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Haces que quiera ser mejor persona. Por Eduardo García Rojas

No sé cuanto tiempo ha pasado desde que te vi la última vez. No importa, porque cuando te recupero de tarde en tarde me haces igual de feliz. Carajo, es como si la edad te hiciera más interesante y hermosa.

Y parece imposible, tan imposible que si busco alguna explicación la asocio a una desconcertante conjunción de planetas, a un conjuro con el príncipe de las Tinieblas aunque sepa, tremendo idiota, que las cosas bellas por honestas relucen eternamente porque tienen lo que los cursis llaman alma.

Escribo este post como una carta de amor, recurriendo a todos los floridos adjetivos que se me ocurran porque este tarde volví a verte y estabas como siempre…

Lo escribe alguien que te conoce en toda tu extensión… Y que continúa mesmerizado por tus encantos.

Y entiende que eso es así porque en ti se concentra todo lo mejor que puede haber en una persona. También en una película colosal y compleja pero que dirigida con la sencillez de un maestro, te arrebata y te hace soñar que todo es posible porque existe honor y esperanza. Palabras, soy consciente, de muy poco uso en estos días fúnebres que se han empeñado que vivamos.

Tienes un nombre, digámoslo de una vez: Horizontes de Grandeza (The Big Country, William Wyler, 1958), una película que para mi no es una película sino algo más. 

Sé que eres un largo, pero largo largometraje. Pero es que todavía me noqueas y desarmas. Y sé que eres un largo, pero largo largometraje en el que siempre puedo confiar cuando las tormentas de la depresión visitan mi centro de operaciones.

Esta tarde, aplatanado por el calor, vuelvo a entregarme a ti y nada más escuchar los primeros compases de la vibrante banda sonora de Jerome Moross las telarañas de mi cabeza comenzaron a rasgarse porque tú penetraste como un delicado punzón en mi cabeza y puso orden donde hasta ahora solo había tanto desorden.

Y comprendo, mientras escribo estas líneas, que probablemente seas no ya uno de los mejores western de la historia del cine, sino que saltas la frontera del género para convertirte –es mi juicio como rendido enamorado– en una de las mejores películas de la historia del cine.

¿La razón de que continúes ayudándome a seguir adelante?

Que no cuentas una historia sino muchas historias.

Que exploras con una poética que se me antoja demoledoramente delicada la familia, el amor, la enemistad, el poder. La razón de ser y que personificas en la lucha que sostienen esos dos titanes envejecidos que contribuyeron a forjar ese gran territorio y que en el fondo, caramba, sabes que se respetan porque se detestan.

Las dos caras de una misma moneda.

Pasen, pasen y vean antes de que la Señora de la Guadaña llame a su puerta una película por la que siento tanto amor. Déjense contaminar por ella.

No te falta ni sobra nada.

Muestras en planos generales cómo los protagonistas se confunden con el agreste paisaje para mostrar, con una insólita belleza, el espectáculo de la vida.

Logras que comprenda, y admire, a esos dos caciques taciturnos y taimados (Burl Ives y Charles Brickford) con su confuso sentido del honor.

Que me desmorone ante ese marinero del Este (Gregory Peck) que sabe que un caballero nunca hace gala de su fuerza.

Que me llene de congoja esa prometida caprichosa y con un sospechoso complejo de Electra. (Carroll Baker)

Y que me rinda ante la maestra frágil, solo en apariencia, porque es sólida como un roble (Jean Simmons).

También a que lamente la existencia de ese capataz que sería capaz de entregar su vida al hombre, aunque sea vil e hipócrita, que lo recogió siendo un niño y lo cuidó como un padre (Charlton Heston).

O que sienta pena por ese canalla vulnerable (Chuck Connors) que ha sido doblegado por su progenitor.

Conmovedor su “pa…” Siempre en versión original.

Pero sobre todas las cosas, la manera en que me enseñaste lo que significa la tierra. El territorio. El enorme paisaje en el que todos ellos se mueven como hormigas.

Te amo porque más que en los diálogos, hablas a través de tus delicados silencios.

Me has vuelto a emocionar con escenas como la del combate que enfrenta a Gregory Peck y Charlton Heston. O el cruce de miradas entre Peck y Jean Simmons. O el duelo “con armas de caballeros” que mantienen Peck y un excelente Chuck Connors. O la escena del beso entre Heston y Baker, tórrida y letal. Tan letal porque lo que es Amor se mezcla con Odio. Desprecio.

Pero por encima de todos estos destellos y de sus excelentes protagonistas, reconozco la mirada de un cineasta veterano que cuenta una historia diseminándola por un paisaje que ahoga por su enormidad y en el que “es muy fácil perderse.”

Entiende por ello que no pretenda con este post hacer una crítica sino mi intención de ser como una especie de baliza (paliza) de ti.

De compartirte con otros para que, quien te descubrió siendo un niño, más tarde un adolescente y un joven despistado, le sirva, como me has servido a mi para que un hoy escéptico quiere recuperar de pronto la cordura del optimista.

Esa, y no otra, es la grandeza de lo que llaman cine.

Y no porque cuentes una gran historia, porque en este caso la gran historia son tus personajes, sino porque detrás de ti hubo un paciente orfebre que conocía –y no de oídas– la épica grandeza de los personajes.

Te amo.

Siempre que te veo, logras que salve la vida.

Tanto, que hace apenas unas horas y mientras hablaba por teléfono con un amigo que quiere verlo todo negro, me preguntaba: ¿Y tú, cómo es que estás tan optimista?

La mano del destino quiso que cuando iba a responderle se cortara la llamada.

Espero ahora, si lee estas líneas, que comprenda que fue porque vi precisamente esta tarde: Horizontes de grandeza.

Saludos, qué grande fue el cine, desde este lado del ordenador.

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