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Stephen King sigue siendo el Rey. Por Eduardo García Rojas

Stephen King es un escritor al que suelo recurrir de tanto en tanto. Y su lectura me resulta casi siempre terapéutica porque sabe lavarme los miedos y triturarlos como se merecen. Digamos así que cuando me topo con un nuevo libro de King, éste casi nunca falla.

Me acerqué a su obra cuando su nombre aún resultaba prácticamente desconocido en Expaña a través de una editorial sudamericana, Pomaire, que fue la primera en publicar en español novelas como Carrie, La hora del vampiro (Salem Lot), Insólito Esplendor (El resplandor), El umbral de la noche (relatos) y La danza de la muerte (Apocalipsis), entre otros, que a un atrevido y adolescente lector de provincias le robaron literalmente el alma.

Desde ese entonces, y con la suerte o la desgracia, según se mire, de iniciarme en sus espantos con esa feroz historia de vampiros que ya circula en las librerías y en sus dos adaptaciones cinematográficas (1) como Salem Lot, devoro cada cierto tiempo alguna novela o conjunto de relatos de tan prolífico como reiterativo escritor, no ya con la esperanza de recuperar el chispazo que me produjo la primera vez sino gratamente asombrado por la capacidad que aún tiene para llevarme literalmente al huerto. Lo de llevarme al huerto es una manera poco elegante de describir que casi siempre me convence. O me abduce.

No creo que haga falta decir a estas alturas que Stepehen King fue uno de los primeros escritores norteamericanos que colocó a la novela de terror en las listas de libros más vendidos. Lista a la que añadiría además de vendidos de los más leídos por todos esos lectores de aeropuerto o fanáticos del género que, conocedores hoy de muchas de las claves con las que insiste en cada uno de sus libros, ha terminado por digerirlas como señas de identidad de un autor que, en contra de lo que algunos piensen, no trabaja con negros porque sencillamente le gusta lo que hace. Y eso que le hace le gusta tanto que incluso lo ha convertido en un escritor multimillonario, amado por muchos y detestados por otros que no entienden, o no quieren asumir, que detrás de esa máquina de hacer dinero se encuentra un escritor con todas sus letras que sabe filtrar sus influencias para hacérnosla pasar como suyas.

Y a mi esto me parece uno de los atractivos más sobresalientes de su producción literaria. Producción en cadena que, como pasa en toda producción en cadena, cuenta con excelentes trabajos y otros que dan pena. Y no, no soy seguidor de la serie La torre oscura (2).

Stephen King es un escritor que se mueve muy bien en los territorios de la novela, aunque presionado por el mercado termina por sacrificar lo que prometían excelentes ideas y eficaces revisiones de los clásicos en decepcionantes y colosales volúmenes que, como La cúpula, auguraba mucho más de lo que al final ofrece; o sorprende gratamente al lector alterando los elementos tradicionales del relato de fantasmas como sí sucede en su excelente Duma Key, títulos que en su momento ya comentamos en este mismo su blog.

Sin embargo, una geografía en la que todavía cojea es la del cuento,  aunque tiene algunos realmente notables; así como en el ensayo, donde King, más que defender una posición termina hablando casi siempre de sí mismo. La lectura de Mientras escribo y La danza de la muerte (un canto de amor al género) de alguna manera avala esto último que acabo de anotar…

Pendiente aún de leer 11/22/63, cae en mis manos por endemoniada casualidad la edición en bolsillo de Todo oscuro, sin estrellas, un libro que compila tres historias largas y una corta del escritor nacido en Maine. Y compruebo, una vez más, que Stephen King se mueve como pez en el agua en las historias largas y no tanto en las cortas aunque la que incluye este libro quizá sea una de las más perversas e inquietantes salidas de la tenebrosa imaginación del escritor.

Abre este volumen 1922, una novela corta ambientada en un pueblo perdido del medio oeste norteamericano en la que King describe con instinto gore el brutal asesinato de una mujer a manos de su padre y de su hijo.

Pero es que más allá de la gratuita violencia que describe, me parece un relato de lo mejor que ha salido de su cabeza porque, además de insistir en el tema de la culpa, también explora con frialdad quirúrgica la descomposición familiar.

Narrada en primera persona, 1922 es además una corta novela corta en la que el escritor da pinceladas sobresalientes sobre un periodo de la historia de su país muy logradas, por lo que se tolera incluso el aire macabro con el que la disfraza porque nunca deja claro si lo que está viendo y soportando su protagonista es real o fruto de su torturada imaginación.

Camionero grande, la segunda corta novela corta que incluye Todo oscuro, sin estrellas, es una curiosa pero también anodina revisión sobre los justicieros. Figura que en esta ocasión encarna una atractiva escritora que resulta violada brutalmente en una apartada carretera.

Lo mejor de la historia, a mi juicio, es la irónica descripción que hace el escritor de los quehaceres de esta mujer viajando por todo el país para impartir conferencias y, de paso, vender sus novelas de suspense, pero se nota que la trama se le va al  no querer Stephen King caer en lo políticamente incorrecto, aunque plantea un final que podría dar paso a numerosos debates en torno a tomarse la ley por la mano.

Con todos sus defectos, que los tiene y de bulto además, Camionero grande se lee como quien devora una hamburgesa. Es decir, tan rápidamente que apenas aprecias su sabor.

Una extensión justa es el único relato corto de Todo oscuro, sin estrellas, y a mi juicio quizá se trate del mejor del libro junto a Un buen matrimonio.

El escritor propone en Una extensión justa una reinterpretación bastante canalla del pacto con el diablo, al tiempo que saca los colores a una clase media norteamericana que podría ser la de cualquier país de ese mundo que dicen es desarrollado.

Sin embargo, el tema central de este cuento –más que cerrar el compromiso con en el lado oscuro que todos llevamos dentro– es el de la envidia. Y la envidia, como todo el mundo sabe, solo se cura con la venganza.

No voy a resumir en qué consiste esta historia porque, realmente, merece la pena leerla y disfrutarla con todas las preguntas morales que va suscitando… Aunque el mal, viene a decirnos King, no es el diablo sino toda esa oscuridad que incuban como un enfermizo veneno los seres humanos.

Cierra el volumen Un buen matrimonio. Y a mi, personalmente, me parece una de las mejores novelas cortas que he leído del escritor, y todo eso pese a su estropeado aroma a película de sobremesa de los sábados por la tarde.

Stepehen King sitúa al lector ante un matrimonio felizmente casado, cuyos hijos ya han se han ido del nido familiar, hasta que su mujer descubre que el hombre de su vida no es quién realmente imaginó.

Cometería un sacrilegio si les revelara algo más de esta inquietante historia, así que tendré la decencia de no escribir nada más con la esperanza de que alguno de ustedes se acerque al mismo con la mente despejada.

Así que volver a leer a este escritor al que han crucificado por súper ventas ha resultado como beber agua en el desierto, y redescrubir que cuando Stephen King se lo propone es uno de esos autores que además de enganchar, proponer ideas, debates con los que alterar nuestras no tan sólidas conciencias.

Es más, el hecho de que me preguntara durante su lectura en varias ocasiones ¿cómo puede ser capaz de…? es un valor añadido que empuja a reivindicarlo como uno de esos escritores de cabecera a los que casi siempre recurro cuando el fantasma de la rutina amenaza con ser eterno.

(1) Hay dos adaptaciones de Salem Lot, la primera dirigida por Tobe Hopper en 1979 y la segunda por Mikael Salomon en 2004.

(2) Esto es solo un aviso para los kingmaníacos.

Saludos, pásenlo mal, desde este lado del ordenador.