FIRMAS Marisol Ayala

El “gordo” y sus historias. Por Marisol Ayala

Tantos años cubriendo como periodista el “Gordo” de Navidad han dado para mucho desde el punto de vista de la experiencia y la anécdota. Curiosidades han habido por decenas de manera que cuando falta apenas nada para que alegría y la decepción se repitan, voy a recordar algunas, las que me quedaron grabadas. He vivido de cerca pues la alegría desbordante de quienes ven como de pronto la casa se llena de millones y cámaras y he sido, asimismo, testigo de quienes, con el tiempo, han reconocido no haber sido capaz de administrarel premio millonario y se han visto inmersos en deudas y la dolorosa certeza de alguien se acercó solo al olor del dinero y no por otra cosa.

¡ … cuatro milloneeeeeees de eeeeeeeuros … !

Veré si soy capaz de rememorar esas historias vividas tan de cerca. No citaré nombre porque en algunos casos será mejor no difundir la miseria humana que trajeron los millones. Uno de los recuerdos más frescos que tengo del “Gordo” de Navidad ocurrió hace unos doce o quince años. En un día de sorteo navideño ustedes deben saber que los periodistas buscamos a los premiados para que conocer sus caras, qué piensan hacer con los millones, cuanto jugaron, su situación económica, en fin, la parte humana de la noticia. Resultó que el año de mi recuerdo cayó un importante premio en la zona de Tenoya (Gran Canaria). Alguien llamó al periódico para contar que una familia modesta había jugado unos décimos y le habían tocado 250 millones de las antiguas pesetas. Buena cantidad.

Nos fuimos a buscar la casa de los premiados para recoger los testimonios pero, para nuestra frustración, la familia nos dijo que, de fotos nada, y de nombres, menos porque tenían miedo de que los etarras les secuestraran y pidieran un alto rescate. No hubo manera de convencerles y asumimos la derrota pero cuando el fotógrado -Rafa Avero- y servidora subíamos al coche rumbo a la redacción un viejo amigo del barrio asomó su cabeza por la ventanilla y nos alertó: “…ahí abajo, en el barranco, a unos viejillos le han tocado un fleje de millones; es un matrimonio que vive en una cueva…”.

Ni dudarlo. Bajamos por la ladera y, efectivamente, en una cueva nos encontramos a una mujer de unos setenta años que apenas podía caminar; cómo la zona era intransitable había dejado de hacerlo y tenía graves problemas de movilidad. Cuando la mujer vió llegar a los periodistas nos recibió encantada, cómo quien se siente reina por un día. Hizo café y contó que le habían tocado 32 millones de pesetas. ¿Dónde compró los décimos?, le preguntamos al ver la soledad en la que vivía, lejos del mundo. Un vendedor que subía y bajaba la zona, se los vendió. La señora no paraba de reír y de atendernos con cariño pero, eso si, nos pidió un favor; no hacer fotos hasta que no se despertara su marido que “anoche y se echó una copillas…” .

Hicimos guardia hasta que finalmente el hombre, flaco, despeinado, envuelto en una manta, cogió resuello y después de conocer por boca de su esposa su buena suerte, se puso una cachucha y preguntó si éramos del banco. No, le dijimos. “Bueno pues hágame una foto aquí, con mi mujer y el perro mirando al barranco. La foto (que debe conservarse en el archivo de La Provincia) es una genialidad. El hombre feliz con la escopeta de caza se apoyó a una vieja nevera que había en la puerta de la cueva y apuntó barranco abajo, al tiempo que gritaba: “¡Estoy esperando a los del banco!… ¡si aparecen por aquí, me los cargo…!”, decía a carcajada limpia. Supimos luego que meses antes había acudido a una entidad bancaria para pedir un crédito.

Quería comprar una vivienda digna pero le negaron el crédito porque “no teníamos de donde responder”, argumentaron. Su venganza con los millones fue depositar el dinero en otro banco y su alegría, y final feliz, es que meses después nos invitó a conocer la casa nueva comprada en La Isleta. Terrera. Su sueño. Ese es, como ven, un relato feliz de Lotería y de premios. Los hay infelices como aquella mujer que con los 400 millones de pesetas que ganó compró un barco y un casa/castillo en Lanzarote. Nunca sacó el título de patrón de yate y jamás usó el caserón. Se llenó de deudas y tuvo que volver a trabajar en el bazar donde lo hacía hasta que la suerte (mala en su caso) tocó en la puerta. Pero, en fin, veamos como nos trata la suerte para El Niño.Prometo contarles aquí mismo si la suerte me visita. Me gustaría que ustedes hicieran lo mismo. Conozco la de aquel que perdió el décimo premiado, la del señor que quiso a su hijo de la cárcel y se plantó en Salto del Negro con los millones, la que el dinero destapó su vida amorosa, la que repartió su premio con sus hijos para recuperar su cariño y luego ni dinero ni hijos.

Suerte y que sean felices.

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