, pasa tú primero al baño, supongo que tienes prisa. Ya me encargo yo de acompañar a mamá a misa si no llegas a tiempo -dijo Humberto resignado.

Bernardo estaba acostumbrado a las llamadas inesperadas -en cierto modo eran la base de su trabajo- y había desarrollado la capacidad de ducharse, vestirse y llegar al lugar en menos de 20 minutos.

Mientras se ajustaba el cinturón, llamó a Matilde a la que también habían despertado. Su compañera ya estaba recabando los datos que le había facilitado la Guardia Civil para averiguar a qué domicilio tenía que dirigirse Bernardo. Cogió la chamarra de piel y bajó por las escaleras. Al llegar al portal, Matilde le envió un mensaje con la dirección exacta. Estaba cerca. A menos de diez minutos en coche.

La calle estaba en silencio y la vivienda del número ocho, totalmente a oscuras, ajena a lo que había ocurrido. Tenía que preguntar por Jimena. Tocó el timbre y esperó. Durante los cinco minutos que tardaron en abrir, no apartó la mirada de la puerta. Una mujer adormilada y con una expresión de sobresalto asomó la cabeza.

– ¿Sí? ¿Quién es? ¿Qué quiere?
– Buenos días, señora. Busco a Jimena Castro.
– Soy yo, ¿qué pasa? ¿Quién es usted? -volvió a preguntar, abriendo la puerta y dejando ver su bata de color salmón.
– ¿Puedo pasar? -preguntó Bernardo con una mirada que simulaba un abrazo reconfortante.

La señora se agarró a la bata, se atusó el pelo en un gesto nervioso y le dejó entrar. Bernardo le dio la mala noticia. Ese era su trabajo.

En apenas media hora ya estaba de regreso a casa. Su hermano estaba en el salón leyendo un libro. Levantó la vista por encima de las gafas redondas de pasta negra y le preguntó qué tal le había ido. Bernardo hizo un gesto indescriptible con la cabeza. No le gustaba hablar de sus casos. Se quitó los zapatos y se dirigió a la cocina. Olía a café recién hecho y decidió prepararse unas tostadas.

El aroma a pan quemado le hizo regresar a la realidad y saltó de la silla para desenchufar la tostadora que llevaba un par de semanas dando avisos de su mala salud. Aunque Bernardo había insistido varias veces en que había que comprar otra, su hermano era demasiado tacaño y se negaba a ello por lo menos hasta superar la cuesta de enero y de febrero. Mientras raspaba la parte chamuscada de la tostada y le daba un trago al café con leche, se acordó de Jimena, la pobre mujer a la que hacía solo un rato acababa de dar la mala noticia del fallecimiento de su marido.

Aunque su trabajo tenía mucho de corazón, Bernardo había desplegado una extraña habilidad para volverse insensible al dolor de los demás. No es que no le importara el sufrimiento ajeno pero había conseguido que no le afectara. Si así fuera hubiera dejado el trabajo el día que tuvo que presentarse en la oficina de un señor para contarle que su hijo mayor había atracado un banco y había matado a la señora de la limpieza, o cuando tuvo que interrumpir una clase de la profesora de inglés de un instituto para comunicarle que su marido había quemado tres contenedores de papel. Bernardo borraba las historias cuando se despedía de los afectados. Tampoco se acordaba de aquella tarde que le dijo a dos ancianas que al día siguiente serían desahuciadas. Era como si la vida empezara cada vez que cerraban la puerta. Ellos se quedaban llorando y él regresaba a casa.

Sin embargo, aquella mañana de domingo tenía una sensación extraña en el pecho como si alguien estuviera tocando desde dentro para salir. No le dio importancia y terminó de comerse la parte blanca que dejó la tostadora en el pan.

