FIRMAS Salvador García

La mentira como leyenda urbana. Por Salvador García Llanos

Fueron dichos o relatos más o menos largos que fortalecieron las leyendas urbanas y sustanciaron numerosas conversaciones en cualquier día, a cualquier hora, en cualquier lugar. Han ido pasando de generación en generación, conservada su esencia, puede que deformada por alguna exageración o por algún propósito implícito de querer reforzarla.

Pero el basamento era la mentira. Para causar gracia. Mejor: carcajadas. Para imaginar lo imposible. Para descubrir la personalidad de quien la profería o había hecho de ella un instrumento habitual de convivencia. Una tras otra; la siguiente, aún mayor que la anterior.
Una apuesta por lo increíble, una vida animada para suplementar las lenguas del dicho.
Algunas de ellas: por ejemplo, la de los perros y el dominó.
        -Lo que más me impactó de aquella isla es que todo el mundo jugaba al dominó. Hasta los perros jugaban.
      -Pero eso es imposible. ¿Y cuándo tenían que pasar, cómo hacían?- le preguntan.
            -Golpeaban ligeramente sus patas sobre la mesa.
            Otra: la del reloj sobre una caña.
            -Estuve cortando caña. Y me quité el reloj, claro. Cuando terminamos, me lo dejé allí olvidado, sobre la punta de una de ellas. Quedé fastidiado pero un año después fuimos al mismo sitio y el reloj estaba en el mismo lugar. ¡Y seguía andando!
            Esa tendencia a la exageración se aprecia en esta otra:
           -Estábamos jugando al fútbol en unos llanos muy largos. En cierto momento pegué un salto para dar al balón con la cabeza y cuando me elevé ví la torre de la iglesia de Icod el Alto.
            Desde luego, por imaginación que no falte:
          -Nunca pensé que hubiera tantas palomas en aquel palomar. Compré un saco de millo, esparcí los granos y ni uno cayó al suelo, se los comieron por el aire.
            Pero acaso ninguna como la del chorro:
            -Después de ganarle una apuesta, aquel negro corrió detrás de mí por todo el pueblo, hasta que llegué a un callejón tapiado, sin salida, Menos mal que había un chorro de agua. Me subí por él hasta la cima y me quedé arriba, hasta que el negro se aburrió y se marchó.

En fin. La mendacidad por norma. O casi. Para reír, para animar, para alimentar las leyendas urbanas.

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