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Mi primer gran beso de cine… Por Eduardo García Rojas

Leo la última entrada del blog Algo que se parece a cine que firma Daniel León Lacave. Una de esas bitácoras, junto a La flor y la mierda que cultiva El Cuervo, que se han convertido en cita imprescindible por su profundo carácter individual. Por su retrato cotidiano en el que, intuyo, sus respectivo autores dan rienda suelta y sin censuras a lo que mascullan en el calvario de su existencias…

Pese a tanto pirata…

Tanto piraaata….

Con el título de La primera película que vi contigo, Lacave construye un relato emocional y emocionado en el que no solo hace comunión con el cine sino también con las personas con las que compartió intimidad en la sala oscura…

Me ha llegado tanto su post que me ha hecho recordar experiencias parecidas en mis ya cada vez más esporádicas incursiones por las multisalas en que se han convertido los cines de mi ciudad. Una ciudad a la que, curiosamente, le separa una lengua de mar de la que habita Lacave.

En la calle, mientras tanto, todo el mundo está atento a un partido de fútbol que ignoro porque nunca fui aficionado a ese deporte que dice es Rey.

Oigo por el patio interior alguien que toca un cencerro.

Y un grito: ¡van cuatro!

Pero me resbala.

No soy un aficionado a ver deportes y, por lógica, a practicarlos.

Eso explica mi descuido físico. La barriga que cada día aumenta de tamaño… Mis bostezos cuando se empeñan en atraerme a un espectáculo en el que no encuentro otra magia que la de veinte tipos corriendo en calzones cortos detrás de un balón…

Claro que todo puede tener una explicación.

Cuando hacía que jugaba siempre me tocó ser el guardameta.

Aunque no tuve que hacerlo mal cuando los colegas del barrio me conocían como El pulpito porque solía parar la mayoría de los balones que tiraban a puerta.

Es verdad que no con las manos sino con la cabeza.

Y fue con la cabeza cuando detuve el segundo penalti que me otorgó el apodo que mencionaba unas líneas más arriba.

Creo que esa parada, o paradón como aún me recuerda algunos de los colegas con los que formaba equipo, fue responsable de que hoy lleve gafas. Que forme parte del club de los gafotas.

Aunque llevar gafas me ha librado de algún encontronazo callejero.

En cierta ocasión le recriminaron sus propios compañeros a un gorila que me iba a machacar que no fuera cobarde. Que no sacudiera a un tío que llevaba gafas.

En otra, por el contrario, y mientras me liaba a patadas furiosas, un hijo de puta al que espero que los dioses tengan en su gloria me las rompió con las manos.

¿A qué viene todo esto?

Ah, al último post que sube León Lacave en su blog.

Decía que me ha conmovido su lectura. También que ha despertado fantasmas que creía enterrados en mi memoria. En definitiva, que ha abierto la llave de la nostalgia.

Esa llave que siempre dejo medio abierta. Como la del gas de mi mansión.

Soy un animal de costumbres solitarias. Una especie de caminante que hace camino al andar sin otra compañía que la de su sombra.

Durante un tiempo, y ya lo he contado en este mismo blog, iba al cine cuando el cine era cine en compañía de amigos de sospechosas costumbres.

Más que ir al cine pues, la cosa era hacer el gamberro aunque yo lo que quería era ver la película.

Con esa pandilla de gamberros a la que pertenecía me colaba en las sesiones que proyectaban películas clasificadas S porque entre tanta marabunta, el portero –guardameta– era incapaz de detener a los menores de edad que entrábamos como una lluvia de goles mientras le dábamos el billete sin mirarlo nunca a los ojos.

“No lo mires nunca a los ojos. Manten la cabeza baja” era la consigna revolucionaria.

Así vi –nunca mirando a los ojos, manteniendo siempre la cabeza baja– entre otras producciones de soft porno las que firmaba Max Pécas.

Yo soy ninfómana fue una de ellas…

También cayó Las aventuras de Flesh Gordon, una parodia de las historietas bizarras del héroe creado por Alex Raymond

Más tarde –adulto que se dice– vi estas dos cintas que para mi fueron capitales en aquel periodo de mi vida. Y fue como reencontrarme con aquel chaval gafudo que de puro nervio –el mismo nervio quiero pensar de los que ahora mismo están celebrando la victoria de la selección española– imaginaba que aquel pírrico éxito haría que le fuera mejor en la vida.

