FIRMAS Salvador García

Sencillamente, mala imagen. Por Salvador García Llanos

Sería bueno comparar las audiencias de los programas deportivos en televisión, en su inmensa mayoría con contenidos futbolísticos, con los registros de los espacios radiofónicos nocturnos, esos con los que desde hace un montón de años se ponía punto final a la jornada laboral, para irse a la cama o para estar a la última en el plano deportivo. Comparar más que nada para comprobar si, en la coincidencia horaria, están arrebatando oyentes y están produciendo un vuelco en los hábitos sociales. Si así fuera, la primera duda que salta es si la radio está perdiendo esa batalla, al menos en tal franja horaria.

Pero la impresión es más bien la contraria. La radio, por muy convencionales y tradicionales que sean sus fórmulas, sigue atrayendo y sigue convocando, no sin esfuerzos de mejora tecnológica y de aciertos en la producción para disponer -si es posible, en directo- de los más relevantes testimonios: goleador, parada, expulsado, actuación brillante, destitución, decisión de dirigentes… Ese directo (desde zona mixta, autobús o avión), ese post partido en el contexto de la inmediatez, ese tercer tiempo en el que acabada la tensión y la pasión hay que dar paso al primer análisis, aún frescas las percepciones y no maniatadas por los mensajes y titulares que pudieran condicionar los juicios, constituyen reclamos suficientes como para continuar decantándose por el medio radiofónico.

Sobre todo, cuando la alternativa televisiva no da para mucho más que algunas discusiones que invitan a apagar o a cambiar de canal. Discusiones que, a menudo, no están siquiera sustanciadas en imágenes que se van comentando. Pierden el norte algunos intervinientes: hablan al unísono, irrespetan los turnos que teóricamente el moderador establece, discrepan de malas formas y hacen gala de un sesgo digno de mejor causa. Olvidan que están en pantalla y que todo ese comportamiento está siendo visualizado. Con razón muchos telespectadores desisten.

Porque si se trata de enganchar, de mantener la atención, hay otros esquemas. El diario El País lo planteaba el mes pasado como un dilema: las tertulias futbolísticas de la tele se hacen al toque o a pelotazos, señalaba un titular, es decir, las opiniones se expresan con mesura y sosiego, de la forma más razonada posible; o con el griterío y la desproporción de quienes se comportan como auténticos fanáticos haciendo ver de forma descarada las inclinaciones. El término medio o lo más próximo a la ecuanimidad y el equilibrio, como que no existe.

Allá cada medio con su filosofía, naturalmente. Con sus métodos para competir. Las cuentas de resultados determinarán, más allá de las preferencias de los televidentes cuya heterogeneidad es consecuente con las preferencias. Moviéndose en unas cuotas de pantalla cuya media no alcanza el 3%, la sensación es que no incentivan al gran público específico, salvo en contadísimas ocasiones.

Lo peor es que se desnaturalizan los contenidos y las propias fórmulas de debate o tertulia utilizadas. Más tarde o más temprano, aparecen las sinrazones y los personalismos entrecruzados a bases de epítetos o acusaciones que no se sostienen. El ¡y tú más! se convierte en moneda corriente. No interesa el criterio o la impresión sobre una disposición táctica o sobre el cambio de un jugador sino un vocablo despectivo, cuanto más grueso mejor. Por cierto, luego se permiten criticar severamente, hasta despedazarles, a algunos deportistas que no han tenido su día, se han excedido en incorrecciones o no se han conducido dialécticamente por el camino adecuado.

Creemos que lo deseable sería el análisis y la disección de lo ocurrido con una perspectiva tecnificada pero también desmenuzada desde otros enfoques, vinculados a hechos que no necesariamente tienen que haberse dado en la cancha. La primera la tienen profesionales, ex jugadores y técnicos que pueden aportar lo mejor de su experiencia. Queden en la otra vertiente las impresiones de periodistas y expertos que atesoren bagaje suficiente como para opinar sin tendenciosidad y sin apasionamientos fanáticos. Con respeto, sobre todo, que el fútbol no es una ciencia exacta.

Quizá los aficionados sigan decantándose por la radio, precisamente porque ese modelo, aunque no se vea o no lo palpe, está más al alcance. Y porque bastante cansados están ya de diatribas y dicterios en todos los órdenes como para tener que revivirlas y soportarlas en la pequeña pantalla después de cada partido o de cada jornada.

Sencillamente, mala imagen, ¿no?

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