A las nueve y media, los hermanos acompañaron a su madre a la misa de las diez. A la salida, doña Agueda pensó que había sido tan aburrida como cada domingo y es que el padre Horacio, que ya estaba un poco mayor, repetía el mismo sermón todas las semanas. Si por ella fuera, cambiaba la misa por una visita al mercado del pueblo para respirar el rojo intenso de los tomates o el verde suave de las lechugas pero se aguantaba y no le decía nada a sus hijos que creían firmemente que su madre adoraba ir a la iglesia. Nunca había sido así. Durante más de cincuenta años, doña Agueda acompañó a su difunto marido solo por hacerle el gusto ya que él era quien en realidad profesaba un intenso sentido religioso. Confesarles ahora la verdad podría suponer un trauma para ellos, así que, durante todos estos años, se había dejado llevar a misa y ponía cara de pasarlo bien pero ya estaba cansada de fingir. Se sentía aun joven para disfrutar de la vida y quería aprovechar los años que le quedaban.

De camino a casa, sonó el móvil de Bernardo. Era otra llamada de la empresa.

– ¿Otro accidente? -le preguntó su hermano con mala cara.
– No, esta vez no.
– ¿Un asesinato? – insistió.
– No.
– ¿Una pelea con arma blanca?
– Basta ya, por favor. Es un divorcio. Tengo que darle la mala noticia a un señor de que su esposa se quiere divorciar de él. ¿Vale?
– Tranquilo no te pongas así -le echó en cara Humberto que recuperó a su madre que se había quedado hablando con la señora que pedía en la puerta de la iglesia -Vamos mamá ¿quieres pasar por el parque y nos tomamos un cafecito?
– Claro hijo. ¿Y tu hermano? -preguntó.
– Le sonó el móvil. Ya sabes lo que pasa cuando recibe una llamada. Vamos, anda. Ya volverá.

Bernardo cogió un taxi. Debía estar en casa del tal Andrés lo antes posible pues su mujer había llamado a la empresa para pedir que le comunicaran ya a su marido su decisión de dejarlo, pues en una hora cogía un avión para encontrarse con su amante y empezar una nueva vida.

El despechado vivía en la casa de madera de la colina y el taxista dejó a Bernardo al inicio de la calle, tal y como le pidió. Necesitaba caminar un poco, antes de tocar a su puerta.

– Buenos días ¿Andrés?
– Sí, soy yo. ¿Quién es usted? -le preguntó un hombre grueso y con una sonrisa permanente.
– Verá vengo a darle una noticia. ¿Puedo pasar?
– Sí, claro. Entre. Suelo escuchar a todo el mundo, aunque ya le digo que si lo que quiere es venderme algo -sea lo que sea- tengo de todo -y le ofreció asiento.
– No es eso. Vengo de parte de su mujer – le aclaró Bernardo.

Al hombre se le borró la sonrisa inmediatamente.

– Verá, ella quiere que firme los papeles del divorcio. Aquí los tiene. En menos de una hora estará cogiendo un avión. Le gustaría terminar con esto cuanto antes -le contó mientras le entregaba un sobre.
– ¿Y puedo preguntarle quién es usted? ¿Por qué no ha venido ella? ¿Es su abogado?
– No, yo no la conozco. Ella contrató los servicios de mi empresa para darle la mala noticia. Nos dedicamos a eso -le explicó.
– Vaya, qué original. Pues nada, gracias por la mala noticia.

El hombre volvió a ponerse la sonrisa aunque esta vez parecía forzada, firmó los papeles y acompañó a Bernardo a la puerta. Le dio las gracias y le pidió un favor personal. “Cuando hable con mi mujer, dígale que he sido muy feliz con ella y que le deseo todo lo mejor. Dígale también que le haré un traspaso a su cuenta repartiendo todo lo que tenemos en común. ¿Lo hará, verdad?” Bernardo asintió tímidamente con la cabeza y se marchó.

