Sin categorizar

‘El sueño de Goslar’ o cómo descuartizar en clave pop la novela negro criminal. Por Eduardo García Rojas

Quiero compartirlo en redes

“-Lo ignoro. Quizá porque hay policías corruptos igual que políticos, empresarios y periodistas. Hice un pacto con la cultura, no con la policía. ¡Sabe inspector!, me gusta pasear por la Rambla. Tanto que hasta compré la casa que está enfrente de la estatua de Moore, la que ustedes han puesto patas arriba buscando la estatua. Por estos sitios el mundo cambia lentamente. Nada es inalterable, pero El Guerrero sigue igual. Disfrutaba asomándome a la ventana. Lo incitaba, lo seducía, le curaba con la mirada sus heridas de moribundo eterno. Percibía el sabor de su sangre, como si mi boca suspirara sus secretos.”

(El sueño de Goslar, Javier Hernández Velázquez)

Al paso que va Javier Hernández Velázquez lleva camino de convertirse en el primer –y por el momento único– escritor nacido en Santa Cruz de Tenerife capaz de hacer mitología sin caer en tontos folclorismos sobre la ciudad que una vez habitó y, entiendo, fue feliz.

Tras El fondo de los charcos, ambicioso trabajo de reconstrucción histórica y reivindicación de la figura esquiva del malogrado poeta Domingo López Torres, Hernández Velázquez vuelve a ubicar la acción de El sueño de Goslar (colección G21 Narrativa Canaria Actual, Ediciones Aguere/Idea) en las calles y plazas de la capital tinerfeña empleando para ello otro registro.

Otro pulso…

La ciudad no es ahora co-protagonista del relato como sí sucedió con El fondo de los charcos, sino escenario de una aventura en clave pulp donde lo que importa es lo que se desmonta por encima de otros discursos.

Escrita como si se tratara de una novela por entregas, estructurada en capítulos cortos que finalizan generalmente con frases que parecen que invitan a un continuará… El sueño de Goslar presenta una interesante aunque poco trabajada galería de personajes entre los que destaca por coherente un fijo en la producción literaria de Velázquez, el inspector Carles Pedregal, un policía con heridas abiertas que huye de ellas dedicándose en cuerpo y alma a su trabajo como policía y que se sostiene gracias a una peligrosa adicción al café.

No es Pedregal, sin embargo, el protagonista de El sueño de Goslar.

Como otros escritores que forman lo que se denomina como Generación 21 –y pienso en José Luis Correa con su Murmullo de hojarasca, en Pablo Martín Carbajal y su Azul cobalto, en Carlos Cruz y su No es la noche– ahora no se trata de un actor sino de una actriz el personaje principal de esta ¿paródica? historia de robos y venganzas.

Su nombre es Alex Stibrings, una peligrosa pelirroja que tiene el mismo encanto de Modesty Blaise.

Si leen El sueño de Goslar sabrán la razón de esta asociación…

Así que, a qué esperan… Lean El sueño de Goslar, una novela que por descuido quizá, no termina por resultar tan pop como quisiera pero que araña en muchas ocasiones el desparpajo y la frescura de un relato con ese aire sesentero divertido y sobre todas las cosas entretenido que caracterizaron las novelas e historietas de Blaise.

Omito por razones obvias la excéntrica adaptación al cine de Joseph Losey y esa estupidez producida por Quentin Tarantino: Mi nombre es Modesty Blaise: Una aventura de Modesty Blaise, dirigida con muy pocos recursos e imaginación por Scott Spiegel.

Escrita con notable sentido del humor, El sueño de Goslar se lee con una sonrisa en la que se mezcla asombro y también mosqueo porque se nota, se aprecia, que está escrita a modo de divertimento.

La historia queda así relegada a un segundo plano.

Como lector, ese al menos ha sido mi caso porque he disfrutado más con algunos de los momentos que escribe que por seguir el hilo de un misterio cuya resolución llega un momento en el que da igual.

Así que lo importante de esta novela de fina epidermis policial no es lo estrictamente policiaco que podría contener, sino la manera rocambolesca en que está narrada.

Los momentos en que Hernández Velázquez explota el negro criminal para divertirse y de paso desarticular muchos de los tópicos que arman al género.

