Sin categorizar

Fue bonito mientras duró…Por Eduardo García Rojas

El debate, hace un puñado de años atrás, giraba en torno a ¿vas al cine o prefieres ver las películas en tu hogar? Yo era de los que levantaban el dedo y apostaba por ir al cine. Aunque el cine ya no fuera el cine que conocí sino multisalas decoradas como un puticlub de carretera. Y de tamaño tan reducido como el salón de mi casa, aunque la pantalla fuera un poco mayor que la del televisor que en el salón permanecía encendido casi todos los días.

Con la irrupción del vídeo, modelo VHS frente al Betamax y el 2000 que tenían otros, reconozco que comencé a ir menos al cine y a ver más cine en casa aunque no fuera lo mismo ya que el cine, quiero entender, tiene que verse rodeado de desconocidos, todos con la mirada tonta en pantalla.

Si se sentaba –y aún se sienta– algún idiota devorador de cotufas y bebedor de refrescos, hoy termino por recordar la tortura como una anécdota más de la sala oscura.

Y es que en un cine, si lo ves en casa, insisto no es lo mismo, porque casi siempre sales de la función con una historieta que contar.

En las sesiones de a las cuatro de la tarde, las célebres matinés, la peña aplaudía cuando al final irrumpía la caballería para rescatar a los colonos blancos rodeados de feroces pieles rojas… A las seis y ocho de la tarde, con suerte te tocaba al lado una ñora que no paraba de preguntarte cuando aparecía un personaje sospechoso en pantalla: “¿y ese quién es?” o “esa mosquita muerta seguro que esconde algo…”

En el mejor de los casos, interrumpían tu concentración cuando se sentaba en la butaca de al lado para informarse con el ya clásico: “¿Hace mucho que empezó?”

Si resultabas amable, solía invitarte a que cogieras una pastilla de goma. Cosa curiosa, nunca te ofrecían las cotufas que llevaban en un cartucho. Porque en aquel entonces no existían las cajas de cartón de ahora… Asocio por eso ir al cine con el inconfundible aroma de las cotufas. Solo de pensarlo la barriga comienza a dar ronroneos…

Contaba antes que el debate giraba entonces en torno a ver o no cine en el cine.

En los últimos años –y es un lamento que por activa y por pasiva no he dejado de dar constancia en este blog– cada vez voy menos al cine.

Y no ya por la oferta que me ofrece la cartelera sino por el dineral que cuesta la entrada y la sensación de que me han estafado cada vez que decido gastarme los pocos euros que me quedan en mi cuenta bancaria.

Las últimas tonterías por las que pagué el dinero que no tengo fue por ver Los vengadores y Spiderman. La nueva versión de Spiderman.

La culpa, lo escribo para que se sepa, es que todavía me tira la afición a los súper héroes que me hicieron tan grata mi adolescencia. Y en concreto las aventuras del increíble hombre araña aunque al final terminé por malvender la colección por dos mil pesetas de la época y un póster del soldado simio. No sé donde acabó el póster del soldado simio. Las historietas en casa del tipo que me estafó como hoy me estafan los dueños de los cines. Dueños que han puesto el grito en el cielo ante el anuncio del Gobierno de aumentar el IVA del precio de las entradas del 8 por ciento actual a un 21 por ciento.

El IVA es un impuesto que en el territorio en el que vivo suena a chino pero mucho me temo que va a afectarnos de otra manera. Luego de esta tampoco escapamos. Así que me estoy viendo ir al cine solo cuando se proyecte uno de esos cortometrajes canarios en los que puedo echar una cabezada sin que me cueste un euro.

Lo que es de agradecer.

Y para crear precedente: Viva el cine canario.

Con la que nos está cayendo auguro el final de un tiempo en el que no sé si fui más feliz pero sí más persona. Y fui más persona porque el entretenimiento estaba al alcance de cualquiera. Mataron aquel tiempo con la política del todo gratis, eso también es verdad, pero es otra historia en la que no quiero entrar. De hecho, me duele la cabeza tener que escribir sobre estas cosas… Adelantarme a mi renuncia a ir al cine. A perder el tiempo en un cine. A dejar pasar las horas viendo la historia de otros.

Un amigo me comentaba el otro día que el cine que conocimos ha muerto. Que me preparase para una nueva forma de hacer películas en las que el espectador será el protagonista del filme. Una especie de Desafío total –en breve se estrena un remake que no iré a ver al cine pero sí en casa imagino, ¡policía!, pirateada–  en las que estarás ahí…

Mi amigo, que es un visionario y mucho más joven que yo, estaba entusiasmado con esta idea pero no me convenció.

– Será como Avatar pero de verdad.- me dijo.

– No me gusta el 3D.- respondí.

– Es que no será 3D sino otra cosa.- insistió.

– El problema es que a mi me gustan que me cuenten historias. Bastante tengo con mi aventura diaria, esa en la que parece que tengo que hacer oposiciones todos los putos días.

– Bueno… ¡Será otra cosa!

No.

No me convenció. ¿Resulta tan difícil explicar que prefiero sentirme como Steve McQueen en La gran evasión y no ser Steve McQueen?

¿Que para realidades virtuales me quedo con la imagen que me devuelve el espejo todas las mañanas porque me recuerda que todavía estoy vivo?

Dentro de este debate colosal solo saco una idea clara.

Dejaré de ir al cine por una cuestión apestosamente material.

Aunque seguiré viendo cine en la soledad de mi mansión.

Solo me falta el loro y el parche en un ojo para entonar “ron, ron, la botella de ron”.

Así que echo un vistazo a mi vida como espectador de salas cinematográficas para terminar encogiéndome de hombros y susurrar con el aguardentoso vozarrón de Bogart: “Fue bonito mientras duró.”

 Saludos, ende, desde este lado del ordenador.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario