FIRMAS

La mentira. Por Irma Cervino

Evarista echó de casa a su marido el día que leyó en el periódico del barrio que él estaba en el cine la noche en que todos los vecinos del edificio se habían pasado más de cinco horas tratando de sacar a don Ramón del ascensor.

– Me dijiste que estabas en la oficina terminando de ajustar las cuentas para que no despidieran a más gente. Eres un mentiroso, le espetó ella en toda la cara y su corazón se agitó tanto que durante unas horas pensó que se le había caído al estómago para siempre.

– Pero ¿Cómo puedes pensar que eso es verdad? Yo estaba en el despacho sumando y restando para evitar hacer más despidos en la empresa. ¿Quién ha puesto semejante falsedad en el periódico? -le preguntó asombrado por la noticia.

– Ahora hazte el tonto. El cine, el cine ¿cuántas veces te he dicho de ir y me has salido con que tienes mucho trabajo? Siempre estás trabajando. Pero claro, el señorito la noche de autos prefirió mentir a su esposa y disfrutar de una película, mientras yo me volvía loca tratando de rescatar al pobre don Ramón atrapado en el maldito ascensor. Pues se acabo, Federico. Se acabó -le dijo, totalmente fuera de sí, la mujer que se dio la vuelta, abrió el armario del pasillo, sacó la maleta grande y se la tiró a los pies – Ahí tienes, ya puedes irla llenando.

 

 

Federico no daba crédito a lo que estaba escuchando. Cogió el periódico que cada semana elaboraba la redacción del barrio y buscó la página donde habían publicado la noticia. “Increíble. No me lo puedo creer… ¿Co… cómo pueden…?”. Arrugó la página en donde le acusaban de estar en el cine la noche del rescate y la tiró al suelo iracundo.

Peña, el del cuarto derecha del edificio en lo alto de la zapatería, era el director del periódico desde hacía dos años. Trabajaba como jefe de personal en una tienda de muebles y tenía más bigote que ganas de trabajar. Aquella misma tarde, Federico, con la maleta llena de ropa y sin saber aun a dónde ir, se acercó a su casa para pedirle explicaciones.

– Federico ¿cómo estás hombre? Pasa, pasa. ¿Qué te trae por aquí? -le preguntó mientras le hacía gestos a su mujer de que trajera algo para beber.??- Verás Peña, quiero que “El Barrio” (que era como se llamaba el periódico) rectifique. Han mentido sobre mi y exijo que se diga la verdad.

Federico le explicó a qué información se refería y Peña le contó que el “gorrilla”, el hombre que cuidaba el aparcamiento que hay detrás de la iglesia se lo había contado a Arturo, que era quien se había encargado de escribir la noticia.

– Y ¿cómo es posible que haya publicado una mentira? ¿Eh? ¿Cómo es posible que nadie confirmara si era verdad o no? Bastaba con haberme llamado o preguntarle a mi mujer. Pero no, los señores decidieron hacerle caso a un pobre desgraciado al que le pagan cuatro duros por un chisme. Peña, me has decepcionado.

– No te pongas así Federico; no es tan grave. Solo hemos puesto que estabas en el cine -se excusó el director.

– ¡Solo! Te recuerdo que has publicado una mentira y exijo una rectificación.

En ese momento entró en el salón la mujer de Peña con dos cervezas y un plato de aceitunas. Isabel era amiga íntima de Evarista y miró al acusado con cara de “qué-vivalavida-eres-mientras-tu-mujer-intentaba-rescatar-a-un-vecino-del-ascensor-tú-en-el-cine”.

Con una sensación de desasosiego y sin probar la cerveza, Federico se despidió y le volvió a pedir que rectificara en el próximo número del periódico.

– Bueno, tendrás que demostrar que no estabas en el cine -le apuntó Peña mientras daba un trago a su jarra.

– ¡¿Cómo?! Esto es inaudito. Creo que quien tiene que demostrar que yo estaba en el cine es Arturo no yo. Si él no lo hace, que no lo hará porque es mentira, tú tendrás que rectificar. Su falta de rigor y la tuya me han costado el matrimonio, imbécil.

