FIRMAS

Las cabezas de león del escudo de Santa Cruz de Santiago de Tenerife. Por José Manuel Ledesma

Cuatro días después de la victoria de los tinerfeños sobre los británicos, (29 de julio de 1797) las fuerzas vivas del Lugar, Puerto y Plaza de Santa Cruz se reunieron en asamblea popular, en la iglesia del Pilar, para nombrar compatrono al Apóstol Santiago y solicitar al rey Carlos IV el privilegio de Villa Exenta con jurisdicción propia y un escudo de armas.

La iniciativa de la petición a S.M. se debió al comandante general de Canarias, Antonio Gutiérrez, que así lo sugirió al Alcalde Real, Diputados y Síndico Personero del Puerto y Plaza.

La recopilación de datos para formar el escudo de armas, que expresan claramente nuestras señas de identidad, la llevó a cabo el Síndico Personero y prestigioso abogado José de Zárate y Penichet.

La concesión del título de Villa Exenta y el Escudo de Armas, solicitado por el general Gutiérrez, fue otorgado por designación Real el 28 de agosto de 1803.

A partir de esa fecha, este “Lugar” pasaría a llamarse Muy Leal, Noble e Invicta Villa, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago de Tenerife.

La primera Corporación Municipal, presidida por el alcalde José Maria de Villa se constituyó el 7 de diciembre de 1803.
El título de Ciudad lo recibió el 29 de mayo de 1859.

El 17 de octubre de 1821, las Cortes Extraordinarias, reunidas en Madrid, designaron a Santa Cruz de Santiago de Tenerife como Capital de las Islas Canarias.

El 27 de enero de 1822, el rey Fernando VII promulgó la ley por la que Santa Cruz se convertía en la primera capital oficial de Canarias, título que ostentó hasta la división provincial de 1927

 

 

La descripción oficial del Escudo de la Muy Leal, Noble, Invicta, Fiel y Muy Benéfica ciudad de Santa Cruz de Santiago de Tenerife, es la siguiente:

LA CORONA del reino de España que lleva por cimera es el símbolo de lealtad y nobleza.

EL ESCUDO OVALADO ondeando, de color azul por el Océano Atlántico que baña las costas de la ciudad.

LAS DOS RAMAS verdes que lo rodean, una de laurel (victoria) y la otra de roble (fortaleza) corresponden al título de ciudad invicta.

LA CRUZ, verde, Fundacional de la Ciudad a la que dio nombre, es con la que el Adelantado Alonso Fernández de Lugo celebró la primera misa en la playa de Añazo el día 3 de mayo de 1494.

LA ESPADA O CRUZ DE SANTIAGO que asoma detrás de la Cruz Fundacional y que atraviesa la tercera cabeza de león se debe al triunfo conseguido sobre los invasores ingleses el 25 de julio de 1797, festividad del Apóstol Santiago (compatrono de la Ciudad). La insignia es de color rojo por serlo de la Orden y por la mucha sangre que el desembarco costó a sus enemigos.

UNA ISLA, la de Tenerife, con su famoso Teide, blanco de plata, por la nieve que lo cubre y por su acendrada fidelidad.

TRES CASTILLOS, San Cristóbal, San Juan y Paso Alto, de color plata por el valor que han tenido siempre en su defensa.

CUATRO ANCLAS por la importancia de su puerto, germen de la vida y la economía. De color plata por su limpieza e importancia y por las riquezas que en él se han salvado de la codicia enemiga.

CRUZ DE PRIMERA CLASE DE LA ORDEN CIVIL DE BENEFICIENCIA, CON EL TÍTULO DE MUY BENEFICA, con galardón y cinta, por el excepcional comportamiento de los habitantes de Santa Cruz durante la epidemia de cólera de 1893. Fue concedida por la reina regente María Cristina de Austria, madre de Alfonso XIII -decreto de 23 de abril de 1894-

FIEL en reconocimiento a su fidelidad a la monarquía y a la colaboración de su pueblo con la Junta Suprema de Canarias, máxima autoridad en las Islas en 1808, cuando la invasión napoleónica a la España peninsular.

