FIRMAS

El silencio de la vergüenza. Por Joaquín Hernández

Cuando la sociedad otorga, optando por el silencio, el beneficio tácito a los mediocres, a los corruptos, a los delincuentes; deja de ser un colectivo eficaz en el avance social para convertirse en algo amorfo, acomodaticio y alejado de un futuro prometedor.

El que piense que los problemas del paro obrero, de la corrupción política, de la justicia, de la sanidad y educación no es su problema se miente a sí mismo.

Los llamados indignados somos, o deberíamos ser, todos. Las críticas de los partidos de todo signo político hacia ese movimiento social, que se me antoja imparable, son tan estúpidas y alejadas de la realidad social que nos rodea que insultan la inteligencia del cualquiera.

Indignados con una Ley electoral anticuada y alejada de la soberanía popular, donde gobiernan los pelotillas mediocres y trepas de los partidos políticos, sin más merito que el ejercicio de la adulación al secretario general del partido.

Indignados con la Justicia, con la administración de la justicia cuando dilata  el proceso a un pederasta durante años, del cinismo y de la hipocresía de una sociedad adormilada en el pasado, donde las familias y los apellidos priman sobre la verdad que obvian; mintiéndose a ellos mismos y dándole más oportunidad al delincuente para seguir con sus fechorías. Indignado cuando el agravio comparativo llega al esperpento judicial, imponiendo una condena ridícula a un pederasta redomado que ni siquiera pisará la cárcel, mientras imponen penas de cárcel a cualquier ciudadano por circular a más de 200 kilómetros/hora por una autovía y sancionándolo con multas millonarias.

Indignados cuando nos  congelan las pensiones, nos recortan los salarios, se reduce la ayuda a los desempleados, se amplía la edad de jubilación y se alargan los plazos de cotización, todo esto para afrontar las crisis que han generado los políticos con sus políticas de ayuda al sistema financiero. Seguimos en la cola del paro, de la educación, la sanidad con las lista de espera más largas del estado, la renta per cápita una de las más bajas de la Unión Europea.

Indignados nuestros ancianos que forman parte del colectivo de personas en el umbral de la pobreza, con apenas 400 euros/mes de pensión. Los juzgados abarrotados de expedientes de procesos concursales, quiebras, desahucios, demandas laborales.

Indignados nuestros jóvenes que andan deambulando por las calles sin más oficio ni beneficio que el de vivir a costa de los padres.

Vergonzoso el silencio  de los 5 millones de parados, que no son capaces de protestar con toda virulencia  su situación y. sin embargo, salen a las calles de toda España vitoreando a la selección española de futbol o a su equipo local. El de millones de mini pensionistas que forman parte del colectivo de pobreza y callan por miedo a perder el asqueroso subsidio de la insolidaridad que reciben. El de más de 20 millones de españoles en el umbral de la pobreza de los que más de 12 millones están en pobreza severa (datos de la U.E.) , de periodistas vendidos a partidos políticos y a mafias financieras. El silencio de 16 millones de trabajadores españoles, oprimidos y explotados cada día más y más por el salario del miedo, por el temor a perder lo poco que tienen y vendiendo su vida miserablemente, perdiendo avances sociales que tardaron siglos en lograrse.

La ley del silencio, al mejor estilo siciliano, se entiende cuando se congregan manifestaciones y acude a ellas un porcentaje mínimo de afectados, de indignados en un país con 45 millones de afectados e indignados.

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