Cuatro goles, grita el vecino del puñetero cencerro.

Comencé a ir al cine gracias a mi padre.

Más tarde con mis hermanos y después con amigos.

Con chicas vino mucho tiempo después. Y nunca las tuve todas conmigo.

Tras ver Apocalipsis now! en un cine llamado Numancia salí de la sala haciendo que estaba en un helicóptero matando vietcongs.

Tatatatatatata

Cuando vi que la chica me miraba con ojos de morsa le pregunté qué le había parecido la película.

– Un horror.- me respondió.

 Aquella relación estuvo condenada al fracaso desde el principio.

¿Qué hacía un tipo que solo sabía decir tatatatata con una chica tan sensible como ella?

¿Dónde estará ella?

Tatatatata.

Más tarde, y residiendo en Madrid, me dio por el cine que llamaban de arte y ensayo.

Solía aburrirme bastante cuando entraba en los Alphaville pero la moda era así y yo, que siempre fui esclavo de la moda juvenil, claudiqué.

En aquel tiempo casi todo el mundo gafota que conocía ponía por las nubes a un cineasta norteamericano del que hace años no se habla: Alan Rudolph.

Me tragué con bastante dolor de estómago muchas películas del señor Rudolph. Pero hay una en especial que detesto: Los modernos.

Y la detesto porque por ahí aparece un actor que hace de Francis Scott Fitgerald que no dice nada en la película salvo la de tomar lingotazos de ginebra.

– Fue un borracho.- me dijo la chica con la que fui.

– Bueno, síUn borracho, pero escribió El gran Gastby, A este lado del paraíso, Suave es la noche y…

No me dejo terminar.

Con ella fui a ver –me invitó ella– Bagdad Cafe.

En pantalla aparecía haciendo de secundario un viejo amigo: Jack Palance.

Cuando salimos, la amiga me exigió la valoración de rigor.

– Es bonita la canción.- respondí.

No sé si al día siguiente –o al otro del otro– me metí en una sala de sesión continúa próxima a la glorieta de Quevedo en la que se reponía En compañía de lobos junto con Lifeforce. Y ahí estaba sentado observando como los zombis vampiros tomaban la ciudad de Londres cuando un viejo comenzó a rozarme con los dedos la entrepierna.

El caso es que estaba tan metido en la película que mis alertas comenzaron a sonar cuando los dedos se transformaron en una mano que, presuntamente, acariciaba mi entrepierna.

– Pero ¿qué coño hace?.- exclamé poniéndome de pie.

Alguien del fondo soltó una risita.

El viejo lanzó un grito enojado y yo me cambié de lugar.

Me puse al fondo, donde las parejas más que ver la película aprovechaban para darse besos tan sonoros como los chillidos de los vampiros zombis.

Cuando volví a quedar con la amiga para ver una película le sugerí acudir a ese mismo cine que se encontraba próximo a la glorieta de Quevedo.

– No ponen nada interesante… pero en los Alphaville han estrenado Yo te saludo María, de Godard.

Malditas las ganas que tenía de ver una de Godard. Claro que…

– Vamos a verla, pero nos ponemos al fondo de la sala.

Desde ese día, y a pesar de que cordialmente detesto las películas de Godard, reconozco que le debo mi primer gran beso en la sala a oscuras.

Un beso producido, lo sé bien, por el aburrimiento de lo que estábamos viendo en pantalla.

Primero nos tocamos las manos como quien no quiere la cosa. Después, imitando al viejo, dejé caer mi mano sobre su muslo pese a que ella cruzara las piernas. Luego apoyé la cabeza sobre su hombro musitando algo así como que tenía sueño.

Cuando salimos de la proyección, un corro de ultraderechistas protestaba contra Yo te saludo, María.

María…

La del dulce beso.

Yo, desde ese día, defiendo y elevo a un altar la dichosa película de Godard.

Claro que no la vi.

Pero me sabe a mi primer beso en un cine…

 Saludos, han comenzado a sonar las putas vuvuzelas, desde este lado del ordenador.

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