 

 

TRES CABEZAS DE LEÓN -animal heráldico de la cimera del escudo de la Gran Bretaña- por las tres victorias logradas sobre los almirantes ingleses Blake (1657), Jennings (1706) y Nelson (1797) en su intento de invasión. Son de color negro por el carácter traicionero de estos ataques.

PRIMERA CABEZA DE LEÓN (30 de abril de 1657)
El almirante Robert Blake (1599-1657) salió de Inglaterra en la primavera de 1656, al mando de una flota de 26 navíos con la misión de impedir las comunicaciones de España con su imperio americano. Su primer objetivo lo consiguió en la bahía gaditana, al destruir cinco de los ochos galeones de la flota de Indias y obtener un botín de dos millones de pesos. El bloqueo lo mantuvo hasta que llegara la siguiente flota.

Una segunda flota, compuesta de dos galeones y nueve navíos mercantes, había salido de La Habana, a finales de diciembre, al mando del almirante Diego de Egues Viamont. Después de una breve escala en La Palma, en febrero de 1657, llegó al puerto de Santa Cruz con el fin de reparar un palo de la nao capitana.

Enterado de las intenciones de los ingleses, desembarcó la plata que venía en los barcos y la depositó en La Laguna, mientras que los 26 cañones de su escuadra pasaban a engrosar la artillería de la Plaza, logrando en total 99 piezas.

La noche del 29 de abril, un velero procedente de Gran Canaria avisó de la llegada de 33 barcos ingleses con ánimo de sorprender a la flota que se encontraba fondeada en el puerto; al momento se toca a rebato y las defensas, con más de 12.000 hombres, se sitúan en los castillos, baterías y en la murallas que hacían de Santa Cruz una fortaleza inexpugnable; pero se cometió el error de colocar la flota de tal modo que impedía la visibilidad y los tiros del castillo de Paso Alto.

A las ocho de la mañana del 30 de abril de 1657, el viento favorable acercó a los ingleses al fondeadero y, sin necesidad de maniobras, pasaron entre la capitana (Jesús María) y la almiranta (La Concepción), protegiéndose de los tiros del castillo de Paso Alto.

Al comprobar Diego de Egues que las fuerzas contrarias eran superiores, consideró que era inútil la defensa por lo que, antes de entregarse al enemigo, prendió fuego a las embarcaciones de la flota que quedó reducida a pavesas.

Blake continuó durante diez horas batiendo nuestras fortalezas, con un fuego vivísimo, a lo que las nuestras le correspondían mostrando una gloriosa resistencia; al llegar la oscuridad de la noche, la escuadra inglesa zarpó precipitadamente, llevándose de botín al desarbolado El Gobierno y a nueves maltrechos buques.

Blake confesó que sus pérdidas ascendían a 50 muertos y 120 heridos, mientras que los historiadores canarios consideran que fueron más de 500 ingleses los que fallecieron. De los habitantes de Tenerife sólo murieron cinco, aunque hubo muchos heridos.
La fortaleza de Paso Alto fue la que más daño recibió pues sobre ella cayeron 1200 balas y 200 palanquetas; además, las balas que impactaban en el risco desprendían muchas piedras que caían sobre sus instalaciones.

El tesoro, asegurado en nuestra Isla, junto con la tripulación, regresó a Cádiz en una escuadra española.

Por todo ello, el Rey Felipe IV, concedió al Escudo de Santa Cruz LA PRIMERA CABEZA DE LEÓN, extraída del blasón de armas inglés, a la vez que permitió despachar para América cinco registros de mil toneladas durante tres años.

 

 

Curiosidades de esta batalla
Uno de los gestos que realzó la gloria de esta batalla, fue la presencia en el castillo de San Cristóbal de doña Hipólita Cibo Sopranis, esposa de Fernando Esteban Guerra de Ayala, alcaide del Castillo; la cual, se negó a marchar a lugar seguro (La Laguna) junto con las otras mujeres, ancianos y niños, y permaneció en la explanada del recinto ayudando a cargar armas, alcanzando municiones, haciendo cartuchos, consolando a los heridos y dando de beber agua a los soldados.