En este sentido, y aunque resulte apurado, entiendo El sueño de Goslar como una inteligente y parodia pulp pop de la novela policíaca.

Escrito con un estilo más cercano a Mike Spillinane que a un idiotizante culto a los padres fundadores. Leáse Hammett y Chandler.

No se corta un pelo en esta interesante labor de deconstrucción Javier Hernández Velázquez.

Usa los tópicos del género con generosa aunque también es verdad hermética risotada. Como si lo negro criminal fuera solo un disfraz de carnaval con el que dar rienda suelta a una prosa que en ocasiones peca de liar y liar la perdiz.

De perderse en reflexiones que poco aportan a una historia que, ya digo, es lo de menos en este interesante y demoledor experimento literario en el que su autor demuestra que es un escritor que más que mimetizar el género lo utiliza para descuartizarlo con una elegancia que otros compañeros de militancia negro criminal en Canarias deberían de observar para librarse de molestas y roñosas ataduras.

Y todo eso, o esa lectura, es la que entresaco de El sueño de Goslar, una novela en la que un autor como Javier Hernández Velásquez, que conoce muy bien las reglas que han hecho grande a lo negro criminal, va desprendiéndose con una ironía que hace que el lector iniciado y sin prejuicios la lea con una sonrisa que cada vez se hace más ancha en su boca.

Ahí esta la femme fatal que no es tan fatal.

Una  pelirroja…

Una Rita Hayworth sin perder la razón.

Un malo con principios.

Multimillonarios sin principios.

Un policía con problemas.

Una estatua robada.

El sueño de Goslar es un divertimento.

Una gozosa broma articulada por alguien que sabe lo que está escribiendo.

Reitero así que lo de menos es saber el ¿por qué? roban la dichosa estatua de Henry Moore en la Rambla de la capital tinerfeña.

Lo grande de esta novela escrita sin prejuicios ni ataduras son los momentos que nos regala.

Tan deliciosamente pop.

Tan deliciosamente pulp.

Los topicazos que desmonta.

El empleo –canalla– de dos tiempos en su rabiosa y algo barroca narración.

La primera persona para retratar desde dentro lo que siente su peculiar Modesty Blaise, esa Alex Stibrings bisexual e inquietantemente masculina.

O la tercera persona para contarnos las pesquisas de Pedregal o del inquietante Perro Negro.

Un personaje que recuerda vagamente más que a Harry Callahan a ese Anton Chirgurh de No es país para viejos.

El sueño de Goslar hay que leearla así como una broma con luces.

Eso relaja y es tomarse las cosas en serio, dijo en cierta ocasión alguien que de esto sabía mucho.

Su nombre: Boris Vian.

Javier Hernández Velázquez no es Vian… Pero la mirada que arroja sobre el mismo género del autor de Escupiré sobre vuestra tumba me parece felizmente coincidente.

Hacerlo de otra manera es no entender las provocadoras intenciones de El sueño de Goslar.

Las ganas de reírse –con la seriedad del payaso que hace siempre de serio– de un género al que le falta tanto sentido del humor pese a que vaya en contra de  la corriente de lo que defiende un puñado de puristas poco leídos

El sueño de Goslar rompe esa dinámica.

Y no, no  es nada fácil.

Hay que saber equilibrar el chiste que se tiene entre las manos.

Y no, reitero, no es nada fácil…

Claro que soy un guerrero dormido y anclado en la Rambla de una ciudad de provincias.

¿Qué sueño?

Probablemente el mismo sueño de Goslar.

Saludos, de un private eye que solo sabe reírse de sí mismo, desde este lado del ordenador.

Publicidad

Publicidad

Página Web Corporativa

Publicidad

La Gente del Medio

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Programa de radio

Objetivo La Luna (Programa Radio)

Publicidad

Publicidad

EBFNoticias en:

EBFNoticias en:

EBFNoticias en:

Compras

El Mundo que conocimos (Radio)

Donaccion (Programa de Televisión)

Sentir Canario Radio

Webserie Laguneros (Youtube)

Webserie Laguneros Emprendedores

Prensa Digital

Publicidad

Homenaje al Grupo XDC

Publicidad