FIRMAS

El cuarto hombre. Por Irma Cervino

Pelayo Washington necesitaba contar lo que sabía. Llevaba 43 años guardando el secreto que juró no desvelar jamás pero, ahora, cuando pensaba que estaba de nuevo en la cuenta atrás para abandonar la Tierra, sentía la necesidad de desprenderse de aquella maldita carga. Estaba seguro de que nadie creería aquella historia y, muchas veces, él mismo pensaba que todo había sido producto de su imaginación. Pero no era así, aquello ocurrió de verdad.

El 20 de julio de 1969, mientras los astronautas del Apolo XI, Edwin Aldrin y Neil Armstrong paseaban por la luna y, cuando todo el mundo se fijaba en la hazaña de aquellos héroes, Michael Collins viajaba en el módulo de mando, rumbo a la cara oculta de la luna. Allí fue donde sucedió todo lo que Pelayo Washington estaba a punto de desvelar. La historia más increíble jamás contada. En el fondo, se sentía mal por lo que iba a hacer, pues había prometido no contar nunca nada a nadie.

En la década de los sesenta, su padre, el prestigioso ingeniero espacial, Gerardo Manuel Washington, nacido en Alburquerque, Nuevo México, trabajaba en la NASA y participó en el operativo de lanzamiento de las misiones Apolo. Su trayectoria profesional era impecable; tanto, que al retirarse fue condecorado con la medalla al mérito en el trabajo por su comportamiento ejemplar. Sin embargo, su hijo Pelayo, a punto estuvo de ensuciar su inmaculado expediente, cometiendo un delito muy grave que nunca salió a la luz y del que solo fue testigo Michael Collins. El anciano ingeniero espacial ya no podía contar nada pues, hacía unos meses, se había llevado el secreto a la tumba. Desde entonces, Pelayo cargaba una angustia en el alma, como si fuera un clavo ardiendo que le quemaba el pecho. Cada noche, cuando miraba a la luna, se le incrustaba en lo más profundo y empezaba a asfixiarse. No podía con tanta responsabilidad. Tenía que desahogarse de una vez por todas. Contar la verdad ahora que su padre había muerto.

La noche estaba gris. Había invitado a cenar a Horacio, un amigo desde la infancia y confidente de sus penas. Por fin, alguien iba a ser el depositario de su enigmático secreto. El sonido de la lluvia cayendo sobre el asfalto reseco le recordó que la salsa en la que estaba cocinando el pollo debía de estar ya hirviendo y corrió a comprobarlo. Cuando abrió la puerta del horno recordó aquel instante en el que Collins -que se había quedado solo en el módulo de mando mientras sus compañeros paseaban por la luna- destapó una de las compuertas interiores y lo descubrió allí agazapado. Pelayo apenas tenía diez años pero aun hoy no podía olvidar la cara de susto del astronauta.

– Pero ¿qué… ? ¿Tú quién eres?
– Por favor, no diga nada –le rogó a Collins que, enseguida, se dirigió a la radio para alertar de su hallazgo.
– Houston, Houston, tenemos un problema. ¿Houston?
– No le pueden escuchar señor. Estamos en la cara oculta de la luna y se pierde el contacto con la Tierra.
– Eso ya lo sé pero no cambies de tema. ¿Estás loco? ¿Cuánto tiempo llevas ahí escondido? – preguntó Collins.
– No sé ¿qué día es hoy? Igual una semana o así; desde el lanzamiento.
– ¡Dios santo! Esto es increíble. Sal de ahí. No sé ni cómo estás vivo –le regañó, tirándole del brazo para desencajarlo de aquel hueco donde el niño había viajado sin que ninguno de los tres astronautas del Apolo XI se hubiera percatado de ello -no entiendo nada ¡qué falta de seguridad! ¿Cómo no pudo verte nadie?
– Señor, lo siento mucho… yo no quería molestarles. Solo quería ver la luna.

Collins estuvo a punto de atragantarse pero respiró profundamente y le habló como si hubiera perdido la gravedad en todos sus sentidos.

– Pues si querías ver la luna te la estás perdiendo porque ya estamos sobre ella. Ves mira -le dijo señalando por una diminuta ventana. Mis compañeros están ahí abajo y yo estoy dándole vueltas hasta que terminen su trabajo.
– Ya lo sé, señor. Y también sé que ahora estamos totalmente desconectados con el exterior pero no se preocupe, no tengo miedo. Mi padre me explicó cómo era todo.
– ¿Tu padre? ¿Y qué sabe tu padre?
– Es uno de los ingenieros de la NASA pero no le cuente nada de eso a Houston. Se enfadarían mucho y despedirían a mi padre. Por favor no les diga que estoy aquí.