Otro personaje notable fue un Alférez del Tercio de La Laguna; el cual, entró en el convento de San Miguel de las Victorias, tomó el velo que cubría la venerada imagen del Santísimo Cristo, lo izó en un mástil, como si fuera una bandera, y lo llevó a hombros durante la contienda.

También, en el bando contrario, el pirata inglés Wiliam Sadlington, un asiduo visitante nocturno del puerto de Santa Cruz, se traslado hasta la costa gaditana, el 23 de abril de 1657, para entregarle a Blake un plano de la bahía tinerfeña con la disposición de la flota de la Nueva España: dos galeones de guerra, doce navíos al ancla, y los trece navíos del comercio con las Indias. Por esta información, Blake le pagó la ridícula cantidad de 100 libras esterlinas.

 
SEGUNDA CABEZA DE LEÓN (6 de noviembre de 1706)
En plena guerra de Sucesión, una armada inglesa de trece navíos, con 800 cañones, al mando del almirante Sir John Jennings (1664-1743), intentó apoderarse de la mayor y principal isla del Archipiélago Canario, en nombre del pretendiente a la Corona española, el Archiduque Carlos.

En la tarde del 5 de noviembre de 1706, los vigías de las atalayas de Anaga avisaron de la proximidad de una formación naval. Al principio se pensó que se trataba de mercantes en viaje hacia América; no obstante, en Santa Cruz se concentraron más de 4.000 milicianos de La Orotava y La Laguna, los cuales se situaron en distintos puntos estratégicos.

Al amanecer del día 6, los veleros ingleses se acercaron al Puerto, utilizando como estrategia la bandera francesa, pero cuando se encontraban a una distancia conveniente procedieron a colocarse en orden de combate e izaron el pabellón inglés. El Gobernador del castillo de San Cristóbal, Gregorio de Samartín, ordenó abrir fuego contra las naves, al que siguieron su ejemplo el castillo de San Juan y todas las baterías de la costa. Dos horas de intenso cañoneo llevaban atacantes y defensores cuando los ingleses arriaron 37 lanchas con hombres de desembarco. Terrible fue la equivocación de Jennings, pues cuando estaban al alcance de los cañones, éstos abrieron fuego y las frágiles embarcaciones y algunos navíos que se acercaban a protegerlas, tuvieron que retroceder. Por segunda vez, las lanchas intentaron aproximarse, y de la misma manera tuvieron que girar en redondo y ampararse al costado de los navíos.
A las tres de la tarde, Jennings envió a tierra un mensajero con una caballerosa carta en la que decía que venía como amigo, que se disculpaba de su ataque, el cual atribuía a la precipitación de sus capitanes, y que todos los que se declararan fieles a Su Majestad Católica el rey Carlos III, continuarían con sus empleos.

Don José de Ayala y Rojas, comandante de la plaza, ante la ausencia del capitán general Agustín de Robles, le contestó que Tenerife se reconocía fiel servidor a su rey y señor don Felipe V.

Viendo el almirante inglés la firme respuesta de los tinerfeños y considerando el daño que ya habían recibido del fuego de la Plaza, desplegó sus velas y se alejó de Tenerife en el crepúsculo de aquel glorioso día, 6 de noviembre de 1706.
El fracaso de la estrategia de Jennings, le daría al escudo de Santa Cruz la Segunda Cabeza de León, extraída del blasón de armas inglés.

 


Curiosidades de esta batalla
Los tinerfeños llamaron a esta batalla Guerrilla de Caramanuel, debido a que el líder político y militar que gobernaba en esos momentos en Inglaterra era Cronwell (1599-1658).  El nombre de Cronwell, traducido al canario, resultó ser: Caramanuel.

 
TERCERA CABEZA DE LEÓN (25 de julio de 1797)
Durante la guerra con Gran Bretaña, la escuadra británica derrotó a la española en el Cabo de San Vicente, el 14 de febrero de 1797, bloqueando de esta forma el Puerto de Cádiz.

