FIRMAS Marisol Ayala

Cuando la soberbia sale a flote. Por Marisol Ayala

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Considero que la soberbia es el peor defecto del ser humano porque a su vez encierra otros tantos defectos que la convierten multi defectos. Las patas principales de la soberbia son la altivez, la arrogancia y la vanidad y por tanto la incapacidad para reconocer errores, reparar el daño causado y, en definitiva, creer que el mundo gira en su entorno. Una persona arrogante, soberbia, jamás se rebajaría a pedir perdón aun reconociendo en su fuero interno errores clamorosos de injusticias pero es incapaz de asumirlo. Si observamos a nuestro alrededor descubriremos a personas que sufren lo que, como digo, es un mal cuyos ataques de ira les convierte en seres humanos detestables. Contaré uno de los episodios de soberbia que conocí hace relativamente poco y que está directamente relacionado con un político canario que activó eso, su soberbia, su necesidad de atropellar al débil para hacer prevalecer “su verdad” como fuere. Ellos nunca erran. Curiosamente cuando he relatado entre un reducido grupo de amigos este episodio algunos han valorado al sujeto como alguien con mucho carácter, de personalidad acusada, un tipo “con las cosas muy claras”. Así somos.

Un día de hace dos años el político de mi historia paró un taxi en una céntrica calle de Las Palmas de Gran Canaria. Se subió al mismo y pidió al conductor que lo llevara a determinado destino; “y espere”, le dijo descortés. El taxista esperó unos 45 minutos hasta que el cliente regresó al vehículo. “Y ahora, lléveme a la Playa de Las Canteras…”. De nuevo el taxista cumplió órdenes y le trasladó al segundo destino. Cuando el cliente estaba abandonando el coche el taxista se percató de que los asientos traseros de su vehículo estaban mojados y con restos de arena. Con la indignación propia de quien usa el coche para trabajar le recriminó sin muchos aspavientos el estado en el que había dejado el vehículo lo cual al señorito no le gustó nada; después de una leve discusión llegó el ya tan conocido “usted no sabe con quién está hablando”. Y es verdad que hasta ese momento el taxista no lo sabía.

La soberbia del político canario no fue ni por asomo pedir perdón y reconocer su error; no, fue llamar a la Policial Local para intimidar al obrero del taxi y denunciarlo. Pidió una unidad policial. “Usted puede llamar a quien quiera pero el coche me lo limpia…”, insistió. La discusión fue subiendo de tono hasta el punto de que cuando llegaron los efectivos de la Policía Local uno de ellos, discretamente, metió la cabeza por la ventanilla y le dijo en voz baja “deja esto… ¿no sabes quién este tío…?… te vas a meter en un lío…”. “No señor”, respondió, “yo también lo voy a denunciar así que ponga usted en un parte cómo me ha dejado el coche…”, señalando los asientos traseros.

Se tramitó la denuncia y meses después quiso el azar que fuera yo la que requiriera los servicios del mismo taxista. El hombre llevaba en la guantera la denuncia que no había visto la luz porque “no tengo amigos periodistas” y no sabía qué pasos dar para que la gente supiera “a quien bien votan”, argumentaba. Alguien debió decirle que había medios periodísticos nacionales que podían hacerse eco de lo ocurrido pero se le hizo tarde o tal vez se asustó. Vete a saber. Lo cierto es que el tiempo pasó y no dio ese paso.

Hace unas semanas lo volví a ver; sabía de mi profesión y hablamos del suceso. Sin ser un hombre de mucha cultura pronunció las palabras mágicas. “¿Era tan difícil pedirme perdón y ya está…?. Yo solo soy un taxista medio analfabeto y ese señor quiso abusar de su cargo ¿no cree?”. Probablemente. Desgraciadamente esa gente, los soberbios, tienen numerosos clubs de fans que ocultan y disfrazan sus defectos porque el poder es tentador mientras se ejerce aunque luego la vida les sitúa en la esquina del ring, noqueados. Para ellos decir “lo siento”, pedir perdón o reconocer un error es una asignatura incapaz de aprobar por muy brillante que sea un currículum académico.

Lo único bueno que tiene la soberbia, tan dañina para quienes la padecen como para quienes la sufren, es que los ataques de ira son tan incontrolables que tarde o temprano acaban desvelando una personalidad peligrosa.

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