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Un nombre: Pedro Antonio de Alarcón. Por Eduardo García Rojas

“Cuando yo entré en relaciones con  Matilde (así se llamaba la generala), su marido (uno de los generales que con más gloria habían alcanzado en la guerra civil, hombre ya de cincuenta y cinco años, muy entregado a las contiendas políticas) acababa de ser enviado de cuartel a Canarias contra su voluntad…, lo cual en substancia quiere decir que estaba desterrado de la Península. De buena gana se hubiera llevado el general a su mujer al africano archipiélago, pues la adoraba ciegamente; pero Matilde aparentó tener miedo al mar, que aquél prefirió el dolor de la ausencia a imponerle los tormentos de la navegación; con lo que la infiel esposa, sola ya en Madrid, tuvo mayor holgura para seguir mancillando las honradas canas de su marido en unión de feroces desalmados de mi jaez…” (El escándalo, Pedro Antonio de Alarcón).

Tengo debilidad por la obra de Pedro Antonio de Alarcón, autor cuya prosa ha quedado muy envejecida con el paso de lo año pero que merece reivindicarse con los elogios que se merece a punto de celebrarse en 2013 el 120 aniversario de su nacimiento en la localidad granadina de Guadix, porque, por un lado. lo descubrí siendo apenas un infante y, por otro, es de los primeros intelectuales españoles que se preocupó por lo que estaba escribiendo un tal Edgar Allan Poe, autor cuyo aliento poético inspira alguno de los mejores relatos de Alarcón como son El amigo de la muerte y La mujer alta.

Al escritor le debemos además El clavo, un delicioso relato de suspense que tuvo una interesante adaptación cinematográfica dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Amparo Rivelles y Rafael Durán, así como la folletinesca El escándalo, título que he vuelto a releer hace unos días y en el que se han mezclado varias emociones.

Emociones que van desde el más profundo rechazo por su leguaje que hoy suena a melindroso así como a la devoción más absoluta por el candor con el que el autor intenta camuflar temas que para nada resultaban políticamente correctos en su tiempo y el nuestro.

Alarcón supera el escollo redactando la novela a modo de una confesión en la que su protagonista le da cuenta de sus actos a un anciano sacerdote, quien lo escucha y le ofrece paternales consejos.

El paso de los años no ha sido bueno con la obra de Pedro Antonio de Alarcón pero quizá el tono sepia que ha ido tomando la mayoría de sus libros le otorgue, a juicio de quien ahora les escribe, un encanto cavernario con ecos a clásico. Leer a este escritor significa además tener en cuenta cómo fue el carácter romántico en las letras españolas. Unas letras que, fiel reflejo de la nación a la que representa, estuvo y está más pendiente de sí misma que de otra cosa.

Pedro Antonio de Alarcón tuvo al menos la picardía de mirar más allá de los Pirineos y descubrir otros nombres que intentó importar a lo que todavía podía llamarse patria. Una palabra esta de patria tan mal usada en aquellos y estos tiempos de nacionalismos ridículos y ombliguistas.

Producto de su tiempo, como no podía ser menos, Alarcón comenzó siendo un encendido progresista para ir cambiando de bando a medida que iba haciéndose mayor. En su juventud fue un calavera, un hombre de vida disipada con algunos duelos al amanecer de los que afortunadamente resultó ileso.

Es probable que los excesos, amantes despechadas, el olor a pólvora a primeras horas la mañana lo convencieran un día de que las cosas no podían ir por ese camino. Ello justificaría la radical transformación que sufrió de periodista sagaz y anticlerical, de látigo de conservadores y monárquicos, a defender con uñas y dientes precisamente a la Iglesia, a los conservadores y al Rey.

Su coetáneo Manuel del Palacio escribió al respecto:

Literato, vale mucho;folletinista, algo menos;político, casi nada;y autor dramático, cero.

Por otro lado, un estudioso de su obra explica que este viraje ideológico explica las razones por la que el escritor ha sido tan escasamente reconocido en España.

Es una forma de entenderlo aunque no creo que sea, precisamente, la correcta. El problema de Pedro Antonio de Alarcón es que cuenta con una producción en la que tocó casi todos los géneros  sin resultar en ninguno de ellos una pluma ejemplar. A mi, en todo caso, me parecen destacable sus relatos y ese espléndido reportaje periodístico que es Diario de un testigo de la guerra de África (1864), título en el que creo detectar más o menos un intencionado mimetismo en las Notas marruecas de un soldado de Ernesto Giménez Caballero, publicado en 1923.

El caso, y es el objeto de este post, es que me sigue gustando la literatura de don Pedro Antonio de Alarcón porque forma parte de ese gigantesco rompecabezas que es España. También porque sus prosa, ya contaba, tiene el aroma viejo del vino bueno que nace en los campos de ese rompecabezas formidable que fue y sigue siendo España.

Otros títulos del escritor son El capitán Veneno, El sombrero de tres picos y algunas recopilaciones de sus relatos como son Narraciones inverosímiles, Historietas nacionales y Cuentos amatorios, entre otros.

Así que abróchense los cinturones, merece la pena hacer el viaje al pasado de la mano de don Pedro Antonio.

De don Pedro Antonio de Alarcón, claro.

Saludos, debe ser cosa de alarconitis aguda, desde este lado del ordenador

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