Dos meses más tarde, catorce lanchas de la fragata inglesa Terpsichore -que mandaba Richard Bowen- se acercaron al navío español Príncipe Fernando que se encontraba fondeado en el puerto de Santa Cruz, con importante cargamento procedente de Isla Mauricio para el puerto de Sevilla, lo abordan, y lo sacan de la bahía sin recibir resistencia, llevándose prisioneros al segundo capitán José Zabala y a dos marineros.

En otro golpe audaz, ocurrido en el mes de mayo, capturaron de la misma manera a la corbeta francesa La Mutine que, procedente del puerto de Brest, en tránsito hacia la India, estaba fondeada en la bahía para abastecerse de víveres y agua. Estas hazañas hicieron pensar al gobierno inglés que sería fácil adueñarse del Puerto y Plaza de Santa Cruz; para ello, nombraron al contralmirante Horacio Nelson (1758-1805), en ese momento inactivo en la localidad gaditana, que tomara el mando de la armada con la cual se llevaría a cabo el planeado ataque.

La madrugada del día 22 de julio de 1797, el vigía de Anaga, Domingo Izquierdo, divisó una gran flota inglesa formada por cuatro navíos de alto bordo, tres fragatas, un cúter o buque rápido y una bombarda, en total 393 cañones. Una vez se dio la señal de alarma, el comandante general Antonio Gutiérrez (1729-1799) reunió y distribuyó, según el plan previsto para la defensa, a las tropas regulares, a las milicias de Canarias, a los voluntarios, y a los 110 marinos franceses de la fragata La Mutine que, al mando del Capitán Paumier, también combatieron al lado de los tinerfeños.

Nelson sabía que al Norte del lugar -conocido como Santa Cruz- estaba la fortaleza de Paso Alto que, con sus 16 cañones y 87 artilleros, impedía que los barcos enemigos entraran al Puerto; por ello, creyó que lo más conveniente sería desembarcar por el barranco de Bufadero, adentrarse por su valle y después bajar por Valleseco o Tahodio con el fin de atacar por la retaguardia al Castillo de Paso Alto y dominar finalmente la Plaza. A media mañana, los 900 hombres subieron hasta la montaña de la Jurada encontrándose con un terreno abrupto y con los soldados y voluntarios tinerfeños que le impidieron la toma del Cerro de la Altura, clave para el control de la ciudad.

El 23 fue de calma. Nelson reunió en el Theseus -nave capitana- a sus oficiales y estudió la estrategia que, al día siguiente, llevarían a cabo; esto fue, un intenso bombardeo contra el castillo de Paso Alto, el cual respondió al fuego ayudado por el de San Miguel.

Tras el fracaso anterior, el Almirante prepara un ataque nocturno por sorpresa, al objeto de coger de improviso a los defensores de Santa Cruz. Con el mayor sigilo posible, dispuso que las lanchas no llevaran luz y que sus remos fueran cubiertos con trapos para evitar el ruido. En la medianoche del 24 al 25 de julio, los asaltantes iniciaron la maniobra acercando los botes, con unos 1.000 hombres, al lugar previsto -la playita y desembarcadero cercano al Castillo Principal-. Aunque los tinerfeños fueron alertados por la fragata española Reina Luisa, fondeada en la bahía, los ingleses consiguieron apoderarse de la batería del Muelle, inutilizando sus cañones.

Acto seguido, desde los castillos de San Cristóbal y San Pedro, comenzó un cañoneo cruzado, a la vez que las tropas acudían al punto del desembarco que, al ser muy reducido, facilitó el tiroteo y originó la muerte del Capitán Richard Bowen y muchos de sus marinos. Casi a un tiempo, el cúter Fox, que escoltaba a las barcas, recibió un cañonazo por debajo de la línea de flotación, hundiéndose junto con su Capitán Gibson, los 300 tripulantes, la pólvora, los víveres y el material de asalto.

A pesar de la resistencia tinerfeña, los británicos prosiguieron su ataque alentados por Nelson, quien llegó en una lancha, pero, cuando se disponía a pisar tierra y sacaba su espada para animar a los soldados, una bala del cañón Tigre, emplazado la noche anterior en una tronera desde la que se batía el muelle, lo alcanzó en el brazo derecho, por lo que hubo de ser trasladado al Theseus donde un cirujano se lo amputó a la altura del codo. Con la pérdida de Nelson y otros capitanes, los ingleses quedaron sin mandos que dirigieran sus operaciones.

