FIRMAS Juan Velarde

Arde Garajonay. Por Juan Velarde

Garajonay se quema, sigue ardiendo y se ha perdido ya una parte importante de su valor ecológico. Sólo la buena labor de los equipos de bomberos, de los pilotos de los hidroaviones y la valentía de la gente del lugar han conseguido, por el momento, limitar las llamas a una zona concreta. Eso sí, los políticos, los de un color y los de otro, siguen echando gasolina al fuego con sus absurdas declaraciones sobre quién tenía la responsabilidad en el incendio. Les da igual lo que se haya perdido, lo que realmente les interesa es ocultar su competencia o, lo que es lo mismo, hacer gala de una incompetencia extrema. Total, dirán, aún no es época de elecciones y para entonces ya no quedarán rescoldos que hagan variar la votación de turno.

Desde luego, si para un incendio tenemos que estar coordinándonos entre tres o cuatro estratos administrativos (estatal, regional, insular y local), mal vamos. Al final, en vez de sumar esfuerzos, lo que se provoca es una contradicción de órdenes, papeles que no llegan, mensajes que se contradicen o presidentes que salen a decir “déjenme a mí solo, que esto lo tengo controlado” para que a las 48 horas las llamas se reaviven y el daño se multiplique hasta extremos insospechados.

Por supuesto, las administraciones no pueden ser responsables de la existencia de un pirado-pirómano que le dé por prender un mechero o una cerilla y que el monte se incendie tan rápidamente como la velocidad de la luz. Sin embargo, habrá que empezar a pensar en que todos han sido unos dejados a la hora de no pedir bases permanentes de hidroaviones y otros por no habilitarlas antes, precisamente, de que suceda el mal (y no es la primera vez que en Canarias se sufren estos pavorosos fuegos).

Tampoco hay que olvidar que poco a poco en España se produjo el desmantelamiento, a mediados de los años 80, de una institución como el ICONA y sus siempre atentos guardas forestales, auténticos conocedores del terreno, responsables de tener siempre adecentados los montes y, sobre todo, las zonas por las que podían penetrar los vehículos en caso de que se produjera un conato de incendio. Ahora, sin embargo, se depende de la buena voluntad de los vecinos, que suelen ser el primer ‘batallón’ que hace frente al fuego antes de que lleguen los profesionales que, desgraciadamente, suelen tener alejados los políticos.

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