Decidió regresar caminando. Su cabeza era un bombo de lotería. Estaba llena de pensamientos y sentimientos esperando para caer pero nadie abría la trampilla. Andrés, aquel hombre que había demostrado una templanza inusual, le había pedido algo que él no estaba autorizado a hacer. Su trabajo terminaba cuando la “víctima” de la mala noticia cerraba la puerta. Matilde, su compañera de oficina, era la encargada de hablar con quienes contrataban los servicios de la empresa, así que ella tendría que ser quien llamara a la mujer para decirle que su marido ya había firmado los papeles. Sin embargo, creía que él tendría que ser quien le transmitiera el mensaje que Andrés le había pedido como favor personal que le transmitiera a su mujer. Su cabeza iba a explotar. Si cumplía aquel favor, infringiría las normas de la empresa y, además, no estaba preparado para dar buenas noticias. En medio de aquella confusión, una bolita salió del bombo. Era una decisión que ponía: “Llama a Matilde”. Y eso hizo.

– Mati, necesito que me des el teléfono de la mujer que pidió el divorcio.

Humberto y su madre ya habían regresado del parque cuando Bernardo volvió a casa. Doña Agueda, que estaba pelando unas papas, soltó el cuchillo, se lavó las manos y aprovechó que sus dos hijos estaban en casa para comentarles su decisión. Se acercó al salón y les pidió que se sentaran.

– Tengo que decirles algo importante.
– Mamá, ¿qué pasa? No me asustes. ¿Qué tienes? ¿Te duele algo? -preguntó angustiado Humberto.
– No, no es nada de salud. Es solo que no puedo aguantar más ocultando lo que verdaderamente siento y deseo y necesito confesarlo. No me gusta ir a misa.

Humberto se quedó tan impactado como el día en que su padre le explicó quiénes eran los Reyes Magos. A Bernardo se le cayó otra bolita del bombo que ponía: “Esto es lo que se siente al recibir una mala noticia”.

– Pero mamá ¿qué estás diciendo? Eso no puede ser. Tú adoras ir a misa. Llevas haciéndolo durante más de cincuenta años y Berni y yo hacemos el esfuerzo… bueno… con mucho gusto, claro, todos los domingos acompañándote -dijo Humberto que no entendía nada.
– Lo sé. Pues he fingido todo este tiempo por hacerle el gusto a tu padre y, ahora, a ustedes. Pero ya no quiero ir más. Lo siento. Prefiero ir al mercado.

Humberto se levantó y empezó a dar vueltas por el salón como un loco. Bernardo permanecía callado, observando aquella escena inesperada hasta que su madre se acercó, le cogió la mano y le dijo:

– Lo siento. Hoy me ha tocado a mi ser la transmisora de la mala noticia.
– Sí, bueno ojalá todas fueran así. Supone un pequeño chasco para nosotros que pensábamos que lo hacías porque te gustaba pero, si no es así, lo mejor que puedes hacer es dejar de ir a misa.
– Claro ¿qué vas a decir tú que estás acostumbrado a dar malas noticias todos los días? -le reprochó Humberto, dando la vuelta a la mesa del comedor.
– Te equivocas -le corrigió- hoy tengo una buena que darte: he dejado mi trabajo.

El domingo siguiente, la casa volvía a oler a pan quemado. Humberto entreabrió la persiana de la ventana del salón y vio cómo su madre y su hermano se subían al coche. Él se terminó de abrochar los pantalones, se ató los zapatos y, a las nueve y media, salió para llegar a tiempo a la misa de las diez.

Doña Agueda bajó la ventanilla del coche, dejó que el aire del domingo le despeinara y sintió como si ya empezara a oler el rojo intenso de los tomates y el verde suave de las lechugas. De camino, Bernardo hizo una parada en la casa de madera de la colina para recoger a Andrés y, a las diez -la hora de la misa- cruzaban la puerta del mercado.

Publlicidad

Publicidad

Publicidad

Consejería Bienestar Social GobCan

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

La Gente del Medio

Publicidad

Página Web Corporativa

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Objetivo La Luna (Programa Radio)

Publicidad

EBFNoticias en:

EBFNoticias en:

EBFNoticias en:

El Mundo que conocimos (Radio)

Donaccion (Programa de Televisión)

Sentir Canario Radio

Webserie Laguneros (Youtube)

Webserie Laguneros Emprendedores

Prensa Digital

Homenaje al Grupo XDC

Publicidad