Collins trataba de mantener el temple y entender algo de lo que estaba pasando en el módulo de mando. Por unos segundos creyó que aquello no era real sino una alucinación fruto de los efectos secundarios que provocaba estar tan cerca de la cara oculta de la luna. El astronauta volvió a tocar a Pelayo y se dio cuenta de que era de verdad. Aquel niño era de carne y hueso y estaba allí dentro con él, en su módulo, orbitando a su lado. Collins, que no tendría la oportunidad de pisar la luna, se sentía amenazado ahora por el pequeño polizón que le iba a quitar el protagonismo de haber sido, al menos, el único en dar la vuelta a la luna y conocer su cara oculta.

– ¿Por qué has venido? –le preguntó enfadado.
– Ya se lo dije. Quería ver de cerca la luna. Mi padre me habla tanto de ella que quería sorprenderle y contarle que yo estuve aquí.
– ¿Pero no te das cuenta de que lo que has hecho es una imprudencia? Esto es una misión arriesgada, para gente adulta, preparada… -le reprendió.
– Pues la perrita Laika no era ni gente, ni adulta, ni preparada y a la pobre la enviaron sola al espacio –le rebatió el niño.

En ese momento, la radio del módulo empezó a emitir sonidos. Era Houston llamando. Collins fue a pulsar el botón para responder pero su índice se detuvo a menos de un milímetro de distancia, giró la cabeza y miró a Pelayo bastante serio.

– Escucha, no diré que estás aquí porque le puede costar caro a tu padre pero prométeme que tú tampoco le dirás a nadie que estuviste en este módulo –y le clavo la mirada de tal forma que el pobre niño solo pudo asentir con la cabeza.

El viaje de vuelta fue tranquilo. Al caer al mar, Collins se encargó de llevar a Pelayo dentro de su traje espacial. El niño era menudo y nadie notó nada extraño en medio de tanta expectación. El único que se enteró de lo que realmente había ocurrido fue don Gerardo Manuel, su padre que, preocupado, después de más de una semana sin saber dónde estaba su hijo y, pensando que se había perdido en el monte observando la luna que tanto le gustaba, no pudo evitar ponerse a llorar cuando le vio aparecer de nuevo en casa.
– Pelayo, ¿dónde estabas? No vuelvas a marcharte sin decir nada. ¿Me oyes?

El niño, que adoraba a su padre, sintió que el corazón se le partía cuando vio llorar a su padre y decidió confesarle toda la verdad. El ingeniero espacial casi se rompe en pedazos al escuchar la increíble historia de su hijo y supo que no era una invención porque le enseñó el escudo de la NASA bañado en oro peruano de Yanacocha que robó del traje de Armstrong.

 

El timbre le devolvió al presente. Cerró la puerta del horno y fue hacia la entrada envuelto en un aroma de salsa de verduras. Horacio había sido puntual. Le invitó a pasar y le acompañó al salón. En la calle aun llovía y su invitado había traído algunas de las gotas en su chaqueta de pana.
Ponte cómodo Horacio. Enseguida estará la cena.

– Y ¿cuál es el misterio? ¿Qué es eso que quieres contarme? -le preguntó su amigo.
Al poner el mantel sobre la mesa, Pelayo volvió a recordar la noche en que regresó de la luna y su padre le arropó en la cama. Antes de darle las buenas noches, le susurró: “Hijo, nunca cuentes lo que ha pasado, será un secreto entre tú y yo. No estaría bien visto entre mis jefes”. Durante 43 años cumplió su promesa. Nunca quiso perjudicar a su padre y no dijo nada de su aventura espacial. Pero, hoy, iba a hacerlo.
– ¿Quieres vino? -le preguntó a Horacio que curioseaba entre los libros del pequeño mueble de madera.
– Sí gracias.

Pelayo se acercó a la ventana para cerrarla. Estaba entrando una brisa helada. Se asomó a ver si seguía lloviendo y, al mirar al cielo, vio que las nubes ya se habían marchado dejando hueco a la luna. Estaba inmensa, más grande que nunca. Permaneció unos minutos observándola y sintió que el clavo que tenía en el alma se caía. Cerró la ventana y respiró profundo.

– Entonces -insistió Horacio ¿qué es eso que tienes que contarme?

La luz de la luna iluminaba el suelo de la pequeña salita en la que iban a cenar. Por primera vez en toda su vida, desde aquel viaje clandestino, se sintió liberado. ¿Por qué iba a desvelar aquel secreto? ¿Por qué iba a manchar el expediente de su padre? ¿Por qué iba a quitarle el protagonismo a Collins de haber sido el único hombre que aquel histórico día orbitó alrededor de la luna?

– Eh… -le dijo Horacio abanando la mano delante de su cara- vuelve a la realidad que parece que estás en la luna. Te preguntaba qué es lo que me tienes que contar con tanto misterio.
– Nada importante -le respondió mientras un reflejo plateado entraba por la ventana- en realidad era una excusa para que vinieras a probar mi nueva receta de pollo al horno.

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