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Un hombre llamado Dave Brubeck. Por Eduardo García Rojas

Hay discos que forman parte de la banda sonora de tu vida, como dice el cursi.

Llegué al jazz de la mano de mi padre, quien me llamó un sábado la atención –es curioso como recuerdo el día pero no el año– al decirme que dejara de oír a los blancos y que me pusiera a escuchar a los negros.

Ojo con los verbos empleados: oír y escuchar.

En aquel tiempo más que jazz lo que sonaba en mi cabeza eran las grandes orquestas blancas de swing. Glenn Miller, Artie Shaw, Tommy Dorsey, con el que comenzaría un jovencísimo Frank Sinatra; el que fue el mejor de todos, Benny Goodman (Don’t Be That Way!) y más tarde, muuucho más tarde The Pasadena Roof Orchestra, un conjunto británico que en los años ochenta del pasado siglo XX interpretaba a modo de revival todas las canciones de una era, como fue la del jazz, de la que Francis Scott Key Fitzgerald se convirtió en su cronista.

Dejé pues de prestar atención al charleston y más tarde al swing para indagar en la prodigiosa discoteca paterna para descubrir en aquellos discos de vinilo gigantes con nombre y apellido.

Como Duke Ellington, a quien por cierto Brubeck dedicó una de sus más delicadas piezas; Lois Armstrong, a quien vio mi padre en directo en un concierto en Estocolmo, cuando el viejo Satchmo se encontraba en el otoño de su vida, así como a los músicos negros que más tarde convertirían la improvisación en un arte como Charlie Parker Dizzie Guillespie, entre otros, en esa cosa fantástica que se conoce como Bebop.

Entienda por eso que me resultó relativamente fácil caer hechizado por lo que tocaban los negros.

Es decir, que aprendiera a escucharlos.

Sin embargo, un día se coló un blanco entre todos aquellos músicos que respiraban una rabida contenida en sus interpretacione. Que se hizo un hueco entre John Coltrane, Charles Mingus y más tarde, Miles Davis, entre otros, otros muchos…

Su nombre era Dave Brubeck y no se parecía físicamente a un músico de jazz.

Y no solo por el color de su piel.

Así que esto demuestra que el jazz tiene alma. O duende.

Brubeck, de quien se conoce sobre todo su pieza más famosa, Take Five, compuso otras obras que, a mi juicio, hacen sombra a este título que hoy se ha convertido en un estándar. También en su única seña de identad para los profanos.

Brubeck tuvo una forma elegante de hacer jazz.

Un jazz digamos blanco que contagió sobre todo a una década, los años sesenta, cuya música no pierde frescura, aroma cool, con el paso de los años.

Ahí radica para mi su grandeza. Claro que es un juicio muy particular como escuchador confeso de jazz.

Cierro los ojos cuando lo escucho y la música hace que construya historias en mi cabeza.

A mi, particularmente, me encanta In Your Own Sweet Way y I’m in a Dancing Mood… También Take Five, claro está…

No recuerdo ahora lo que dijo mi padre cuando me encontró escuchando a Dave Brubeck, pero me gustaría pensar que si existe algo más que este itinerario por lo que llamamos vida,  no se cansará de escuchar a este jazzman en directo en esa terrible eternidad en la que creen muchos.

Me imagino así, mientra suena Trolley Song, una Jam Session con sabor Sixties.

Ya saben, esa década prodigiosa en la que aún se creía que otro mundo pudo ser posible.

Saludos, ahora toca Blue Rondo a la Turk, desde este lado del ordenador.

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