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Gore Vidal, el último clásico. Por Eduardo García Rojas

Con la muerte de Gore Vidal desaparece una de las voces más sensatas y reformistas de la literatura norteamericana de nuestros inestables tiempos. Estaba a punto de cumplir noventa años y su cabeza continuaba igual de bien ordenada que en su época de más rabioso esplendor. Para entender lo que ha significado la historia de los Estados Unidos, es inevitable refugiarse en la obra del escritor para asumir las altas y bajas pasiones de un país que se ha transformado en algo así como la nueva Roma desde la segunda mitad del siglo XX.

Llegué al escritor a través de uno de sus libros más ambiciosos y recomendables, Lincoln, probablemente la mejor biografía de quien todavía sigue siendo reconocido como el mejor presidente de Estados Unidos. Me lo regaló un buen y querido amigo en un cumpleaños, y se trata de uno de esos presentes afortunados que de vez en tanto te hacen la vida un poquito más feliz.

Lincoln es un volumen pródigo en páginas que se leen con insólita rapidez porque propone un retrato psicológico y controvertido acerca de una de las figuras más sagradas de la iconografía estadounidense.

Vidal despedazada con el cariño y la paciencia de un cirujano su vida, su forma de hacer política y en especial su modo de enfrentarse a una de las mayores crisis de la historia de su país como fue la Guerra de Secesión. Fue además uno de los primeros pensadores norteamericanos que se atrevió a desmontar algunos de los mitos que han ido tejiendo la figura de este presidente, destacando su habilidad para hacer política, que es algo así como su talento para el arte de la mentira.

Gore Vidal continuó repasando la historia de los Estados Unidos en otras novelas claramente políticas como Washington D.C., Imperio y Hollywood, entre otras, y al parecer se encontraba trabajando en la actualidad en uno de los hechos históricos que contribuyó al crecimiento y al carácter de esa sin embargo gran nación como fue la guerra que sostuvo contra Méjico en 1848. Hecho que demuestra que, pese a su edad, el escritor seguía explotando el pasado de su país para llegar a comprender muchas de las claves que lo identifican con su turbio presente.

Vidal, que conoció a lo mejor y a lo peor de la intelectualidad de su tiempo, dejó también escritas una serie de novelas de ciencia ficción que deben de ser leídas como apasionantes sátiras sobre la condición humana. En este sentido, son muy recomendables su excelente Kalki y Mesías.

En el terreno de la ficción histórica es autor también de Justiniano, el apóstata, una obra maestra donde estudia la vida del último emperador romano que intentó frenar el avance del cristianismo, recuperando las tradiciones paganas del Imperio. Justiniano, el apóstata es una novela que genera desasosiego, aunque su mensaje es ejemplar para los que ponemos en duda la existencia de un más allá teledirigido desde el más acá por una jerarquía eclesiástica que sostiene una farsa para mantener cierto orden social.

Me dejo muchos títulos del escritor en el tintero, pero es que Vidal cuenta con una obra amplia y ambiciosa a la que nunca le faltó inteligencia y en ocasiones un razonable sentido del humor como es su delirante Myra Breckinridge, donde reflexiona en clave de comedia sobre la transexualidad, y una serie de ensayos donde la mayoría de sus lectores es donde más lo reconocen.

En este sentido, es muy recomendable la correspondencia que mantuvo con Timothy McVeigh, autor del atentado de Oklahoma, y relación por la que fue muy criticado desde las más altas instancias en su propio país.

Con el pseudónimo de Edgar Box escribió tres novelistas de misterio protagonizadas por el detective Peter Sergeant, divertimentos brillantes que garantizan una gozosa lectura.

Gore Vidal cuenta además con un delicioso libro de Memorias –estaba trabajando últimamente en el segundo volumen– y atractivos, aunque por normal general frustrados, tanteos como guionista en el cine como son sus colaboraciones en películas como Ben Hur, Calígula, así como The Best Man, Un marciano en California, comedia con Jerry Lewis que adaptaba su obra teatral Visit to a Small Planet y ¿Arde París?, entre otras.

En la producción Satyricon y en la cinta de ciencia ficción Gattaca hace incluso simpáticos cameos.

Con Vidal desaparece, ya lo decimos en el título de este post, probablemente el último gran clásico de la literatura norteamericana. Un gigante necesario y al que recurrir para enfrentarnos al desmoronamiento del que últimamente somos víctimas ¿involuntarias?

Saludos, ha muerto un coloso en la república de las letras, desde este lado del ordenador.

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