Sin categorizar

Un informe del señor Spock. Por Eduardo García Rojas

Quiero compartirlo en redes

He detectado que tres noticias han aireado este verano el aroma a cieno de la España negra que caracteriza a un país cuyo puzzle parece fue armado por la mente de un dios jarto de vino.

Ya se ha hecho referencia a la jocosa restauración del Ecce Homo emprendida por una mujer que, al hacer un favor a su Iglesia, nunca le pidió a ese mismo dios al que adora los diez minutos de fama que le vomitó y que han terminado por convertirla en tomatina a través de la cual dar salida a todos los bajos instintos que como especie caracteriza a los habitantes de este país al que se me ha teletransportado desde la nave Enterprise.

El segundo aviso es el tratamiento informativo que ha rodeado a la todavía extraña desaparición de lo que ya se conoce como Caso de los niños de Córdoba.

Se presenta a un presunto asesino, un tal José Bretón, como culpable al que ahora quieren describir como un Aníbal Lécter del extrarradio.

La furia popular, sin ir más allá de los catastróficos errores policiales que han venido caracterizando esta investigación, exige una justicia contundente contra un señor que, en nuestra civilizada sociedad y hasta que la Justicia demostrase lo contrario, aún sería inocente.

La tercera noticia a la que hago referencia es el extraño caso de un vídeo que circula por esa red que se conoce en este planeta como Internet y en el que una concejala socialista de un pueblo perdido hasta el día de hoy de Toledo, Olvido Hormigos, la muestra recurriendo al vicio más solitario pero también placentero del mundo. Ignoro cual es ese vicio, aunque el capitán Kirk está de acuerdo en que lo exprese así en este informe al tiempo que le guiña el ojo a la teniente Nyota Uhura.

En eso que conocen como Internet, los foros arden. En los medios de comunicación los articulistas sacan conclusiones peregrinas y el escenario, como si de una guerra civil se tratara, posiciona a los que apoyan y a los que la lapidan a esta señora.

Ninguno, sin embargo, esgrime razones suficientes para lo que entiendo  es una cortina de humo.

Concluyo así que estoy explorando un país de paletos.

O magos, así se los conoce en una de sus regiones. O comunidad autónoma.

Me pregunto, tomándome la licencia como vulcaniano, ¿qué se va a pedir a un pueblo que se niega al reflejo de su pasado?

Que ignora sus grandezas y derrotas porque está más preocupada en echarle la culpa a un chivo expiatorio que justifique su errática integración en una Europa de mercaderes.

Es lo que reconocen como Europa.

Una civilizada Europa donde acontece un misterioso asesinato en los Alpes franceses.

A medida que avanza la investigación se están filtrando detalles nuevos que, seguramente, serán desmentido pasado mañana.

Leo en alguna parte que una de las tres víctimas es un ciudadano británico de origen iraquí de nombre Saad al Hilli que trabajaba para los servicios secretos británicos.

Londres, nada más conocer la noticia, lo desmiente.

Sobreviven a este espantoso crimen dos niñas de cuatro y ocho años.

La primera fue descubierta bajo el cuerpo de su madre, acribillada a balazos por un “profesional” o “profesionales”.

La policía descubre quince casquillos de balas.

Balas que arrancan la vida del padre, la madre y la abuela…

Leo con interés cuanto se publica del caso porque casi se parece al argumento de una novela de John Le Carré. Exacto, capitán Kirk, ese autor que me recomendó aquel día en el que me vio embajonado por intentar comprender a los de su especie.

Lamento apuntar, sin embargo, que sospecho que todo cuanto dicen los suyos es una monumental mentira.

E ignoro –tampoco me importa– el objeto de esa mentira.

Digamos que entiendo que esa dictadura que usted denomina como democracia es la que esa especie de buldog que respondía al nombre de Churchill calificó como “el menos malos de los sistemas políticos.”

Un sistema que en España, mientras tanto, hace célebre a una señora de su casa, condena a la hoguera a un presunto asesino y se rasga las vestiduras por una concejala socialista que se grabó –clama que privadamente– masturbándose.

Como vulcaniano creo que todos ello son protagonistas involuntarios de la gran fiesta nacional, la que forma el celtiberia show que en su momento acuñó un hermano vulcaniano, Luis Carandell, cuando retransmitía como nuestro embajador sus crónicas parlamentarias.

Un extraterrestre, Julian Assange, mientras tanto, continúa haciendo su vida en la embajada de Ecuador en Londres, capital de la civilizada hasta el día de ayer, Gran Bretaña.

Claro que ya nadie se acuerda de Assange…

Imagino que un día de éstos alguien le volará la tapa de los sesos y aquí no pasará nada.

En España, mientras tanto, los foros se ponen al rojo vivo ante el anuncio de que los Toros regresan a TVE, exigen pena de muerte a Bretón, llaman héroe o puta a la concejala socialista y aún colea la restauración naïf del Ecce Homo

Es decir, que ya nadie se acuerda de los incendios que han devorado los bosques de esta parte de la geografía del planeta azul. Y asunto, probablemente, que ha sido el único en unir pareceres tan diferentes en un país confuso y contradictorio como en el que me encuentro.

Hablo con un señor que solo tiene un ojo.

Dice llamarse Señor Ojo.

Reivindica, con un espantoso olor a ginebra barata: “que regrese el talento que caracterizó a nuestros Pacos.”

Y añade: “Francisco de Quevedo y Francisco de Goya para mostrarnos lo que realmente somos.”

Acto seguido, y por recomendación del teniente comandante Scott se me teletransporta a Canarias, donde además de vivir con una hora menos sus habitantes llevan una existencia al margen, algo así como aquí no pasaaaa nadaaaa.

La mayoría de ellos, además, se está convirtiendo a un curioso y reciclado fenómeno de lo que se conoce como flower power.

En parte se debe, reflexiono, al regreso de los últimos de Filipinas, que es como se conoce a los que hasta el día de ayer intentaban buscarse la vida en otros territorios y que ahora apuestan en casa por fórmulas retroinovadoras que aprecio aunque perciba lo endeble de sus propuestas.

Todos ellos, además, visten con disfraces multicolores pero hieden a caspa y a indigencia…

Quizá sea el momento de que reivindiquen el espíritu de sus Pacos.

Un tal Quevedo y Goya.

Fin del informe.

Solicito que se me teletransporte YA a la Enterprise.

Saludos, larga vida y prosperidad, desde este lado del ordenador.

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