FIRMAS Marisol Ayala

Los invisibles del periodismo. Por Marisol Ayala

Observen y verán que estoy en lo cierto: Cada vez hay menos espacio en los medios de comunicación para esa gente que vive en la miseria, atada a las listas de esperas; los que han atravesado una y mil veces el umbral de la pobreza, esos ciudadanos desnortados que no tienen para donde virarse, que malviven abandonados a su suerte y que de pronto se han quedado siquiera sin la posibilidad de tocar en una puerta de papel, en una emisora, en una televisión que les responda y recoja su caso, su denuncia, su protesta. Ya no; los medios de comunicación viven una crisis de caballo con tiradas que bajan, redacciones que se recortan e inmersos en el periodismo de la desesperación, un periodismo en el que solo importan los números, las macro cifras, los recortes, la prima de riego y contentar al político local por si cae alguna subvención, pero los que viven fuera de esa órbita, los que piden ayuda para comer, que los hay, no existen. Son los invisibles del periodismo.

Aposté desde que me dedico a esta profesión por el periodismo social tan denostado en ocasiones por colegas que históricamente han preferido hablar o escribir de alta política; esos que desprecian a los marginados, a los que nadie escucha porque para algunos, para demasiados, es mucho más gratificante y postinero entrar en despachos de lujosas moquetas que hacerlo en una vivienda destartalada a escuchar qué necesita, de qué se queja la pobre mujer que llama con tenacidad a los medios y a la que engañan con un ”alguien le llamará”. Pero nunca llaman. No culpo a las empresas periodísticas porque de ellas hemos vivido y hoy hacen malabarismos para sobrevivir, pero sí creo tener autoridad suficiente para decir que me preocupa especialmente que el periodismo social, tan necesario siempre y ahora más, haya sido arrinconado porque está feo, no gusta, y empaña las portadas, las cabeceras. No son días para las malas noticias, no lo son para dar protagonismo a gente, a la pobre gente. ¿Es que me van decir que no hay decenas de casos sangrantes a la vuelta de la esquina, dignos todos ellos de ocupar espacios estrellas en un medio de comunicación?. Los hay y muchos.

Pero los tiempos han cambiado, el periodismo también; el periodismo del compromiso se acabó; se fue por la cloaca. Cada vez vemos, leemos o escuchamos menos testimonios de vecinos que lo pasan mal. En ocasiones hablo con compañeros jóvenes y debatimos de eso que llamamos periodismo de calle, ese que tiene como premisa salir a buscar la noticia, la historia, pero su respuesta, y es lógica, es contundente: horarios eternos, hacer mil cosas a la vez, tener que cubrir informaciones complacientes que solo importa a sus protagonistas. Sueldos pequeños, horarios grandes.

En fin, que esta semana escribo con lástima porque creo que ese no es el camino. O al menos no es el mejor porque la práctica de ese periodismo ha dejado muda a una legión de canarios que busca en las redes sociales un chateo que les permita denunciar a ciegas un caso extremo, una vivienda que no se entrega, una familia que pide ayuda, un desahucio, una ayuda puntual, una mano tendida que les corresponda.

Peso a todo yo me resisto a olvidar que periodismo es contar lo que pasa en la calle. Aunque no nos guste.

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