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La legión de los condenados: Sven Hassel. Por Eduardo García Rojas

El nombre de Sven Hassel poco o nada dirá a los que hoy consumen literatura de puro y duro entretenimiento pero créanme si les digo que en los años setenta y ochenta del pasado siglo XX se convirtió en un autor de cabecera para muchos jóvenes que no querían aprender a ser mayores.

Ya le dedicamos al viejo Sven un post en este mismo blog, por lo que aviso que si regresa es porque el escritor de origen danés que combatió –aseguraba– como soldado en un batallón de castigo del ejército alemán durante la II Guerra Mundial es porque tal día como hoy ha muerto a los 95 años de edad en su domicilio de Barcelona, ciudad con la que bautizó a uno de los legendarios personajes que protagonizaron sus emocionantes novelas bélicas.

No he vuelto a leer a Hassel, pero sí que fue un autor al que continuamente recurría cuando era un adolescente. Sus novelas me parecían entretenidísimas y nunca me cuestioné que lo que narraba fuera falso. Además, se trataban de historias que, supuestamente, contaba un sobreviviente del bando perdedor. Es decir, relatos donde se humanizaba a los alemanes. En este aspecto, digamos que las novelas de Hassel contribuyeron a que muchos lectores se diesen cuenta que no todos los alemanes fueron nazis. Es más, en algunos de sus libros los nazis –y dentro del grupo de camaradas había uno, al que apodaban Heide– resultaban bastante odiosos.

Sven Hassel debutó como escritor en la república de las letras con La legión de los condenados, quizá su novela más creíble aunque le falte el rabioso pacifismo que caracteriza uno de los mejores libros escritos en alemán sobre aquella contienda como es Carne paciente, de Willi Heinrich, más tarde reeditada con el título de La Cruz de Hierro, o las divertidas pero también algo oscuras aventuras que contempla el ciclo del soldado, más tarde cabo, sargento y teniente Asch de Hans Hellmut Kirst.

Con todo, La legión de los condenados junto a Camaradas al frente me parece de lo mejor de la producción literaria de Hassel, quien continuó explotando el filón del frente ruso en otras historias que solo son recomendables a sus fanáticos seguidores –que los tuvo y que aún los tiene– porque resultan enojosamente repetitivas, casi fotocopias de los dos títulos anteriores.

Cansado quizá de ese escenario, el escritor llevó a sus personajes también al teatro de operaciones de Monte Cassino, Grecia y Francia, aunque la mayoría de sus obras se desarrollan en los campos de batalla que horadaron la tierra de la madre Rusia. Un  frente amplísimo que se convirtió, afortunadamente, en la peor de las pesadillas de un ejército como era el alemán que se creía invencible.

La red está plagada de páginas dedicadas a Hassel, incluso hay una escrita por un escritor ultraderechista danés que pone en duda las experiencias bélicas del escritor. Una polémica más que rodea la producción literaria de un autor que si tuvo algo que los distinguió de otros soldados que intentaron volcar sus experiencias bélicas al finalizar la II Guerra Mundial es que tuvo la capacidad de atraer a lectores adolescentes que, como quienes les escribe, lo consideraron como uno de sus escritores de cabecera.

El secreto radica en que en todas sus novelas, llegó a escribir catorce, estaban protagonizadas por los mismos personajes, un grupo de canallas individualistas que respondían al nombre de Porta, El Viejo, Legionario, Hermanito…Soldados, en definitiva, que combatían por el compañero que tenían al lado y no por un país gobernado por la cruz gamada.

Como sucede con la mayoría de los escritores que te marcaron en un momento de tu vida, intenté no hace mucho volver a leer a Hassel con resultados desastrosos. De repente, descubrí que lo que me contaba en novelas como Gestapo, Los panzers de la muerte, Comando «Reichsführer» Himmler o Los vi morir no capturaban mi atención como antaño. De hecho, y aunque resulte un poco fuerte, me parecían todas ellas terriblemente aburridas y escasamente realistas.

Dejé esos libros a un lado, aunque confieso que continúan ocupando un puesto de honor en mi caótica biblioteca quizá porque es la única manera que tengo para rendirle el homenaje que significaron para mi cuando las devoré (es el verbo adecuado) siendo un adolescente. Un adolescente que se había iniciado en el universo de los libros a través del club de Los Cinco y los misterios presentados por Alfred Hitchcock para Los tres investigadores

Más tarde, afortunadamente, llegó La isla del tesoro, pero esa es otra historia.

Saludos, firme y con la mirada al frente, desde este lado del ordenador.

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