Los que desembarcaron en la playa de la Caleta o de la Aduana y en el barranco de Santos o de la Carnicería formaron dos grupos y actuaron cada uno por su cuenta: el que mandaba Troubridge estaba compuesto por 700 hombres, los cuales penetraron por las calles de La Caleta (General Gutiérrez), el Sol (Dr. Allart) y las Tiendas (Cruz Verde), con tambor, pífanos y banderas llegando hasta la Plaza de la Pila, donde fueron contenidos por la tropas de la Isla. La otra compañía, dirigida por Samuel Hood, subió por el barranco hasta la iglesia de la Concepción, con la intención de tomar el convento de Santo Domingo (Teatro Guimerá).

 

Al amanecer, sendos bandos confiaban en que vinieran a auxiliarlos pero las 15 lanchas que se aproximaban en su ayuda fueron cañoneadas y hundidas, y las que habían quedado varadas en la playa fueron destrozadas por los tinerfeños. Ante esta situación, enviaron a parlamentar a un sargento inglés, acompañado por un par de vecinos de Santa Cruz que tenían como prisioneros y quienes corroboraron que la mayoría de las vías y plazas de la ciudad estaban ocupadas por los extranjeros. El General Gutiérrez no se amedrentó por tales informaciones diciéndoles que sólo oía proposiciones de ajuste a través de un oficial y que la Isla tenía sobradas municiones y guarniciones para hacerles frente. Seguidamente, un Teniente Coronel inglés fue a entrevistarse con el General Gutiérrez para manifestarle, bajo juramento, que si se le dejaba reembarcar con sus tropas, armas y banderas desplegadas, su escuadra no dañaría ninguna de las Islas Canarias.

Después de este fracaso, al mediodía del 25 de julio de 1797, los soldados británicos formaron en la Plaza de la Pila (Plaza de la Candelaria) y desfilaron con todos los honores ante los vencedores, embarcando, acto seguido, en las lanchas tinerfeñas que los llevaron hasta sus barcos.
Nelson, impresionado por tan bondadoso gesto y trato, el cual traduce fielmente los nobles sentimientos que caracterizan al pueblo tinerfeño, dirigió al General Gutiérrez un documento, escrito con su mano izquierda, en el cual expresó su agradecimiento por tales deferencias, a la vez que se convertía en el mensajero de su propia derrota, la primera y la única que recibió.
La frustrada invasión costó a la Armada de S.M. británica la muerte de 22 oficiales y 300 marinos. El precio de la victoria para Tenerife fue de 24 muertos y 38 heridos.

La capitulación de Nelson supuso para el Escudo de Santa Cruz su Tercera Cabeza de León, extraída del blasón de armas inglés.

Curiosidades de esta batalla
En la madrugada del 22 de julio de 1797, una mujer (anónima) que venía caminado desde San Andrés, por la estrecha y peligrosa vereda costera, a vender sus productos al mercado, advirtió como se acercaban a nuestras costas gran cantidad de lanchas de desembarco.

Con el fin de que los atacantes no le cortaran el paso, nuestra heroína aceleró su marcha hasta llegar a la puerta del castillo de Paso Alto donde, con sus gritos, puso en aviso a la guarnición. Los atacantes, viendo que ya no contaban con el factor sorpresa, volvieron proa hacia sus barcos.

El 24 de Julio de 1797, los ingleses desembarcaron por el Bufadero y llegaron hasta la montaña conocida como Mesa del Ramonal, siendo interceptado su avance por las fuerzas españolas desde la Atura de Paso Alto. En este lugar, un paraje sin sombra donde poder amparase de un sol de justicia, los defensores tinerfeños estaban deseosos de que alguien les acercara agua y alimentos. Fue entonces cuando un grupo de aguadoras de Santa Cruz, seguramente descalzas, se ofrecieron voluntarias para llevarles agua y frutas hasta la Altura de Paso Alto, subiendo por una peligrosa vereda y expuestas al fuego de los atacantes.

 

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