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Las autoridades sanitarias advierten…Por Eduardo García Rojas

Me encuentro esta mañana que pudo ser la de ayer con uno de esos conocidos con los que apenas cruzo palabras salvo para desearle buenos días o inclinar levemente la cabeza en señal de reconocimiento.

Estoy en una cafetería. Y el conocido se sienta en la butaca que tengo a mi lado y tras observar lo que estoy tomando, pedir lo mismo al camarero que se acerca para atenderlo.

– Un cortadito natural y una caña de agua con gas.

Cuando el camarero se retira, el conocido me dice : “buenos días.”

– Buenos días.- le respondo.

– ¿Interesante lo que está leyendo?- me interrumpe.

– La verdad es que no.- contesto dejando a un lado el periódico local.

– ¿Cómo le va la vida?- digo.

– Fatal.- escupe tomando un buche del cortadito que el camarero acaba de dejar sobre la barra.

Me quedo un rato mirando un calendario clavado en la pared. No distingo bien el dibujo.

– ¿Podría invitarme al cortadito?- me dice el caballero.

Cuando el no puedo parece salir corriendo de mi garganta respondo, sin embargo, algo así como un “faltaría más.”

Mi cabeza procesa de qué conozco a este individuo. Mi cabeza me plantea –entre otras muchas cosas– cómo se llama ese individuo y qué coño hace en la vida además de su notable capacidad para beberse un cortadito a costa de mi maltrecha economía.

Solo sé que se trata de uno de esos tantos tipos a los que conozco de vista en la ciudad en la que vivo, y que por conocerlo de vista, es de esos a los que saludo cuando me lo cruzo por la calle…

– Estoy pensando en suicidarme.- comenta el tipo como quien dice que se va de vacaciones a La Gomera. – El problema es que no encuentro un método que me convenza.

No me apetece hablar de suicidio a horas tan tempranas de la mañana. Es algo que me descoloca. Sobre todo porque es una idea que últimamente se plantean demasiados conocidos. Esto del suicidio, además, me quema por dentro. Son ya demasiado los amigos que me dejaron cometiendo su propio asesinato.

– Me cuesta pensar cuánta gente podría acudir a mi entierro.- reflexiona el conocido.- Aunque estando muerto poco importa ¿verdad?

Me encojo de hombros, llamando al camarero que hace que no me escucha porque está hablando con una atractiva señorita.

– ¿Cortarme las venas?, ¿asfixiarme con gas?, ¿tirarme de un puente?- enumera el conocido.

– ¿Por qué no se compra un perro?

– Tuve uno. Pero se lo llevó mi mujer.- me contesta.- El perro y los niños.

Aprovecho para gritar ¿cuánto le debo? al camarero que acaba de dejar de hablar con la atractiva señorita.

– No se llevó mi trabajo porque no pudo. Aunque me aguantó otros cuatro años mientras me buscaba la vida con apañitos. Tengo buenas manos para los apañitos, ¿sabe? Buenas manos, sí señor.

– ¿Cuánto le debo?- le repito al camarero no sé si delatando el miedo nervioso que me sale con forma de voz.

Cuento las monedas y hago un gesto para indicarle al camarero que invito al señor que tengo a mi lado.

– Bueno.- digo aliviado mientras me levanto de la butaca, que gira un ratito.- Que tenga usted un buen día.

El conocido ni me contesta. Tiene la vista fija en un cartelito pequeño colocado justo al lado del calendario que antes me quedé mirando embobado.

Las autoridades sanitarias advierten que fumar perjudica gravemente la salud….- lee en voz alta.

– Yo nunca he fumado.- me dice mientras juyo en dirección a la salida.- Pero hoy puede ser un buen día.- concluye.

El sol de la mañana no tarda en humedecer mi cuerpo. Me quedo un rato pensando a dónde ir.

En la acera de enfrente veo a otro conocido que me saluda con la mano. Respondo al saludo de forma automática, preguntándome si verá en mis ojos la misma mirada de loco que creo encontrar en los suyos.

Comienzo a caminar sin rumbo fijo mientras mi cabeza comienza a ser asaltada por ideas monstruosas.

De repente tengo frío.

Un tipo desgreñado me pide un euro pa’ comer.

Más arriba, a la altura del puente Zurita, una vieja que parece rumana me tiende la mano mientras dice en un mal español que Dios lo bendiga

… En la parada del tranvía, los chaquetas rojas exigen billetes a los que descienden.  Un jovencito sale corriendo mientras un chaqueta roja le grita: “párate cabrón…”

Me tropiezo con otro conocido.

– ¿Ha visto eso? – me pregunta.

Y riendo para no llorar le contesto:

– Buenos días.

Saludos, trago saliva, desde este lado del ordenador.

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