FIRMAS

Devorador de libros. Por Irma Cervino.

Cuando Roberto nació ya sabía leer. De hecho, su primer llanto no fue al sentir las manos frías de la comadrona tirando de la cabeza para sacarlo de su madre, sino cuando vio que su primer biberón solo marcaba 10 miligramos de leche.

Con apenas tres años, ya había leído “Crónica de una muerte anunciada”, de García Márquez y, de su puño y letra, había escrito la carta a los Reyes Magos en la que les pedía los “Episodios nacionales”, de Benito Pérez Galdós. Sus padres nunca le dieron importancia a esa rareza del niño aunque, lo cierto, es que los dos eran un poco despistados y siempre pensaron que Roberto era su segundo hijo cuando, en realidad, era el único que tenían.

Una tarde que su madre salió a comprar ropa interior de repuesto para su hermano mayor que, supuestamente se embarcaba en un buque científico de la armada francesa, Roberto y su padre se quedaron arreglando el trastero y, allí, encontró un tesoro secreto: los tebeos. Había cajas rebosantes de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, 13 Rue del Percebe, El Capitán Trueno y muchos otros más. En menos de una semana, ya los había leído todos, algunos incluso dos veces.

Cuando cumplió 13 años, ya no le quedaba ningún libro que leer, ni en casa, ni en toda la ciudad. Se sentía desolado y ni siquiera su presunto hermano le enviaba cartas allende los mares que, al menos, le hubieran aplacado la sed por la lectura.

 

 

 

En medio de la desesperación, pensó que podía haber un resquicio para hallar la solución a su problema. Recordó que la llave estaba guardada en la puertita del reloj de cuco que colgaba en la pared de la cocina y tras comprobar que nadie lo acechaba, abrió la puerta. Dentro estaba oscuro y el silencio era precioso. Encendió su pequeña linterna y suspiró dejando salir toda la angustia acumulada. Ante sus ojos, cientos de latas de conservas y botellas descansaban calladas, cada una con sus etiquetas llenas de letras, palabras y frases. Por lo menos tendría para un par de horas.

A los 18 años, se hizo novio de la bibliotecaria de la Universidad, doce años mayor que él. Fue una de las mejores etapas de su vida. No dejaba de leer ni cuando dormía. Las páginas de los libros pasaban de un ojo a otro en sus sueños: El Principito, La Metamorfosis, Don Quijote, Anna Karenina. Se sentía el hombre más feliz del mundo.

Su relación con la bibliotecaria no prosperó. Cuando ella decidió dejarle, Roberto no entendía los motivos. “Pero si me paso el día contigo”, se lamentó. Ella no le dio más explicaciones. Solo le dijo que él era capaz de saber qué había escrito exactamente Alejandro Dumas en la página 25 de El Conde de Montecristo pero incapaz de decirle el color de sus ojos. Nunca llegó a saberlo. Verdes, negros, marrones… tal vez grises.

Roberto no podía enamorarse. Amaba a todas las protagonistas de las historias que leía y sufría cada vez que tenía que decirles adiós. Con los años termino convertido en un solterón y se quedó solo en casa porque sus padres se marcharon a vivir a la Borgoña francesa. “Tu hermano se siente solo y nos ha pedido que estemos con él”, se excusó la madre.

A Roberto no le importó mucho. Durante los últimos años, había ido creando su propia biblioteca y no necesitaba más compañía que la de sus libros. Allí encontraba todo lo que necesitaba: amor, odio, traición, conversaciones, peleas, vida, intrigas, muerte y resurrección. Cuando cumplió 60 años, ya había leído todos los libros que se habían escrito en el mundo y fue entonces cuando empezó a notar de nuevo aquella sensación de desolación. Se pasaba los días dando vueltas por la casa rebuscando en los rincones por si encontraba alguno extraviado. Pero todo estaba en su sitio. Todos, leídos y releídos. Roberto no sabía qué hacer. Nada tenía ya valor ni sentido para él, así que decidió meterse en la cama y quedarse ahí para siempre.

Tres semanas después, una bofetada de luz le despertó. Se dio la vuelta en la cama y vio que alguien había descorrido las cortinas.

– Pero… pero ¿qué hace? ¿Quién es usted?

– Jane Marple, pero me puede llamar Miss Marple. Venga, levántese. Ahí tiene su ropa. Vístase y baje a desayunar que tenemos un día intenso por delante -respondió la mujer aspecto inglés.

– ¿Ha dicho Miss Marple? ¿La de las novelas de Agatha Christie? -preguntó Roberto, mientras se levantaba de la cama sin dejar de mirar su sombrero.

– Esa misma. Supongo que se preguntará qué hago aquí, pues le diré que he venido a echarle una mano. Usted ha sido muy generoso conmigo leyendo todas las novelas en las que aparezco y, ahora que está pasando un mal momento, creo que debo ayudarle a encontrar su último libro -la mujer se dio media vuelta y dijo que le esperaría en la cocina con una taza de café.

En menos de diez minutos, Roberto ya estaba de camino a encontrarse con Miss Marple. El olor a café y bollos le hizo sentir vivo de nuevo y dejó escapar una sonrisa. Por la forma en que iba vestida, dedujo que la adorable señora acababa de salir de la novela “El tren de las 4:50” que, si mal no recordaba, leyó por primera vez cuando tenía cinco años.

 

 

– Tómese el café, Holmes está a punto de llegar -le indicó acercándole una taza humeante.

– ¿Sherlock? -preguntó Roberto.

– Efectivamente mi querido amigo. Él también nos ayudará. Roberto se tragó el desayuno de un bocado y salió al salón. Allí le esperaban Marple y Holmes.

– Buenos días caballero, ¿está usted seguro de que entre tanto libro no se le ha escapado alguno que no haya leído? Recuerde. No existe el crimen perfecto -le dijo el detective de Conan Doyle echando tabaco en su pipa.

– Estoy completamente seguro -conozco cada rincón de mi biblioteca y no hay nada que no haya leído.

– Un momento -susurró Holmes. Oigo pasos.

Un hombre de rostro duro y seco entró al salón y se sentó en el sillón de orejas enormes. “¿Lo conoce?”, preguntó Miss Marple. Roberto negó con la cabeza. – ¡Elemental, mi querido Roberto! No lo conoce porque es el protagonista del único libro de esta casa que usted no ha leído -dijo Holmes- Está en el cuarto de su hermano, al que usted nunca ha entrado. Buenos días señor Spade -dijo saludando al nuevo invitado.

El hombre del sillón se levantó y saludó al detective.

– Sam, será mejor que regrese a su libro, mi amigo quiere leerlo -le sugirió Holmes.

El hombre no cambió la expresión tosca de su rostro pero obedeció al detective y se marchó escaleras arriba.

La pipa de Holmes ya empezaba a oler. Apretó los labios y aspiró.

– Roberto, suba a la habitación de su hermano, abra la puerta y, en el segundo estante de la repisa, encontrará “El halcón maltés”, del estadounidense Dashiell Hammet. Lo disfrutará, se lo aseguro. Y ahora usted y yo ya nos podemos marchar, debemos regresar a casa -dijo el detective ofreciendo su brazo a la señora Marple.

Roberto vio como los dos se alejaban hacia la biblioteca y desaparecían entre los libros.

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