FIRMAS Marisol Ayala

La venganza más ruin. Por Marisol Ayala

La primera vez que la vi ella era un bebé. Su madre arrastraba un cochito en el que la niña jugueteaba con chupetes y sonajeros. El encuentro se produjo en los pasillos de la Audiencia Provincial de Las Palmas y a mi lado estaba Calvo Rosales, pediatra que por entonces era Jefe de Pediatría del Hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria. Calvo fue pionero a la hora de denunciar o informar a las autoridades sanitarias sobre casos de maltrato infantil que llegaban al centro y podían haber pasado desapercibidos de no ser porque había un guardián de bata blanca que velaba por sus derechos. Calvo fue un hombre comprometido con la infancia a todos los niveles e incluso llegó a formar, si la memoria no me falla, la primera asociación de Niños Maltratados de Gran Canaria. Ambos habíamos hablado ya de un caso, el del bebé de la sillita a quien su madre, despechada con el padre de la criatura, tuvo a bien trasladar el daño físico que hubiera querido hacerle a su expareja y no pudo. Éste la había dejado y la mujer decidió nada menos que preparar un biberón con agua fuerte y dárselo a beber a la niña. Calvo denunció el caso desde que la niñita entró grave en el Materno y el asunto acabó en los tribunales; de ahí mi conocimiento minucioso del mismo. Seguí pues desde el punto de vista periodístico el proceso y conocí de cerca la miseria y la maldad de alguien que pierde de cabeza y más tarde la libertad porque acabó en la cárcel, por atentar, despechada, contra la vida de la pequeña, su hija.

Cochito de bebé

A esa niña la vi aquel día y semanas más tarde cuando la malvada madre tuvo le desfachatez de acudir al periódico para el que entonces yo trabajaba a tratar de desmentir la información que publiqué, amenazarme con mil disparates, desearme todos los males y como traca final un “ten cuidado porque te echo el coche encima”; recuerdo que vino a la redacción acompañada de la niñita. Para que el lector se haga una idea de la crueldad y el daño irreparable que le causó a su hija les informo que la ingesta del biberón envenenado destrozó la tráquea a su bebé consecuencia de lo cual jamás pudo comer sólido e incluso beber líquido le suponía un sacrificio. La justicia tuvo a bien apartarla de la niña y se la dio en custodia a su abuela porque se alcanzó un acuerdo con el padre, un Policía Nacional que vivía en la Península y que siempre estuvo pendiente de su hija, tal como supe años después. Ahí pensaba yo que acababa mi relación con el caso pero me había equivocado.

Hace cinco o seis años alguien me llamó. Era la abuela de la criatura que es ya una señorita. Había encontrado entre viejos papeles artículos de la época y quería hablar conmigo. Efectivamente nos vimos, hablamos y cuando la conversación acababa se presentó a buscarla una chica joven, alta, fuerte, guapa, de ojos claros que lucía un pañuelo anudado al cuello. Era la niña del cochito. Con ese pañuelo ocultaba la traqueotomía con la que vive desde que a su madre se le fue la cabeza. Sabe poco de ella y la figura más importante de su vida en su proceso de crecimiento ha sido su abuela. No recuerdo nada tan atroz, ruin y cruel que la vengarse de un adulto en la figura inocente de un bebé. Solo lo entiendo en un acto de enajenación mental; alguien que se encamina amorosa a preparar un biberón que tiene como objetivo acabar con la vida de su hija, bien de la cabeza no puede estar. No sé por qué estos días he recordado el caso; tal vez porque he visto algún reportaje de niños cuyas madres no han tenido otro papel en sus vidas que traerlos al mundo. Nada más.

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