En los siguientes días, Federico tuvo que buscar un lugar donde quedarse. Sus padres ya habían muerto y a su hermana no le gustaba hacer favores y menos a la familia. “Es que la casa es pequeña y, además, que pensarán los niños al verte aquí… no, no quiero crearles ningún trauma”, se excusó. Los «niños» ya habían cumplido más de treinta.

Al final decidió quedarse en la pensión de Andrés que era el responsable de la sección de Economía del periódico. “Lo siento tío, no lo había leído. ¿Y a qué película fuiste?”

Federico estaba hundido. Todo el mundo creía que era verdad que el había estado en el cine mientras don Ramón se debatía entre la vida y la muerte y, en medio de la operación rescate, Evarista disculpaba a su marido porque se había quedado en la oficina para arreglar las cuentas y evitar más despidos en la empresa. Hasta Chano, el policía del barrio y encargado de la página de sucesos, le había mirado con desprecio por la mañana cuando se lo encontró camino del trabajo.

Después de mucho meditarlo, decidió que lo mejor sería ir a ver a el “gorrilla” y preguntarle porqué había esa mentira a la redacción.

– Eh, qué pasó tío, cuánto tiempo sin verte ¿no trajiste el descapotable? -le preguntó un hombre con aspecto de haber sido separado de la vida como una naranja cuando le arrancas la piel. Apenas se sostenía vertical pero tenía una cara de felicidad inmensa.

 

 

– No tengo ningún descapotable y tampoco estaba en el cine el miércoles pasado, así que dime por qué mentiste -le amenazó clavándole los ojos en los suyos.

– Chsss… a mi no me grites. Yo solo cuento lo que veo y, otras veces, lo que me chismorrean.??- Pues dudo mucho que esa noche me vieras en el cine, así que dime quién te lo contó. ¡Suéltalo!

El “gorrilla” se empezó a poner nervioso y parecía que, de un momento a otro, iba a entrar en otra dimensión y romper el pequeño hilillo que todavía le mantenía unido a la vida.

– Fue, fue… fue ese que trabaja contigo. El rubio, que dice que le vas a echar de la empresa. Me dijo que te había visto en el cine y que se lo contara al Arturo pero sin decirle que me lo había dicho él. ¿Qué querías que hiciera? Me dio un billete azul.

– Vale, vale, está bien. Tu no tienes la culpa. Tranquilo -Federico le puso la mano encima para calmarlo y se despidió dándole una moneda.

Esa misma noche volvió a casa de Peña y le contó su conversación con el ‘gorrilla’. “Te pido por favor que rectifiques el próximo miércoles y cuentes la verdad”. La mujer de Peña que estaba detrás de la puerta de la cocina, escuchando la conversación se sintió sucia por haber dudado de Federico y antes de irse a la cama se metió en la ducha y se restregó el pecho con todas sus fuerzas como queriendo llegar al alma para limpiarla.

Al siguiente miércoles, “El Barrio” volvió a la calle y, en la página cinco, la misma donde una semana antes se había publicado la gran mentira, el director rectificaba y contaba la verdad. “Desde esta redacción, pedimos disculpas a Federico por el daño que hayamos podido causarle», terminaba la información. Desde ese día Peña le encargó a Arturo la sección de cumpleaños.

En casa, Evarista no podía dar crédito a lo que estaba leyendo y se le volvió a caer el corazón al estómago al darse cuenta de que había dudado de su marido, sin más sin haberle dado un mínimo voto de confianza.

Esa mañana, en la empresa, el rubio no dijo nada y tampoco dio los buenos días a Federico. En realidad, nunca lo hacía porque lo odiaba desde aquella reunión en la que se planteó la posibilidad de que había que echar a trabajadores.

Dos días después, la empresa presentó la lista de los despidos. Eran tres. El rubio no estaba entre ellos. Federico consideraba que era uno de los mejores y más eficientes trabajadores que tenía la compañía y, además, tenía cuatro niños.

Por la noche al llegar a su habitación de la pensión, Evarista le esperaba sentada a los pies de la cama con la cabeza mirando al suelo: “Lo siento mucho”, se disculpó. “He sido muy injusta”. Federico le cogió la cara entre las manos y le dio un beso.

– No importa. Ya pasó. Ahora cuéntame cómo es que tardaron cinco horas en sacar a don Ramón del ascensor.

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