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Junio, una novela de Esther Terrón Montero. Por Eduardo García Rojas

Tal vez como consecuencia de mi estado de sopor permanente ayer volví a perderme buscando el apartamento. Cuando me pierdo pienso: si encuentro la autopista estoy a salvo, si tomo la salida 78 llego a casa, pero temo que algún día me falle el truco. Cada vez es más difícil, cada vez es más difícil orientarse sobre un territorio en cambio continuo. “Debería hacerme con una carta celeste”, pienso a veces con una ironía no exenta de dramatismo. Hoy he visto un palmeral que ayer no estaba.”

(Junio, Esther Terrón Montero, colección Tid, Ediciones idea)

La rutinaria historia de una profesora que trabaja de lunes a viernes en un instituto localizado en el sur de una isla que podría ser cualquier isla aunque se sospeche que es Tenerife sirve de sustancia literaria para que Esther Terrón Montero debute con Junio en el panorama de las letras que se escribe en y desde Canarias.

Un título atípico, de todas formas, dentro de esa extraña república, porque en apenas unas doscientas páginas su autora ofrece una radiografía de la soledad y también de la resignación que descoloca, inquieta y también desarma. Un libro, Junio, que pese a sus irregularidades, tiene sello, autoría, así como un vigoro pulso narrativo que me hace sospechar el feliz nacimiento de una escritora cuya voz habrá que seguir atentamente en unos tiempos donde lo que se escribe carece, mayoritariamente, de voz.

Junio es una novela sobre el asombro y las apariencias, también la frustración en la que Terrón Montero explora en ocasiones con un notable y agudo sentido de la ironía, acerca de un individuo que observa una realidad cambiante, algo cínica y canalla también, desde dentro.

Se asiste así en Junio a un inquietante proceso de descomposición interna con mirada entomológica. Una mirada que, a mi juicio, compartimos muchos con independencia de cual sea nuestro sexo. Al mismo tiempo, se asiste al descubrimiento de una escritora a la que le interesa más indagar en la resignada metamorfosis que devora a su protagonista que a los elementos que giran como satélites a su alrededor.

Junio es una novela que cala por su inevitable desesperanza. También sobre el no movimiento. Una novela que si bien puede denunciar que vivimos en un mundo sin valores cuyo espectro se materializa en un paisaje en continúa transformación, como apunta la contraportada del libro, va más allá de estas señas de identidad que, más que orientar, quizá pudieran desorientar a un lector que llega a un texto en el que su protagonista termina finalmente disolviéndose con el entorno.

No hay redención en Junio sino un desesperado canto a la nada en el que habita una violencia soterrada donde su protagonista –voyeur, la mujer que mira pero que no interviene– asume su papel en un territorio en continua transformación y que termina por arrollarlo todo.

Las descripciones que Terrón Montero hace de esa autopista por la que transita casi parece como el itinerario diario hacia la antesala al infierno. O al menos a un purgatorio en el que solo se estimula la inutilidad y el fracaso. Ideas que la autora materializa en esa frustrante grieta que separa a dos mundos radicalmente opuestos: profesores y alumnos. Dos universos, curiosamente, tan parecidos pese a todo en su torcido y materialista sentido de la realidad.

Estos son solo algunos de los mejores momentos de un libro que, quien sabe si con intención de desdramatizar, añade también escenas con cierto aliento absurdo que en el relato, ignoro si voluntaria o involuntariamente, terminan por ser algo así como oasis, fuentes en la que parece que su protagonista se abastece para continuar con una existencia que solo brilla, y con destellos en blanco y negro, en la descripción –que incluye fotografías– de un viaje realizado a París, ciudad conocida paradójicamente como de La Luces.

Junio es una novela que genera desasosiego. Una novela donde la asfixia que sufre su protagonista araña también el ánimo del lector.

Una novela que transita por diferentes callejones –tiene algo de policíaco, pero que no determina el relato; tiene algo de fantasía absurda pero que tampoco determina el relato–  para confluir, finalmente, en un único camino, en una única autopista cuya ida y vuelta casi parece una condena existencial, un infierno en la tierra que el individuo asume con resignada soledad.

Entiendo así Junio como una novela sobre el pánico. Pero no tanto sobre el pánico ante la vida y sí ante lo que se ha convertido nuestra vida: una sucesión de rutinas que termina haciendo todos los días más o menos iguales.

Pese a que Junio sea una novela que no termina por encontrar su equilibrio y tampoco sus ambiciones, los momentos que contiene, la descripción valiente y sin pudor que hace de su protagonista y del miserable universo en el que se mueve, hace que estemos ante un título que va más allá del simple relato. Casi parece, en este sentido, un grito de alarma, un grito de advertencia. Un SOS que se pierde en esa autopista que parece que todos los días nos lleva al mismo sitio. Al mismo lugar. A repetir lo de siempre hasta el inevitable final.

A veces tengo la sensación de que el instituto es una imagen televisiva sin sonido. Desde luego no es porque no lo oiga, sino porque la temperatura, el olor a linóleo refrigerado y la visión de los chavales bamboleándose por los pasillos se me hacen piezas incongruentes.”

Saludos, todo cambia, nada permanece, desde este lado del ordenador.

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